La Promesa de Dios en la Sangre y el Agua.

Pasaje Clave: Cristo «ofreció para siempre un solo sacrificio por los pecados» y «por una sola ofrenda él ha perfeccionado para siempre a los que son santificados» (Hebreos 10.12-14)

Esta semana, mi nombre apareció en la sección deportiva del periódico. Tenías que buscarme, pues ahí estaba. En la cuarta página de la edición del martes, en la parte final de una página, en la conclusión de un artículo dedicado al Abierto de Golf de Texas, ahí estaba mi nombre. Con todas sus letras. Era la primera vez. Mi nombre ha aparecido en otras partes del periódico por una variedad de razones, de algunas de las cuales me siento orgulloso y de otras no. Pero esta era la primera vez que aparecía en la sección de deportes. Tuve que esperar más de cuarenta años, pero al fin el día llegó.

También fue mi primer trofeo deportivo. Cuando estaba en el colegio casi conseguí uno, cuando quedé séptimo en el lanzamiento del disco. Pero solo dieron medallas hasta el sexto lugar, de modo que no hubo para mí. He conseguido varios trofeos en otras cosas, pero nunca en deportes. Hasta ayer. Mi primer trofeo deportivo.

Todo ocurrió así. Mi amigo Buddy es la persona que dirige la organización del Abierto de Texas de la Asociación de Golfistas Profesionales, AGP. Me preguntó si me gustaría jugar en la competencia anual de jugadores profesionales y aficionados. Lo pensé tres segundos y acepté. El formato de esta competencia es bastante sencillo. Cada equipo tiene un jugador profesional y cuatro aficionados. Se anota el puntaje más bajo de cada jugador aficionado. En otras palabras, aunque yo no logre poner la bola en el hoyo, si otro de mi equipo lo hace, es como si yo lo hubiera hecho. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió en diecisiete de los dieciocho hoyos. ¡Imagínate cómo me habré sentido jugando! Tomemos un hoyo cualquiera donde yo anoté un ocho y Buddy o cualquiera de mis compañeros marcaron un tres. ¿Adivinas qué puntaje se tomó en cuenta? ¡El tres! Se olvida el ocho de Max y se registra el de Buddy. Fácil, ¿verdad? Así, logré reconocimiento y notoriedad por el buen desempeño de alguien más, simplemente por ser yo parte de su equipo.

¿No ha hecho Cristo lo mismo contigo?

Lo que mi equipo hizo por mí aquel lunes, tu Señor lo hace por ti todos los días de la semana. Gracias a su trabajo puedes cerrar tu ronda diaria con un puntaje perfecto. No importa que hayas lanzado la bola entre los árboles o que la hayas sumergido en el agua. Lo que importa es que saliste a jugar y te uniste a los cuatro correctos. En este caso, tu equipo de cuatro es invencible: Tú, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No podría haber un equipo mejor.

El término teológico de dos dólares que denota es santificación posicional . Dicho en forma sencilla: Recibes un premio no por lo que eres, sino por a quién conoces.

En ese juego de golf se ilustró una segunda palabra. (¿Qué significa esto? ¿Buscando teología en un campo de golf?) No solo ves un cuadro de santificación posicional; hay igualmente un nítido cuadro de santificación progresiva.

¿Recuerdas mi contribución? Uno de dieciocho hoyos. En un hoyo hice un par. Mi par ingresó a la tarjeta de mi equipo. ¿Quieres saber en qué hoyo hice mi par? En el último. Aunque di muy poco, mi aporte fue mejorando con cada hoyo. Buddy se mantuvo dándome sugerencias y cambiando mi agarre hasta que finalmente hice mi aporte. Mejoré en forma progresiva.

El premio fue gracias al puntaje de Buddy. La mejoría llegó gracias a la ayuda de Buddy.

La santificación posicional llega por la obra de Cristo para nosotros. La santificación progresiva llega por la obra de Cristo en nosotros. Ambas son regalos de Dios.

«Con un sacrificio hizo perfectos para siempre a los que están siendo santificados» (Hebreos 10.14). ¿Ves la mezcla de tiempos? «Él hizo perfectos» (santificación posicional) a los que «que están siendo santificados» (santificación progresiva).

Santificación posicional y progresiva. La obra de Dios por nosotros y la obra de Dios en nosotros. Ignora la primera y te dominará el temor. Ignora la segunda, y te convertirás en un perezoso. Ambas son esenciales, y ambas se ven en la húmeda suciedad en la base de la cruz de Cristo. Examinémosla más cuidadosamente.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Él Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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