Predicaciones Cristianas – Tres Principios Grandiosos 2.

 

Continuemos.

En el día de hoy, el grado de la manifestación del poder de Dios está go­bernado par la capacidad de la Iglesia. Así como en un tiempo pasado, cuando Dios se manifestó en Cristo, la manifestación de Dios era tan grande como la capacidad de Cristo; así ahora, la manifestación de Dios en la Igle­sia está igualmente circunscrita, esta vez por la capaci­dad de la Iglesia. Cuanto más grande sea la capacidad de la Iglesia, tanto mayor será la manifestación de Dios, y más pleno el conocimiento de Él.

Necesitamos comprender que en todas las cosas que Dios obra hoy en la Tierra, busca que la Iglesia esté con Él, y luego hará la obra a través de ella. Dios no ejecu­tará nada independientemente; cualquier cosa que hace hoy, la hace con la cooperación de la Iglesia. Ella es el medio por el cual Dios se manifiesta.

Repitamos que la Iglesia es como un tubo de agua. Si el tubo es de pequeño diámetro, no podrá conducir mucha agua, aunque la fuente del acueducto sea tan abundante como un gran río. Dios en el cielo se propone hacer al­go, pero no lo hará hasta que haya movimiento en la Tie­rra. ¡Cuántas cosas quiere Dios atar y desatar en el cielo! Muchas son las personas y las cosas que se le oponen; y Dios espera que todas estas sean atadas. También son muchas las personas y las cosas que son espirituales, va­liosas, útiles, santificadas, y que son de Dios. Él espera que estas sean desatadas. Pero aquí precisamente surge un problema: ¿habrá un hombre en la Tierra que ate lo que Dios quiere atar, y desate lo que Dios intenta desa­tar? Dios quiere que la Tierra gobierne al cielo.

Esto no implica que Dios no sea todopoderoso, pues Él es en realidad el Dios Todopoderoso. Sin embargo, la to­talidad del poder de Dios sólo puede manifestarse en la Tierra a través de un canal. No podemos aumentar el po­der de Dios, pero sí podemos impedirlo. El hombre no puede incrementar el poder de Dios, sin embargo, puede obstruirlo. No podemos pedirle a Dios que haga lo que Él no quiere; sin embargo, podemos restringirlo de hacer lo que quiere. ¿Comprendemos esto realmente? La Igle­sia tiene un poder con el cual puede manejar el poder de Dios. Puede permitir que Dios haga lo que Él quiere, o puede prohibirle que lo haga.

Nuestros ojos necesitan tener una previa vislumbre del futuro. Un día Dios extenderá su Iglesia para que sea su Nueva Jerusalén, y entonces su gloria será plenamente manifestada a través de la Iglesia, sin encontrar ningu­na dificultad. Hoy Dios quiere que la Iglesia desate en la Tierra primero, antes de Él desatar en el cielo; quie­re que ella ate en la Tierra primero, antes que Él ate en el cielo. El cielo no comenzará a hacer Las cosas. Sólo seguirá a la Tierra cuando esta obre. Dios no comenza­rá primero; en su operación Él sólo sigue a la Iglesia. ¡Ah! Si este es el case, ¡qué tremenda responsabilidad tiene la Iglesia!

Como ya se indicó, Mateo 18: 15-17 se refiere a un caso individual; lo que sigue, sin embargo, constituye un gran principio. La situación particular es la siguiente: un her­mano ha pecado contra otro; sin embargo, el primero no reconoce que ha pecado, ni confiesa su falta. Cuando se niega a reconocer su falta delante de la Iglesia, es consi­derado como gentil y publicano. Ahora bien, el herma­no que ha pecado, probablemente replicará: ¿quién es usted? Si usted (la Iglesia local) me considera gentil y publicarlo, no volveré al culto. Si no puedo venir a su culto, hay otros cultos a los que puedo ir”.

Pero notemos aquí lo que el Señor Jesús dice como res­puesta: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, se­rá desatado en el cielo”. Por tanto, cuando la Iglesia juz­ga a una persona como gentil, Dios en el cielo también la juzga como gentil. Cuando la iglesia considera a un hermano que ofende, como un publicano, Dios en el cie­lo de igual modo lo considera como publicano. En otras palabras, lo que la Iglesia hace en la Tierra, Dios también lo hace en el cielo.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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