Continuemos.

“Ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. ¡Cuán consoladora es esta palabra! Para orar al Padre que está en secreto se ne­cesita fe. Aunque usted no sienta nada exteriormente, usted cree que está orando al Padre que está en secreto. Él está en secreto, fuera de la mirada de los ojos huma­nos, sin embargo, también está realmente allí. Él no me­nosprecia la oración; está allí observando. Todo esto in­dica cuán atento es Él a nuestra oración. No sólo está observando. Incluso va a recompensarnos. ¿Puede usted creer esta palabra?

Cuando el Señor dice que “recompensará”, ciertamente recompensará. Él está presente para garantizar que la oración que se hace en secreto no será en vano. Si usted realmente ora, Él ciertamente lo recompensará. Aunque no parezca que hay ninguna recompensa hoy, vendrá un día cuando usted será recompensado. ¿Es su oración ca­paz de resistir el escrutinio de su Padre que está en se­creto? ¿Cree usted que el Padre que está en secreto lo re­compensará?

2. No como Gentiles.

El Señor no sólo nos enseña a no exhibirnos a nosotros mismos, sino que también nos instruye: “Y orando no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos”. La expresión “vanas repe­ticiones” significa en griego repetir monotonías a la ma­nera como habla un tartamudo.

Cuando oran, los gentiles repiten la misma palabra mo­nótonamente. Tal oración es sólo sonido, pero sin signi­ficado. Cuando uno pasa cerca para oír la oración de ellos, oirá un sonido monótono y repetido como si estu­viera cerca de una corriente y oyera el murmullo del agua contra las rocas, o como si fuera por una carretera llena de guijarros y oyera el interminable ruido de las ruedas del coche sobre ella. Los gentiles entonan las mis­mas palabras muchas veces. Piensan que serán oídos por su palabrería. Sin embargo, tal oración es vana e ineficaz. No debemos orar de esa manera.

Por esta razón, cuidémonos de que las palabras de sus oraciones en un culto de oración no estén desprovistas de significado. Cuando alguno ora, y usted no dice amén, tal persona lo acusará de no ser de un mismo sen­tir. Sin embargo, si usted dice amén a la oración de ese individuo, él usará esa palabra repetidamente. Su ora­ción no está gobernada por la abundancia del corazón, sino por el grado de fervor que lo sostiene. No dice la oración con el fin de liberar una carga interna, sino para terminar un discurso. Muchas son las oraciones hechas por los hombres; muchas son las expresiones que sobre­pasan al corazón. Repito que tal oración es como el so­nido del murmullo del agua contra la roca, o como el ruido de las ruedas del carruaje sobre la carretera de gui­jarros. Tal oración tiene sonido, pero no tiene significa­do. No debemos orar así.

“No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Pa­dre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros la pidáis”. Este versículo nos muestra que depende de nuestra actitud delante de Dios, como también de nues­tra necesidad real, el que nuestra oración sea oída por Dios o no. No depende de nuestras muchas o pocas pa­labras. Si lo que pedimos no es lo que necesitamos, nuestra oración no será contestada, por más que pro­nunciemos muchas palabras. El pedir sin necesidad re­vela avaricia; eso es pedir equivocadamente.

Dios supli­rá con mucho gusto lo que necesitamos, pero no está dispuesto a satisfacer nuestros deseos egoístas. ¡Cuán necia es la actitud de algunos individuos que dicen que ellos no necesitan orar, pues Dios conoce todas sus ne­cesidades! Porque el propósito de la oración no es el de notificar a Dios, sino el de expresar nuestra confianza, nuestra fe, nuestra esperanza y el deseo de nuestro co­razón. Por esto, debemos orar. Sin embargo, en nuestra oración el deseo de nuestro corazón debe exceder a la palabra de nuestros labios, y la fe debe ser más fuerte que la palabra.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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