A22Devocional – ¿Qué Frutos Estoy Dando? 2

 

Pasaje clave: Juan 15:1-17.

 

Entendamos una verdad dolorosa: ¡¡El pámpano es horrible!!

Cuántas cosas se pueden hacer con la madera.  Casi con todas las ramas de los árboles se pueden hacer muchas cosas.  Hasta de las ramas más retorcidas del roble se pueden hacer muebles fabulosos.  Pero con los pámpanos o las ramas de la vid pasa algo extraño: además de ser horrible por fuera, por dentro no sirve más que para iniciar el fuego para poner otras leñas y así hacer asado. ¡¡Es que no sirve ni para buenas brazas!!

El único propósito de la rama de la vid (pámpano) es dar fruto.  Es simplemente un instrumento para traspasar sabia.  Eso soy yo… solo un instrumento por el que pasa la vida de Dios para dar frutos que glorifiquen su nombre.  Apenas me dedique a ver mi utilidad sin el fruto, veré una de las ramas más inútiles.  El problema de muchos de nosotros es que todavía no lo creemos.

Quien no da fruto para la gloria de Dios, no sirve para otra cosa.  No fue por casualidad que Cristo eligió este ejemplo.  “Sin mí no pueden hacer nada” “El que no permanece en mí es desechado y se seca”.

Pero como Dios está tan interesado en que llevemos frutos, porque en definitiva está interesado en Su gloria, entonces…

 

2.  Dios intervendrá en mi vida porque su gloria está en juego.

Tengo una inmensa deuda de gratitud a Dwight Edwards que con su libro “Cristo en mí” me trajo una nueva visión de la vida cristiana.  La síntesis de ese libro la resumiría en una sola frase: “No se trata de mí, se trata de Él”. 

El cristianismo del siglo XXI está haciendo una desmedida mirada al hombre de hoy.  ¿Puede acaso haber un “humanismo cristiano”?  Mientras más leo la literatura cristiana actual, me parece que el centro se está volviendo en cómo el hombre puede ser feliz.  Además del inmenso riesgo que esta postura trae, que anticipó Pablo a Timoteo cuando dijo que en los últimos tiempos vendrían “hombres amadores de sí mismos”, creo que es, a lo menos, incorrecta e insana. En realidad debemos entender que vivimos para la alegría de Dios. Y precisamente allí encontramos la alegría nuestra. Es decir que el Labrador intervendrá en mí vida podándola simplemente porque su Nombre está en juego. Cuando entramos en una finca de cultivo de vides finas para exportación, indefectiblemente terminamos felicitando al ingeniero agrónomo o a los labradores de ese predio o a la calidad de su vid. Jamás se nos ocurre admirar el pámpano. El Padre, el buen labrador que nos ama con amor entrañable viene a buscar frutos porque su gloria, no la nuestra, está en juego. Por eso la maravillosa y dolorosa tijera de podar.

La tijera de la disciplina y de la prueba.

Es interesante lo que dice Hebreos 12:5 y 11: “Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige:  “Hijo mío,  no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo… Ciertamente, ninguna disciplina,  en el momento de recibirla,  parece agradable,  sino más bien penosa;  sin embargo,  después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella”.

Increíble que sean “palabras de aliento”.  Pero comprender que Dios nos reprende, nos castiga o nos azota (in crescendo) porque quiere alentarnos es evidencia de su poda de amor para hacer de nosotros personas fructíferas. Notemos el camino que usa en las tres palabras que implica la disciplina: reprensión, castigo y azote.

Comienza hablándonos: reprensión.  Es esa palabra justa, ese mensaje que nos hace volver, esa palabra del hermano que nos advierte, que nos pregunta. 

Luego nos castiga.  Mi padre me llevaba al baño cada vez que no entendía o me rehusaba hacer lo correcto, y desde allí, mientras miraba el aburrido paisaje, lo que más me dolía era el sentirme lejos de la comunión del resto de la familia, de las conversaciones, lejos del espíritu hogareño.  ¿No nos ha pasado sentir que la iglesia no es nuestro lugar, no nos sentimos contenidos, acompañados, alentados, etc.?  ¿No se nos ocurrió pensar que podía ser el castigo de Dios por un pecado que está en nosotros? La mayoría de las veces terminamos acusando a la iglesia como enferma. ¿Te pusiste a pensar que la frialdad, la sensación de lejanía puede ser el castigo de Dios con el fin de llevarnos al arrepentimiento, no solo como un acto sino como un proceso de vida?  

¡Que cambios magníficos cuando confesamos y nos abrimos a su operación transformadora!  Pero si no hay arrepentimiento, entonces llega el azote… eso sí que duele, eso sí que no lo entiendo, eso sí que está claramente centrado en mí dolor, o en mi enfermedad o en mis pérdidas.  Pablo lo describe en 1° Corintios 11:30-32. 

Pero el Padre, que nos ama entrañablemente como el Labrador, buscará con amor disciplinarnos con el fin de que llevemos fruto de justicia.

Pero no siempre la tijera es de la disciplina. Hay otra forma de obrar de Dios que intenta llevarnos a un lugar de altísimos frutos. Allí no se trata de pecados. Solo que Dios usa otra tijera, la de la prueba, que nos pide algo inmensamente grande. Renunciamiento. No se nos pide que abandonemos pecados, sino que entreguemos algo precioso de nosotros. Una comodidad, una relación, un tiempo, una seguridad…  En esta poda, se nos lleva a un nivel de fruto de abundancia.  No es que no estamos llevando frutos, sino que está esperando de nosotros mucho fruto.

No se trata solo de tener una vida limpia, sino ENTREGADA.  No se trata de pecado sino de PRIORIDADES.

(CONTINÚA…)

 

Por Juan Carlos Gervilla

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