Clásicos Cristianos – En Qué se Muestra Cómo Empezar Cada Día con Dios 6

 

Continuemos.

El que toma la mira con un ojo, cierra el otro; el que quiere dirigir una oración a Dios tiene que descartar las otras cosas, tiene que recoger sus pensamientos sueltos, congregarlos y prestar atención, porque orar es trabajo que los necesita todos y es digno de todos; así que hemos de poder decir con el salmista: «Oh, Dios, mi corazón está fijo, mi corazón está fijo.»

Cuando dirijo mi oración, la dirigiré a Ti. Y así, la oración manifiesta:

1. La sinceridad de nuestra intención habitual en la oración. No hemos de hacer nuestra oración pensando en los hombres, para poder recibir alabanza y aplauso de ellos, como hacían los fariseos, que ostentaban sus devociones y hacían limosnas con miras a ganarse una buena reputación; verdaderamente ya tienen una recompensa; los hombres los alaban aquí, pero Dios aborrece su orgullo e hipocresía. No tenemos que dejar nuestras oraciones inespecíficas de un modo general, como los que decían: ¿Quién nos va a favorecer en algo? Ni hemos de dirigirlas al mundo, festejando sus sonrisas, persiguiendo la riqueza, como aquellos de los que se dice que no claman a Dios en sus corazones, sino que se congregan para el trigo y para el mosto. (Oseas 7:14).

Que el resorte y centro de nuestras oraciones no sea el yo, el yo carnal, sino Dios; que el ojo del alma esté fijo en El cómo su objetivo más elevado, y se aplique a Él; que ésta sea la disposición habitual de nuestra alma; el glorificar su nombre y darle alabanza; que éste sea el intento de tus deseos, que Dios sea glorificado y que esto los dirija, determine, santifique y si es necesario los domine. Nuestro Señor nos enseñó esto claramente en la primera petición de la oración dominical: Padre nuestro, santificado sea tu nombre. Éste es nuestro objetivo y las demás cosas son deseadas con miras al cumplimiento de este objetivo; la oración es dirigida a la gloria de Dios, en todo aquello en lo que Él nos ha dado a conocer de sí mismo: la gloria de su santidad.

Es con miras a la santificación de su nombre que deseamos que venga su reino, que se haga su voluntad, y que seamos alimentados, guardados y perdonados. El que la gloria de Dios sea nuestro objetivo habitual, da por resultado la sinceridad que es nuestra perfección evangélica. Todo el ojo todo el cuerpo, y también el alma están llenos de luz. Por ello la oración es dirigida a Dios.

2. Manifiesta la firmeza de nuestra consideración a Dios en la oración. Hemos de dirigir nuestra oración a Dios, esto es, hemos de pensar continuamente en Él como Aquel con quien tenemos tratos en oración. Hemos de dirigirle nuestra oración, como dirigimos nuestras palabras a la persona con la cual tratamos. La Biblia es una carta que Dios nos ha enviado; la oración es una carta que nosotros le enviamos a Él; ahora bien, ya sabéis que es esencial que una carta tenga dirección, y es necesario que esté bien dirigida; si no es así, corre peligro de perderse, lo cual puede ser de graves consecuencias; vosotros oráis cada día, y con ello enviáis cartas a Dios; si se pierden estas cartas es difícil evaluar la pérdida; es, pues, necesario que la oración sea dirigida a Él. ¿Cómo?

Llámale con sus títulos, como cuando te diriges a una persona de honor; dirígete a Él como el gran Jehová, Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre; rey de reyes, y señor de señores: como Dios de misericordia; que tu corazón y tu boca estén llenos de santa adoración y admiración a Él, y usa los títulos más apropiados para producir santo temor y reverencia en tu mente. Dirige tus oraciones a Él como el Dios de la gloria, cuya majestad es indescriptible, y cuya grandeza no puede ser escudriñada, para que no te atrevas a faltarle o tratarle con ligereza en lo que le dices.

No te olvides de cuál es tu relación con Él, como hijo suyo, y no pierdas esto de vista en la tremenda adoración de su gloria. Se me ha dicho de un buen hombre que escribía un diario de sus experiencias, y que entre ellas se hallan las siguientes: con ocasión de su oración en privado, su corazón, al principio de su deber, sentía la necesidad de dar a Dios títulos sobrecogedores y tremendos, y le llamaba Poderoso, Terrible, pero más adelante él mismo se dijo: ¿y por qué no llamarle también Padre? Cristo, tanto en precepto como en ejemplo, nos enseñó a dirigirnos a Dios como nuestro Padre, y el espíritu de adopción nos enseña a clamar: «Abba, Padre»; un hijo, aunque sea pródigo, cuando se arrepiente y regresa, puede ir a su padre y decirle: «Padre, he pecado; ya no soy digno de ser llamado tu hijo», pero, con todo, se atreve a llamarle padre. Cuando Efraín se queja de que, como novillo indómito, fue castigado, Dios dice de él: «Hijo predilecto, niño mimado» (Jeremías 31:18, 20), y si Dios no se avergüenza de llamarle hijo, bien podemos nosotros llamarle Padre.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Cómo Incrementar Nuestra Comunión con Dios”

Por Matthew Henry (Año 1712)

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