Continuemos.

Si nuestro concepto del reino es siempre histórico, sólo hemos visto una parte de él; no lo hemos visto por com­pleto. En el Antiguo Testamento, el reino de los cielos es meramente profecía. Con la venida del Señor Jesús, Juan el Bautista proclamó que el reino de los cielos es­taba cerca. La misma proclamación la hizo el mismo Se­ñor Jesús poco después. ¿Por qué? Porque aquí comien­za a aparecer el pueblo del reino de los cielos. Y cuando llegamos a Mateo 13, el reino de los cielos incluso co­mienza a tener una manifestación externa sobre la Tie­rra. Hoy, dondequiera que los hijos de Dios echen fuera demonios por el Espíritu de Dios, y destruyan la obra de ellos, se halla el reino de Dios. El Señor nos enseña a orar: “Venga tu reino”, porque Él espera que el reino de Dios llene la Tierra.

“Venga tu reino”. Este no es sólo un deseo de la Iglesia, sino también una responsabilidad de ella. La Iglesia de Cristo debe traer el reino de Dios a la Tierra. Para cum­plir esta tarea, la Iglesia tiene que estar dispuesta a pa­gar cualquier precio, sometiéndose a la restricción y al control del cielo, para que pueda servir como salida del cielo, dejando pasar la autoridad del cielo hacia la Tie­rra. Si la Iglesia ha de traer el reino de Dios, no debe ig­norar las maquinaciones de Satanás (2 Corintios 2: 11). Necesita estar vestida con toda la armadura de Dios para que pueda estar firme contra las asechanzas del diablo (Efesios 6: 11). Porque dondequiera que el reino de Dios desciende, los demonios serán echados de ese lugar. Cuando el reino de Dios gobierne sobre la Tierra completamente, Satanás será arrojado al abismo (Apocalipsis 20: 1-3).

Puesto que la Iglesia tiene tan enorme responsabilidad, no es extraño que Satanás la ataque con todo su poder. Dios quiera que la Iglesia ore como los santos de antes, diciendo: “Oh Jehová, inclina los cielos y desciende” (Sal­mo 144:5). “¡Oh, sí rompieses los cielos, y descendieras!” (Isaías 64:1). Que pueda decirle a Satanás: “Apartaos de mí (…) al Juego eterno preparado para el diablo y sus án­geles” (Mateo 25:41).

C. El tercer deseo es: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.

Esto revela que la voluntad de Dios se hace en el cielo, pero en la Tierra no se hace por completo. Él es Dios; ¿quién puede impedirle que la ha­ga? ¿Es el hombre el que le impide a Dios, o es Satanás? Realmente ninguno puede impedirlo. Entonces, ¿por qué hacer esta oración? Para responder esta pregunta ne­cesitamos ser claros sobre el principio de la oración.

A través de toda la Biblia se halla un número de princi­pios básicos de verdad, entre los cuales está el principio de la oración. Ahora bien, reconozcamos inmediatamen­te que el mismo hecho de que la oración se halla en la Biblia es de lo más sorprendente. Aprendemos en las Escrituras que Dios sabe de antemano lo que necesitamos, ¿no es verdad? ¿Entonces, por qué oramos? Pues si Dios es omnisciente, entonces, según la lógica humana, ¡real­mente no hay necesidad de que los hombres oren! Sin embargo, esto es lo sorprendente de la Biblia: ¡que ella nos enseña que Dios desea que los hombres oren! En es­to consiste la oración: Dios desea hacer algo, sin embar­go no lo hará solo; espera hasta que los hombres oren en la Tierra por eso, y sólo entonces lo hará. Él tiene su pro­pia voluntad y su propia manera de pensar; sin embargo, espera que los hombres oren. No quiere decir esto que Dios no conoce nuestra necesidad, sino que Él suplirá lo que necesitamos sólo después de que hayamos orado. Él no se moverá hasta que alguien ore.

Por consiguiente, la razón por la cual tenemos que orar es porque Dios espera que los hombres oren antes de ha­cer Él cualquier cosa. El Señor Jesús tenía que nacer, pe­ro se necesitó que Simeón y Ana oraran (Lucas 2: 25, 36­38). El Espíritu Santo había de venir, pero 120 personas tuvieron que orar durante diez días (ver Hechos 1:15; 2: 1, 2). Tal es el principio de la oración. ¿Podemos, por medio de la oración, hacer que Dios haga lo que no quie­re hacer? No, de ninguna manera. Sin embargo, Él desea que oremos antes de hacer aquello que Él desea.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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