Pasaje Clave: Mateo 6:5-15.

La parte inicial se refiere a los tres deseos de nuestro co­razón para con Dios.

A. El primer deseo es: “Santificado sea tu nombre”.

Dios tiene una expectación hoy: que nosotros pidamos que su nombre sea honrado. Su nombre es sumamente exaltado entre los ángeles; sin embargo, los hombres abusan descuidadamente de su nombre. Cuando los hombres toman su nombre en vano, Él no expresa su ira mediante truenos en los cielos. En vez de ello, Dios se esconde como si no existiera. Él nunca ha hecho nada contra los hombres porque ellos hayan tomado su nom­bre en vano. Pero quiere que sus propios hijos oren: “Santificado sea tu nombre”. Y esto lo haremos hasta el día en que todos santifiquen su nombre, y nadie se atre­va a tomar su nombre en vano.

“Santificado sea tu nombre”. El nombre de Dios no es só­lo un título que utilizamos con nuestra boca para dirigir­nos a Él; es una gran revelación que recibimos del Señor. El nombre de Dios se usa en la Biblia para significar su propia revelación a los hombres para que estos puedan conocerlo. Su nombre revela su naturaleza y manifiesta su perfección. Esto no es algo que el alma humana pue­da comprender; es necesario que el mismo Señor nos lo manifiesta (vea Juan 17: 6). Él dice: “He manifestado tu nombre a ¡os hombres”. Y también declara: “Y les he dada a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 17:26). Para conocer el nombre de Dios se necesi­tan repetidas revelaciones del Señor.

“Santificado sea tu nombre.” Este no es sólo el deseo de nuestro corazón, sino que también constituye nuestra adoración al Padre. Nosotros debemos tributar gloria a Dios. Debemos comenzar nuestra oración con alabanza. Antes de esperar su misericordia y su gracia, glorifique­mos a Dios. Que Él reciba la alabanza que corresponde a su perfección; y entonces recibiremos nosotros la gracia de Él. Lo preeminente y esencial de nuestra oración es que Dios reciba la gloria.

“Santificado sea tu nombre.” El nombre de Dios es vincu­lado con su gloria. “Pero he tenido dolor al ver mi santo nombre profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde fueron” (Ezequiel 36:21). El pueblo de Israel no había santificado el nombre de Dios; en vez de ello, ha­bía profanado su nombre dondequiera que fueron. Sin embargo, Dios tuvo consideración por su santo nombre. Nuestro Señor requiere que tengamos este santo deseo. En otras palabras, Él desea glorificar el nombre de Dios a través de nosotros. El nombre de Dios tiene que ser santificado en el corazón de cada individuo, y entonces se profundizará nuestro deseo. La cruz debe hacer una obra más profunda en nosotros antes de poder glorificar el nombre de Dios. De otro modo, no podemos conside­rar esto como un santo deseo, sino como una fantasía ex­traña. Si este es el caso, ¡qué tratamiento y qué purifica­ción necesitamos recibir!

B. El segundo deseo es: “Venga tu reino”.

¿Qué clase de reino es este? A juzgar por el contexto, se refiere al rei­no de los cielos. Al enseñarnos a orar: “Venga tu rei­no”, el Señor nos está diciendo que en el cielo existe el reino de Dios, pero en esta Tierra no, y por tanto, de­bemos pedir que Dios extienda los límites del reino de los cielos para que alcance a esta Tierra. En la Biblia se habla acerca del reino de Dios tanto en términos geo­gráficos como históricos. La historia se relaciona con el tiempo, en tanto que la geografía se relaciona con el espacio.

Según las Escrituras, el factor geográfico del reino de Dios excede al factor histórico. “Pero si yo por el Espíri­tu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llega­do a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28). ¿Es este un problema histórico? No, es un problema geográfico. Dondequiera que el Hijo de Dios echó fuera demonios por el Espíritu de Dios, está el reino de Dios. Así que durante este período, el reino de Dios es más geográfi­co que histórico.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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