Hace algunos meses, una cruel enfermedad tomó la vida de uno de mis amigos más íntimos. Este libro está dedicado a él. Mientras escribo estas palabras, estoy luchando por contener un río de lágrimas. Jon Rasmussen fue un hermano, un mentor, un compañero de navegación, un colega soldado, un siervo, un confidente y en realidad uno de los hombres más notables que yo haya conocido.

Dos días antes de la muerte de Jon me arrodillé al pie de su cama, y le dije una vez más que lo amaba con todo mi corazón, y que lo vería del otro lado. Con dificultad de movimiento alcan­zó un presente que había arreglado para mí. Al abrir la caja en­vuelta con mucho cuidado, descubrí una hermosa brújula pla­teada de marinero. Antes de que yo pudiera protestar por su atención y generosidad, Jon susurró: «Bill, tu vida dio dirección a la mía. Desde el momento en que te conocí, Dios te usó para mostrarme cómo mi vida podía tener propósito y significado. No puedo agradecerte lo suficiente.

«Lee la parte de atrás», susurró. Con lágrimas en los ojos leí las tres palabras grabadas en la superficie plateada: «Mantén el rumbo». Después de leer esas palabras subí a la cama y abracé a Jon por un rato, luego oré por él.

Dos días más tarde, Jon murió. Preparar su funeral fue una de las cosas más duras que he hecho. Pero atesoraré su regalo final como muy pocas otras posesiones terrenales que tengo.

Mantén el rumbo. Mantén el rumbo. Mantén el rumbo.

Si lo hago, si todos los líderes lo hacemos, ganaremos el día para la gloria de aquel cuyo nombre llevamos.

Extracto del libro “Liderazgo Audaz”

Por Bill Hybels

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