Uno de los cambios más duros que hice fue muy personal. Este cambio fue más acerca de mí mismo quede la iglesia. Fue un ajuste del mundo interior. Algunos de mis amigos me habían animado a ver un consejero cristiano profesional, pero me resis­tí. Seguramente, mi orgullo me hacía vacilar un poco, pero más allá, lo que me preocupaba era la reputación de mi familia y de la iglesia. Me preocupaba que la gente no entendiera mis motivos para buscar ayuda.

Finalmente decidí ir, y en realidad a las pocas semanas de mi primera cita, mi oficina comenzó a recibir llamadas desde el otro lado del país, y del mundo entero.

—¿Es verdad que a Bill Hybels le ha dado surmenage?

—Bueno —respondía mi asistente—, él está viendo a un consejero cristiano por algunos asuntos de desarrollo personal.

—Cielos —comentaban—, ¡supimos que estaba al borde del colapso!

—Escuchamos que su matrimonio se estaba derrumbando —decían también.

Oír esos rumores hacía más difícil el desafío de sentarme en la sala de espera de la oficina del terapeuta cristiano. Pero había mucho en juego. Yo sabía que no había forma de que pudiera seguir liderando, enseñando, alimentando y haciendo crecer nuestra iglesia, con tantas piezas rotas traqueteando dentro de mí. Si quería permanecer en el ministerio, debía sacar tiempo para reemsamblar mi mundo interior. Por difícil que fuera esta etapa, sin las revelaciones que recibí y la sanidad que experi­menté por medio de la consejería, no habrían sido capaces de moverme hacia el ministerio gozoso que experimenté el resto de la década de los noventa, e inicios del nuevo milenio.

El punto que estoy resaltando nuevamente es que todo cambio significativo que he hecho para asegurar una vida lleva­dera en el ministerio, ha sido embarazoso, difícil y doloroso. El riesgo de recibir la desaprobación de la gente y de dañar a la igle­sia era muy real, y muy aterrador. Más de una vez sentí que esta­ba arriesgando todo por el bien de mi salud.

Permítame mencionar un ejemplo más de un dilema que conlleva riesgo y recompensa. Después de meses de citas, mi consejero sugirió que reflexionara en todas las formas de re­creación en las cuales yo estaba involucrado, y determinara cual era la más restauradora, y por qué.

—Eso no requiere reflexión —dije—. Es fácil. No hago nada en qué recrearme.

—Bill, mejor es que comiences —dijo mi consejero des­pués de sobreponerse al choque—. De inmediato.

Fue entonces cuando comencé a pensar otra vez en nave­gar. De muchacho, yo había corrido pequeños veleros con mi padre. Durante mi adolescencia había pasado mis veranos en un pequeño puerto del Lago Michigan, donde aprendí a navegar en la Ann Gail, una yola de quince metros que mi padre había com­prado en Irlanda, en la que cruzó el océano. Navegar era, por mucho, la recreación más satisfactoria en que yo había partici­pado. Pero, la abandoné abruptamente cuando mi padre murió de un ataque al corazón, y la Ann Gail fue vendida.

Después de varias semanas de oírme hablar de mi amor por la navegación, y de mi reticencia a retomarla, mi consejero me ex­trajo suavemente la verdad de por qué me preocupaba tanto vol­ver a navegar. Lo que salió de mi boca hasta a mí me sorprendió.

—Si comprara un barco de vela —manifesté—, alguna revis­ta le sacaría fotos para que pareciera el doble de grande. Entonces lo llamarían yate, y harían un gran escándalo; tanto Willow como líderes de iglesias por doquier tendrían motivos para hablar. De modo que… ¡olvídalo! Mis días de navegación terminaron.

—Me parece que estás tomando una decisión basada en el temor —dijo mi consejero, meneando la cabeza—. Es verdad, algunas personas podrían estar en desacuerdo con que un pas­tor tuviera un barco. Es más, hasta existe la posibilidad de que haya reportes distorsionados en los medios de comunicación. Sin embargo, si de veras te preocupan tanto las percepciones de otras personas, piensa en cómo será cuando estés en un hospital siquiátrico a los cuarenta años.

—Bill —agregó—, si tienes la intención de permanecer sa­ludable por mucho tiempo, debes programar recreación vivifi­cadora de manera regular. Dios te hizo de esa forma. ¡Sugiero que te pases del lado del temor en esta ecuación hacia el lado de la fe y comiences a buscar botes!

Muchos meses más tarde, Lynne y yo compramos un bote de carreras de treinta y cinco pies, usado y deteriorado, que trajo más gozo a mi vida de lo que habría podido imaginar. Con el paso de los años, cada vez que invito a navegar a personas de Willow, manejamos hasta el bote, lo señalo con el dedo, y digo: «Vean ese trozo de fibra de vidrio. ¡Eso salvó mi ministerio!» Y, en cierta forma, lo hizo.

A menudo, cuando estoy solo en ese bote, siento en mí la sonrisa de Dios. Puedo sentir que me dice: «Bill, eres para mí más que una máquina ministerial. Eres mi hijo. Te creé con amor por el viento, el agua y el movimiento de las olas. Cuando estás en el barco, sonriendo y amando tu vida, yo también son­río… a través del cielo».

Mirando hacia atrás me estremezco al pensar dónde estaría hoy si yo mismo no me hubiera dado permiso de retomar la na­vegación.

Mientras entro a mi sexta década de vida, con casi treinta años de ministerio detrás de mí, mi vida parece más llevadera que en ningún otro tiempo… ¡y cómo! Desde donde estoy, mi futuro parece brillante. Mis relaciones matrimoniales y familia­res me dan gran gozo. Mi energía para el ministerio y para la vida está creciendo. Mi amor por Dios, por la adoración y por los perdidos se intensifica año por año.

Esta es una vida que puedo mantener y amar. Es también la clase de vida que añoro que cada líder cristiano experimente. En Juan 10:10, Jesús se refiere a este tipo de vida como «vida en abundancia». Cuánto anhelo el día en que pastores y líderes de iglesia no solo prediquen este pasaje a otros, sino que tomen las difíciles decisiones administrativas de sus vidas que hagan posible que este pasaje sea descriptivo de su propia experiencia diaria.

Extracto del libro “Liderazgo Audaz”

Por Bill Hybels

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