EL HOMBRE ADMINISTRARÁ EL PLANETA

Por el plan y la intención de Dios, tenemos dominio sobre la Tierra. Eso sig­nifica que somos los administradores, supervisores, regentes, gobernantes, líderes y mayordomos de este planeta. Lo que sea que aquí suceda es nuestra responsabilidad. Dios hará que rindamos cuentas de nuestra administración. Nuestra autoridad en esta dimensión en tan completa que ni Dios mismo la violará. Ahora bien, sé que esta declaración hará que algunos de ustedes se pregunten cómo puedo afirmar algo con tanta confianza. ¿Dios no es acaso Soberano, para hacer lo que desee? En teoría es cierto, pero así como la palabra de un rey terrenal es ley y no puede revocarse, así también la Pa­labra del Rey del universo es ley y no puede cambiar. A esta altura, démos­le un vistazo a uno de los principios más importantes en la constitución de La Palabra de Dios respecto de su creación y el programa de Dios para la estrategia de liderazgo que usted deberá emplear sobre la Tierra.

En el libro de Génesis, ya hemos visto que Dios estableció la ley de que le era concedida al hombre absoluta responsabilidad sobre el plano terre­nal. El hombre fue comisionado para gobernar sobre toda la creación de Dios. Le fueron dadas la voluntad, la sabiduría y la autoridad para llevar a cabo este mandato.

“Y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo” (Génesis 1:26)

Dos de las palabras más importantes pronunciadas por el Creador están encerradas en este versículo, y ellas establecen la naturaleza de la relación que Dios deseo con la dimensión terrenal. Esas palabras son “que tenga”. Mediante esa palabra el Dios Creador estableció una ley que le otorga solo a la humanidad la autoridad legal de ejercer dominio y control sobre la Tierra. Es interesante notar que Dios no dijo “que tengamos”, sino en cambio “que tenga”. Si Él hubiera dicho “que tengamos”, entonces hubiera provisto acceso por sí mismo a la Tierra cada vez que quisiera sin quebran­tar su palabra y por tanto sería corregente sobre la Tierra juntamente con el hombre. Pero al decir “que tenga”, se encerró fuera de la Tierra como un espíritu sin un cuerpo.

¿Por qué es tan importante que entendamos esto? Porque Dios es un espíritu, y cuando habla, sus palabras se vuelven ley. Su integridad no le permitirá violar o quebrantar su palabra; por tanto, cada vez que Él habla, eso se vuelve ley incluso delante de Dios. Él nunca quebrantará su palabra ni violará sus principios.

En este caso, el resultado es que Dios en su soberanía ha decidido delegar autoridad y dominio sobre la Tierra a la humanidad: un espíritu dentro de un cuerpo. Por ese motivo, Dios no puede hacer nada aquí sin la cooperación del ser humano. El hombre es el agente legal de Dios y su acceso a la Tierra. Dios es y permanece siendo absolutamente soberano, pero Él ha esco­gido limitar su actividad o intervención sobre la Tierra a lo que nosotros, los ocupantes, le demos permiso para hacer. La manera en que le conce­demos ese permiso es mediante la oración.

Compartiré con usted dos historias bíblicas que ilustrarán mi premisa. La primera viene de un episodio que ocurrió en la antigua Babilonia. En el sexto capítulo del libro de Daniel, el rey Darío, rey de los medos y persas, fue seducido por hombres malignos para redactar un decreto real. El rey emitió un estatuto y estableció una ley por la cual nadie podía hacer petición a nin­gún otro dios, bajo pena de ser echado en un foso de leones hambrientos. Era importante que los reyes consideraran cuidadosamente sus decretos y las implicancias de estos, porque una vez hechos no podían ser revocados.

“Expida usted ahora ese decreto, y póngalo por escrito. Así, conforme a la ley de los medos y los persas, no podrá ser revocado” (Daniel 6:8)

Todos conocemos la historia bastante bien. De ninguna manera Daniel podía someterse a este decreto y fue descubierto en la acción de adorar al Dios de Israel. Cuando el rey Darío lo supo, estaba profundamente apesadumbrado y trató de salvar a Daniel de su propio decreto. Al final, no hubo nada que pudiera hacer. Era la ley del rey y no podía darse marcha atrás, ni siquiera por parte del rey mismo.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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