En el momento de la creación, Dios le dio dominio al hombre sobre todo el reino físico, convirtiéndolo en rey de facto sobre la Tierra. Dominar significa “gobernar, regir, controlar, administrar, liderar o tener autoridad sobre algo”. Aquí hay una distinción importante. Dios nos dio gobierno sobre la Tierra, no su título de propiedad. Alguien que le entrega la pro­piedad a otra persona también rinde toda responsabilidad relativa a ella. La persona que le asigna la posición de gobierno de un lugar, pero retie­ne su propiedad estará reteniendo la responsabilidad final. Por esa razón, Dios estableció una restricción desde el principio. Le dijo a Adán: Y ¡e dio este mandato: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás» (ver Génesis 2:16-17).

En el principio, Dios nos dio una especie de “contrato de administra­ción” o un “acuerdo de locación”. La Biblia es bien clara en que la Tierra le pertenece a Dios. El Salmo 24:1 dice: “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan”. Dios es dueño de la Tierra, pero nos la dio a nosotros para administrarla bajo un acuerdo de locación al que podríamos llamar mandato de dominio. Bajo este mandato debemos darle a Dios, el propietario, una rendición de cuentas sobre lo que hacemos con lo que Él nos ha encomendado. Él nos juzgará según lo bien que hayamos manejado sus activos.

Jesús enseñó este principio en su parábola sobre el amo que le confió una suma de dinero a cada uno de sus tres siervos y luego se fue a un largo viaje. Mientras él no estaba, dos de los siervos invirtieron el dinero sabia­mente y recibieron el doble. El tercero, no hizo nada excepto esconder su asignación. Cuando el amo regresó, alabó a los siervos que habían ejercido una administración sabia. Sin embargo, expulsó al siervo que había rehuido a la responsabilidad de su mayordomía (vea Mateo 25:14-30).

NACIDOS PARA GOBERNAR, NO PARA SER GOBERNADOS

Todos nosotros hemos nacido para regir la Tierra. Cuando no nos convertimos en lo que fuimos creados para ser o no alcanzamos nuestro destino, abrimos una puerta a un mundo de problemas personales. Permitirnos ser dominados por nuestro entorno físico o por otras personas puede dar como resultado, por ejemplo, presión alta u otros problemas físicos o enfermeda­des. Incluso puede abrir una puerta a trastornos mentales y emocionales. Uno de los sucesos más liberadores de mi vida me ocurrió cuando era un adolescente. Ese fue el día que descubrí el mandato de dominio del Reino para mi vida. El Salmo 115 lo declara perfectamente: “Que el Señor multiplique la descendencia de ustedes y de sus hijos. Que reciban bendiciones del Señor, creador del cielo y de la tierra. Los cielos le pertenecen al Señor, pero a la humanidad le ha dado la tierra” (Salmo 115:14-16).

El versículo 16 es increíble. La frase “los cielos le pertenecen al Señor” se refiere a los cielos que están por encima de la estratosfera, el mundo invisible en donde Dios habita. El cielo es el ámbito de Dios, pero Él le dio al hombre la Tierra, no en calidad de pertenencia, sino como en un acuerdo de locación. Aquí La Biblia nos dice abierta y directamente que el cielo no es nuestro territorio.

Los creyentes a menudo hablan acerca de ir al cielo cuando mueran. Aunque eso es cierto, Dios ha hecho arreglos para asegurarse de que no permanezcamos allí. Si estuviéramos en el cielo, La Palabra de Dios fallaría, porque Él ha declarado lisa y llanamente que nos creó para tener dominio sobre la Tierra. Y La Palabra de Dios nunca se equivoca: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cum­plirá con mis propósitos” (Isaías 55:10-11)

Si Dios dice que Él nos creó para ejercer dominio sobre la Tierra, entonces claramente no podemos permanecer en el cielo. El propósito de Dios para nosotros siempre ha sido que dominemos la Tierra. Nuestra tendencia como Iglesia es enfocarnos demasiado en el cielo. El Rey del universo nos ha dado un mandato terrenal. Por eso, ha hecho arreglos para asegurarse que los creyentes que mueran, regresen a la Tierra con el Señor. Dios inclu­so ha dispuesto arreglos para nuestro cuerpo: se le llama resurrección.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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