A principios de la década de los ochenta ninguno de los pas­tores principales que yo conocía tomaba descansos de verano para estudiar. Ni siquiera se mencionaba eso en los círculos en que me desenvolvía. Sin embargo, yo sabía que necesitaba un descanso. Recuerdo haber acudido a los ancianos, para expli­carles que los primeros siete años de Willow habían hecho enor­mes estragos en mí. De ser inicialmente un puñado de mucha­chos de secundaria, ahora éramos varios miles de personas. Esto lo logramos con un presupuesto reducido, en instalacio­nes alquiladas, y con la mayor parte del personal voluntario. El cúmulo de sufrimientos relacionados con eso me había dejado emocionalmente vacío, y físicamente agotado. La única forma que logré de encontrar sanidad era hallar un escondite a varias horas de la iglesia, donde pudiera llevar a mi familia durante unas cuantas semanas para reagrupamos.

Esperé apoyo instantáneo para mi petición de un tiempo li­bre, pero no lo recibí. Nunca olvidaré la mirada de vacilación en los ojos de los ancianos. Aunque su preocupación por mí y por mi familia era verdadera, también sabían cuán crucial era mi li­derazgo en esa época. Estábamos en un programa de construc­ción de varios millones de dólares, el dinero escaseaba, y la con­gregación ya se sentía demasiado retada. Mi ausencia solo empeoraría todo. Sin embargo, los ancianos sabían que ya no me quedaban fuerzas; por tanto, tuvieron la sabiduría (y gracia) de otorgarme un receso de tres semanas.

Después de informar a la congregación mis planes de un rece­so, recibí una carta muy severa de un hombre de la iglesia: «¿Quién crees que eres? Te paras delante de la congregación y nos desafías a sacrificar, servir y dar… para luego irte a la playa más cercana. ¿Eres la excepción a la regla de compromiso? He estado con mi empresa por quince años, y ¿sabes cuántos días de vacaciones tengo al año? Diez. ¡Eso es todo! Eres un pastor novato, y ¿vas a tomarte unas vacaciones veraniegas de tres semanas? ¡Déjate de bromas!» La carta continuaba con este mismo estilo.

Quedé atónito. Me recosté en mi chirriante silla de oficina, de tercera mano, y sentí náuseas.

Comencé a darle vueltas a la idea de cancelar mi muy necesi­tado descanso. El macho orgullo carnal brotó en mí, hasta el punto que pensé acerca de trabajar intencionalmente hasta caer muerto. ¡Ya verás! Pensé. ¿Quieres ver compromiso? Predicaré hasta caer en la tumba o en el manicomio… lo que llegue primero. ¡Eso te probará, de una vez por todas, quién está realmente comprometido aquí!

Sin embargo, horas después, prevalecieron inclinaciones más sanas. Rompí la carta y me fui a casa a ayudar a la familia a empacar para mi receso de estudio.

Sin ser melodramático, es posible que esas vacaciones de tres semanas salvaran mi familia y mi ministerio. Alisó el cami­no para un receso de estudio anual con mi esposa y mis hijos, que nos ha sustentado por más de veinte años. Puedo decir, sin­ceramente, que no habría podido durar en el ministerio pastoral sin esos recesos de verano. Ni mi familia. Sin embargo, una de las cosas más difíciles que haya hecho alguna vez, fue armarme de valor para tomar ese primer receso.

A propósito, pocas semanas después de regresar de ese re­ceso inaugural de estudio, el tipo que me escribió esa carta (to­davía lo veo como el «energúmeno de Willow») entró al cuarto de descanso para hablar conmigo. Dijo: «¿Recuerdas esa carta ruin que te escribí? Yo estaba de un terrible humor ese día. Ne­cesitaba dejar escapar algo de presión. Espero que no la hayas tomado en serio. Además, espero que hayas tenido unas vaca­ciones maravillosas».

Ese día, al regresar de la iglesia a mi casa, pensé: Casi destrono mi vida por una simple carta de un tipo que ni siquiera quería decir lo que escribió. ¡Qué susto!

Años después cené con un antiguo pastor y escritor conoci­do internacionalmente, cuyas equivocaciones morales lo habían descalificado del ministerio. Su historia era muy similar a la mía, excepto que quien le dijo que no tomara el receso era diácono en su iglesia. Cuando le negaron el tiempo libre que pidió, este líder se zambulló en un veloz ritmo de competitividad para de­mostrar lo comprometido que estaba. Este concepto, que hace añicos el alma, fue el mismo con el que estuve coqueteando. Fi­nalmente este pastor predicó hasta llegar a la clase de agota­miento que hace casi inevitable el colapso moral.

Qué tragedia para todo el reino.

No obstante, esa historia no tenía que terminar así. Sí, se ne­cesita mucho valor para tomar decisiones trascendentales que aumenten la sustentabilidad ministerial. Pero, podemos, y debe­mos, tomar esas decisiones.

Extracto del libro “Liderazgo Audaz”

Por Bill Hybels

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