Nunca permitamos que Satanás in­terrumpa nuestras oraciones con su artificio. Frecuen­temente Satanás nos acusa cuando hemos sufrido una pequeña derrota. Hará que nos analicemos mientras estemos orando, de tal modo que nos parezca difícil abrir la boca delante de Dios. Satanás nos desanimará de tal manera, cuando la promesa de Dios nos parezca remotamente vaga, que perdamos el ánimo de seguir con­fiando en Dios. Sin embargo, si nuestra oración está en conformidad con la voluntad de Dios, debemos perseve­rar en la oración. Aunque hayamos fracasado en algo, po­demos aún acudir a Dios a través de la sangre del Corde­ro. No hay razón para permitir que Satanás interfiera. Debemos ser como la viuda que acudió al juez injusto tan frecuentemente, que él hizo justicia (Lucas 18: 5). Debemos ser como la sunamita que se negó a marcharse hasta que Elíseo se levantó y la siguió (2 Reyes 4: 30). Creemos que cualquier demora en la respuesta a la ora­ción nos capacita para comprender algo que nunca había­mos comprendido, y para aprender algo que nunca había­mos aprendido. En cualquier caso no permitiremos que Satanás corte nuestra oración y la destruya.

Satanás no se siente complacido cuando algunos de no­sotros nos reunimos para orar. Él colocará en nuestro sendero toda clase de lazos y hará toda clase de movi­mientos para detener la oración. Cosas tales como rumo­res sin base, relatos irreales, sospechas sin causa, una creciente incomprensión, extraños temores y el terror in­fundado, son elementos estimulados secretamente por Satanás para crear división, conmover el culto de ora­ción y destruir la unidad en la oración. En vista de tales intentos satánicos, tenemos que “examinarlo todo” (1 Tesalonicenses 5:21). No creamos rápidamente las cosas, ni seamos movidos fácilmente, ni difundamos inmedia­tamente ningún informe.

Si velamos, descubriremos que muchas de estas innecesarias e inexactas palabras y obras no son sino artificios de Satanás, cuya meta es de­bilitar el corazón y la mano del pueblo de Dios, hasta el punto en que pueda producir división. Por tanto, tene­mos que orar por un lado, y velar por el otro. Sigamos el ejemplo de Nehemías, quien puso guardas (Nehemías 4:9). Nuestra respuesta a la amenaza de Satanás es la si­guiente: “No hay tal cosa como dices, sino que de tu cora­zón tú lo inventas (…) ¿Un hombre como yo ha de huir? ¿Y quién, que fuere como yo, entraría al templo para salvarse la vida? No entraré” (Nehemías 6: 8, 11). No nos dejare­mos aterrorizar, ni dejaremos de orar. Un hermano dijo una vez: “Cómo necesitamos colocar guardas que vigilen contra las asechanzas de Satanás, cuyos sistemas de des­truir la vida del pueblo de Dios como corporación, exce­den a nuestra capacidad de contar o enumerar.” En vis­ta de todo esto, tenemos que velar con toda perseverancia e inspeccionar cuidadosamente todas las cosas, a fin de no dar a Satanás la oportunidad de divi­dirnos, de destruir nuestra unidad en la oración, o de cortar nuestra oración.

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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