Continuemos.

Como resultado de «ser salvos» (la obra de la sangre) ¿qué hacemos nosotros? Obedecemos a Dios «con profunda reverencia, y nos retraemos de todo lo que pudiera desagradarle». Poniéndolo en forma práctica, amamos a nuestro prójimo y nos cuidamos de no murmurar. Nos negamos a engañar en los impuestos y al cónyuge y hacemos lo mejor que podemos por amar a las personas difíciles de amar. ¿Hacemos todo esto para alcanzar la salvación? No. Esto es «las buenas cosas que resultan de ser salvo».

Una dinámica similar ocurre en el matrimonio. ¿Están un esposo y una esposa más casados que lo que lo estuvieron el primer día? ¿Podrían estar más casados que cuando se hacen los votos y firman el certificado? A lo mejor podrían. Imagínalos cincuenta años después. Cuatro hijos más tarde. Un trío de transferencias y un racimo de valles y victorias más tarde. Después de medio siglo de matrimonio, terminan la frase iniciada por el otro y se ordenan mutuamente la comida favorita. Hasta empiezan a parecerse más y más físicamente (una perspectiva que a Denalyn hace sufrir). ¿Podría decirse que a los cincuenta años están más casados que el día de su boda? Pero, por el otro lado, ¿cómo podrían estarlo? El certificado de matrimonio no ha madurado. Ah, pero las relaciones sí, y eso marca una gran diferencia. Técnicamente, no están más unidos que cuando abandonaron el altar. Pero relacionalmente, son completamente diferentes. El matrimonio es tanto algo ya hecho como algo que se va desarrollando diariamente. Algo que hiciste y algo que haces.

Sucede lo mismo en nuestro caminar con Dios. ¿Puedes ser más salvado ahora que como lo fuiste el primer día de tu salvación? No. ¿Pero puede una persona crecer en la salvación? Absolutamente. Es, como el matrimonio, algo hecho y algo que se va desarrollando diariamente.

La sangre es el sacrificio de Dios por nosotros. El agua es el Espíritu de Dios en nosotros. Y necesitamos a ambos. Juan está muy interesado en que aprendamos esto. No es suficiente saber lo que vino después; debemos saber cómo vino después : «De una vez salió sangre y agua» (Juan 19.34). Juan no pone a una sobre la otra. Pero nosotros sí lo hacemos.

Algunos aceptan la sangre pero olvidan el agua. Quieren ser salvos pero no quieren ser cambiados. Otros aceptan el agua pero se olvidan de la sangre. Están muy ocupados en Cristo pero nunca en paz con Cristo. ¿Cómo es tu situación? ¿Tiendes a inclinarte en uno u otro sentido?

¿Te sientes tan salvo que nunca sirves? ¿Estás tan contento con el puntaje de tu equipo que no quieres bajarte del carrito de golf? Si tal es tu caso, déjame hacerte una pregunta: ¿Por qué te habrá puesto Dios en el campo de juego? ¿Por qué no te iluminó en el momento en que te salvó? El hecho es que tú y yo estamos aquí por una razón y esa razón es glorificar a Dios en nuestro servicio.

¿O está tu tendencia completamente al otro lado? Quizás sirves siempre por temor a no ser salvo. Quizás no confías en tu equipo. Temes que haya alguna carta escondida en la que esté escrito tu verdadero puntaje. ¿Es eso? Si tal es tu caso, recuerda esto: La sangre de Jesús es suficiente para salvarte.

Graba en tu corazón el anuncio de Juan el Bautista. Jesús es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1.29). La sangre de Cristo no cubre tus pecados, no encubre tus pecados, no pospone tus pecados ni minimiza tus pecados. La sangre de Cristo quita tus pecados, de una vez y para siempre.

Jesús deja que tus faltas se pierdan en su perfección. Así como los cuatro golfistas estuvimos allí de pie para recibir el premio, los únicos que sabían de mi pobre actuación eran mis compañeros, y ellos no dijeron nada.

Cuando tú y yo nos pongamos de pie en el cielo para recibir nuestro premio, solo uno sabrá de nuestros pecados, pero Él no te avergonzará. Ya los ha perdonado. De modo que disfruta el juego, amigo mío; tu premio está asegurado. Pero aprovecha de pedirle al Maestro alguna ayuda para mejorar tu estilo.

Extracto del libro “Él Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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