Para entender el pasado y el futuro del hombre y poder apreciar el estado presente de su peregrinaje a través del tiempo, es de vital importancia con­siderar cuál era el propósito original de Dios y el plan para su creación. El propósito de Dios en el principio era:

  • Establecer una familia de hijos espirituales, no de siervos;
  • Establecer un reino, no una organización religiosa;
  • Establecer un Reino de reyes, no de súbditos;
  • Establecer una mancomunidad de ciudadanos, no de miembros religiosos;
  • Establecer una relación con el hombre, no una religión;
  • Extender su reino celestial.
  • Influenciar en la Tierra desde el cielo a través de la humanidad.

¿HIJOS O SIRVIENTES?

Habiendo sido criado en las Bahamas, en el Caribe, sobre la Tierra que era anteriormente una colonia del Reino Unido de Gran Bretaña, entiendo las implicancias de la palabra sirviente y la distinción clara que existe entre un sirviente y un hijo. Bajo el sistema colonial y como producto de los esclavos anteriores, la segregación, la discriminación y el prejuicio tuvieron influen­cias perjudiciales sobre mi vida. Los obstáculos eran evidentes y se mani­festaban en maneras gráficas que claramente nos ponían en una posición de desventaja cuando se trataba de beneficios y privilegios en el reino. Como siervos de la corona, a nosotros no se nos permitía acceder a las mismas oportunidades en educación, trabajo, recreación, prosperidad económica y estatus en la sociedad. Esta falta de equidad contrastaba con el estilo de vida aparentemente afortunado de los hijos de los amos del reino. Un sirviente no es definitivamente lo mismo que un hijo.

Una mirada más profunda al plan original de Dios nos revelará cuán grande es la brecha que divide la religión de la relación. Dios originalmen­te planeó extender su Reino celestial a la Tierra a través de la humanidad.

En este plan, el propósito de Dios era establecer una familia de hijos, no una casa de sirvientes. Tal como Las Escrituras nos muestran que los varones son la Novia de Cristo, así también las mujeres son los hijos de Dios. En Cristo todos somos herederos (vea Romanos 8:14). En el capítulo 8 de Juan, Jesús hace una distinción clara entre siervos e hijos: “Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: -Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípu­los; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. -Nosotros somos descendientes de Abraham -le contestaron-, y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir que seremos liberados? -Ciertamente les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado -respondió Jesús-. Ahora bien, el esclavo no se queda para siempre en la familia; pero el hijo sí se queda en ella para siempre. Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres” (Juan 8:31-36).

Jesús dijo que los hijos eran miembros de la familia, pero los esclavos no lo eran. Desde el comienzo, Dios quería descendientes que se relacionaran con Él mediante el amor, no esclavos o “manos pagadas” que le obedecieran por obligación. Los sirvientes se relacionan con sus amos en un nivel superficial, pero no existe sentido de intimidad o de familia. Los hijos, por otra parte, son parte de la familia; son herederos que heredarán todo lo que le pertenece a su padre.

HIJOS, NO SÚBDITOS

El propósito de Dios era establecer un Reino de hijos, no de súbditos. Este es un concepto difícil de entender para nosotros al principio, porque desde la perspectiva humana, la existencia de un rey automáticamente implica la existencia de súbditos. Los súbditos son gente que está “sujeta” a las reglas del rey y nunca son considerados de la misma clase o estatus que la realeza. Sin embargo, este no es el plan de Dios para nosotros. Dios es ciertamente un Rey, pero no desea súbditos. Desea hijos. No quiere gobernar sobre no­sotros, sino tener una familia que comparta con Él su gobierno.

El Reino de Dios es diferente de los reinos terrenales en que no tiene súbditos. No hay campesinos en el Reino de Dios, tan solo hijos. En el Reino de Dios, no somos súbditos sino miembros de la familia real. Jesu­cristo, el Unigénito de Dios, al cual Apocalipsis 19:16 se refiere como “Rey de reyes y Señor de señores”, es nuestro Hermano mayor. Cada uno en el Reino de Dios es un príncipe o una princesa. No hay campesinos o clase media, no hay orden de sirvientes. En el Reino de Dios, todos estamos relacionados con el Rey.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

Lee Ciudadanos, No Miembros Religiosos

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