Continuemos.

La Obra de Dios Por Nosotros.

Escucha este versículo: «Pero uno de los soldados clavó su lanza en el costado de Jesús, e inmediatamente brotó de la herida sangre y agua» (Juan 19.34). Aun un lector descuidado de la Escritura notaría la conexión entre sangre y misericordia. Podemos ir atrás hasta un hijo de Adán y veremos que los adoradores sabían que «sin derramamiento de sangre no hay perdón» (Hebreos 9.22).

¿Cómo conoció Abel esta verdad? Nadie lo sabe, pero de alguna manera supo que tenía que ofrecer más que oraciones y cosechas. Él supo ofrecer una vida. Supo derramar más que su corazón y sus deseos; supo derramar su sangre. Con un campo por templo y el suelo por altar, Abel llegó a ser el primero en hacer lo que millones habrían de imitar. Ofreció un sacrificio de sangre por sus pecados.

Los que siguieron forman una larga lista: Abraham, Moisés, Gedeón, Sansón, Saúl, David… todos los cuales sabían que la sangre derramada era necesaria para el perdón de los pecados. Jacob también lo sabía; por lo tanto, juntó piedras para el altar. Salomón lo supo, y construyó el templo. Aarón lo supo, y comenzó con él el sacerdocio. Pero la línea termina en la cruz. Lo que Abel trataba de conseguir en el campo, Dios lo logró con su Hijo. Lo que Abel comenzó, Cristo lo completó. Con su sacrificio se pondría fin al sistema de sacrificios porque «él vino como Sumo Sacerdote de este sistema mejor que tenemos ahora» (Hebreos 9.11).

Después del sacrificio de Cristo no habría más necesidad de derramar sangre. Él «una vez y para siempre llevó la sangre al cuarto interior, el Lugar Santísimo, y la esparció sobre el asiento de misericordia; pero no fue la sangre de chivos ni de becerros. No, sino que tomó su propia sangre, y por ella él mismo nos aseguró salvación eterna» (Hebreos 9.12).

El Hijo de Dios llegó a ser el Cordero de Dios, la cruz fue el altar, y nosotros fuimos «hechos santos a través del sacrificio de Cristo hecho en su cuerpo una vez y para siempre» (Hebreos 10.10). Se pagó lo que necesitaba pagarse. Se hizo lo que había que hacer. Se exigía sangre inocente. Se ofreció sangre inocente, una vez y para siempre. Grábate profundo en tu corazón estas cinco palabras. Una vez y para siempre .

Al riesgo de parecerme a una maestra de la escuela elemental, permíteme hacer una pregunta elemental. Si el sacrificio se ha ofrecido una vez y para siempre, ¿necesita ofrecerse de nuevo? Por supuesto que no. Estás santificado posicionalmente. Así como los logros de mi equipo me fueron acreditados a mí, lo alcanzado por la sangre de Jesús nos es acreditado a nosotros.

Y así como mis habilidades mejoraron a través de la influencia de un maestro, tu vida podrá mejorar mientras más y más cerca camines de Jesús. La obra por nosotros está hecha, pero la obra progresiva en nosotros se mantiene. Si su obra para nosotros se ve en la sangre, ¿qué podría representar el agua? Su obra en nosotros.

¿Recuerdas las palabras de Jesús a la mujer samaritana? «El agua que yo te daré será una fuente de agua que brotará dentro de la persona, dándole vida eterna» (Juan 4.14). Jesús ofrece, no un trago de agua excepcional, sino un pozo artesiano perpetuo. Y el pozo no es un hueco en el patio sino que es el Espíritu Santo de Dios en nuestro corazón.

«Si alguno cree en mí, ríos de agua viva fluirán del corazón de esa persona, como dice la Escritura». Jesús estaba hablando del Espíritu Santo. El Espíritu todavía no había venido porque Jesús aun no había sido ascendido a la gloria. Pero más tarde, los que creyeron en Jesús recibirían el Espíritu (Juan 7.38–39).

En este versículo, el agua representa al Espíritu de Jesús actuando en nosotros. No está trabajando para nuestra salvación; ese trabajo ya está hecho. Está trabajando para cambiarnos. Así se refiere Pablo a este proceso: Hagan lo bueno que resulta de ser salvo, obedeciendo a Dios con profunda reverencia, retrayéndose de todo lo que pudiera desagradarle. Porque Dios está trabajando dentro de ti, ayudándote a querer obedecerle y luego ayudándote a hacer lo que él quiere que hagas (Filipenses 2.12–13).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Él Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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