Esta es la siguiente clase en la escuela de post­grado en resistencia, y para ser sincero, es la parte del programa de estudios que la mayoría de líderes cristianos nunca llegan a tomar.

Esta clase está basada en Gálatas 6:2: «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo». Cuando co­nozco líderes que han guiado con pasión por mucho tiempo, por lo general me hablan (con todo lujo de detalles) de la época en que hicieron la transición de ser individuos autosuficientes e in­dependientes, para convertirse en personas inclinadas hacia la co­munidad con detenimiento. Generalmente describen un límite en que su frustración alcanzó una altura sin precedentes, y su de­sesperación el récord más bajo. Sin embargo, justo cuando esta­ban a punto de hundirse, decidieron pronunciar una simple pala­bra de cinco letras: Ayuda. Le dijeron a alguien fiable: «Ayúdame, por favor. Esto destroza el corazón a cualquiera. No puedo ma­nejarlo solo. Alguien tiene que ayudarme a llevar esta carga».

Aun Jesús, el líder con más capacidad de recuperación que haya existido, dijo a un pequeño grupo de amigos: «Mi alma está en profunda pena a punto de morir. ¿Se quedarían algunos de ustedes conmigo, por favor? ¿Estarían conmigo? ¿Me ayuda­rían?» (Mateo 26:38, mi paráfrasis).

Jesús estaba admitiendo libremente su necesidad de perso­nas seguras. Todos los líderes tendremos que hacer lo mismo tarde o temprano. La sustentabilidad lo demanda.

Soy el primero en admitir que el trabajo de la iglesia, más que cualquier otra profesión, confunde los mundos relacióna­les. Se supone que como cristianos debemos amarnos unos a otros, ser hermanos y hermanas unos de otros, orar unos por otros, y apoyarnos y cuidarnos mutuamente. No obstante, tome un líder de iglesia y hágale estas preguntas: ¿Tiene de veras una persona confiable, a quien acudir en tiempos de prueba?

¿Alguien a quien pueda admitir sus pensamientos acerca de de­jar el ministerio? ¿Hay alguien a quien pudiera confesar los pe­cados escapistas que se están volviendo otra vez muy tentado­res para usted? ¿Hay alguien en quien confíe lo suficiente como para decirle cualquier cosa?»

Haga esas preguntas a cien líderes cristianos, y un enorme y preocupante porcentaje mirará fijamente los zapatos y dirá: «No». Podrán decir que tienen compañeros de oración, o que periódicamente participan en un grupo pequeño, pero muy po­cos líderes de iglesia ni siquiera se pueden imaginar relacionán­dose con algunos amigos de forma profundamente íntima.

Esto me causa gran preocupación. No quiero ser profeta del desastre, pero temo que un flujo constante de líderes de igle­sia desaparecerá trágicamente de las listas del liderazgo del rei­no, a menos que se comprometan a encontrar personas fiables, y a apoyarse en esas relaciones. Nuestros corazones no fueron creados para tratar solos con los sufrimientos y las angustias del ministerio. Debemos vincularnos con algunas personas que nos puedan ayudar a llevar las cargas pesadas de nuestras vidas.

Hace poco supe de otro líder cristiano que tuvo un papel preponderante, a quien, sin embargo, dejaron fuera de modo permanente debido a un fracaso moral. Estuve con él poco an­tes de que su problema se hiciera público. Yo no sabía lo que él enfrentaba, pero sentí que había problemas en su vida. Le hice algunas preguntas un poco perspicaces, para ver si se haría ac­cesible a mí, pero pude ver que él no estaba listo para eso. Cuidadosamente inquirí acerca de su disposición de ver un conse­jero cristiano. El no podía creer que yo sugiriera algo tan dramático.

«Estoy bien, no me pasa nada», dijo, cerrando la puerta a más conversación.

Cuando recibí la noticia de su caída, meneé la cabeza y solté una palabrota que tuve que confesar más adelante. ¿Cuántos lí­deres más se perderán antes de reconocer nuestra necesidad de apoyarnos en relaciones fiables?

Con el transcurso del tiempo he aprendido que solo no ten­go tanta firmeza como para encarar los rigores del trabajo de la iglesia. Además del apoyo de mi esposa y mis hijos, necesito el de amigos íntimos. Necesito un pequeño círculo de hermanos y hermanas confiables con quienes pueda discutir tentaciones, no sea que caiga en ellas. Necesito algunas personas seguras con quienes pueda procesar sensaciones de frustración, para que no me intoxique emocionalmente. Necesito algunas personas en mi vida que me reflejen gracia de nuevo cuando meta la pata y me sienta inservible.

Es algo poderoso recibir gracia de otros seres humanos. Hace muchos años aprendí a aceptar la gracia de Dios, y sin ella no podría haber sobrevivido mi ministerio… ni mi vida. Tam­bién es una experiencia inolvidable ver la aceptación en los ojos de personas dadoras de gracia, a quienes he confesado un peca­do feo. Todo líder lo necesita.

Así que, permítame lanzar el desafío una vez más: Líderes, por favor busquen gente confiable. Esto les podría llevar años —es lo que me llevó a mí— pero no se desanimen en la búsque­da. Permanezcan orando, vigilando y confiando en Dios para la provisión. Esto puede ser determinante entre resistir o no.

Extracto del libro “Liderazgo Audaz”

Por Bill Hybels

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