Para mejorar nuestra actitud mental, obtener mejores resultados y gozar de mayor felicidad, necesitamos poner en práctica una disciplina, que aunque dolorosa, nos permita eliminar la maleza del jardín de nuestra vida.

Es mejor comer solo que en compañía de aquellos cuya conversación es negativa. Es preferible cancelar una cita que mantenerla con personas que nos hacen perder el tiempo. Es mejor cambiar el rumbo de una conversación que prolongarla si su intención es degradar a alguien. Decir la verdad completa y dolorosa es mejor que decir una verdad a medias que ha sido alterada para hacernos quedar bien. Es mejor decir “no” en vez de “sí” a alzo que no queremos hacer o a alguien con quien no queremos estar.

Si nuestra meta es mejorar nuestras circunstancias personales, tenemos que aprender a hacer lo que las personas fracasadas, en pocas palabras, no tienen deseos de hacer.

Mejor, tener pocos buenos amigos que muchos malos amigos. Mejor no tener amigos que pocos malos amigos.

La vida es una maniobra delicada durante la cual seleccionamos, rechazamos, revisamos y cambiamos. Toda persona que entra a nuestro mundo trae consigo una contribución o el poder de destrucción. El que trata de ser “siempre simpático” está cortejando, indudablemente, un desastre. Aquellos con una actitud mental venenosa, opiniones extrañas y conversaciones cáusticas tratan siempre de encontrar a una persona simpática que les escuche. Les encanta vaciar su basura verbal en la mente de cualquier persona que quiera escucharles. Uno de los desafíos de la vida es que cada persona aprenda a estar de guardia protegiendo el umbral de la mente. Hay que examinar cuidadosamente las credenciales y la autoridad que dicen tener aquellos que tratan de introducirse en el lugar donde se forma la actitud con que nos enfrentaremos a la vida.

Las palabras, las opiniones y los comentarios hechos por otros, hacen mella constante en todos nosotros Las conversaciones impregnadas de melancolía, sin esperanzas y saturadas de quejas, condenación y crítica, nos afectan temporalmente la disposición mental y, permanentemente, la personalidad y el carácter. Tal como indicó un sabio: “Un rostro amargado no es un accidente. Es el resultado de pensamientos amargos”.

Padres, bien intencionados pero equivocados, dicen frecuentemente a sus hijos que son malos, mal comportados, egoístas o tímidos. Maestros comunican a los padres, por medio de sus acciones o sus expresiones, que sus hijos no son inteligentes, no cooperan o son malos estudiantes. Durante nuestra edad temprana, cada uno de nosotros recibió el impacto de comentarios impulsivos de parte de personas que no se percataban de que dichas palabras estaban formando nuestro carácter. Conforme maduramos, tenemos tendencia a escoger la asociación con aquellos que más se nos asemejan. Los débiles atraen a los débiles, los pobres se sienten más cómodos con los pobres, los que han cosechado éxitos se sienten atraídos hacia otros que han alcanzado éxitos y aquellos que tienen actitudes e ideas optimistas buscan a los que manifiestan las mismas características. Lo que somos determina el tipo de persona, evento, libro y estilo de vida que escogemos para asociarnos.

Para que el ser humano logre mejorar sus circunstancias personales y financieras, tenemos que aceptar que ese progreso requiere tanto hacer como deshacer. Es necesario sacrificar muchas de las actividades y de las personas que actualmente nos influencian.

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