LA IGNORANCIA ES UNA MALDICIÓN

El problema para muchos de nosotros es que no sabemos quiénes somos. Nos hemos vuelto un reino de reyes ignorantes: ignorantes de nuestra identidad, habilidad, poder y autoridad. Hace mucho tiempo olvidamos (si es que algu­na vez lo supimos) todo lo que el enemigo nos ha robado. Despojados, de­rrotados y abatidos, como el hijo pródigo, nos sentamos en el barro y la paja con los cerdos, mordisqueando las mazorcas de maíz reseco, y no elevamos los ojos de nuestro espíritu para observar las riquezas de las propiedades de nuestro Padre, que son nuestras si tan solo nos levantamos y las reclamamos.

Nuestro mayor enemigo hoy no es ni Satanás ni el pecado, porque Jesús los venció a ambos en la cruz. El poder no es el problema tampoco. Tene­mos poder. Por eso, Dios no envió poder para resolver nuestro problema. Nuestro mayor enemigo hoy es la ignorancia. Lo que no sabemos está ma­tándonos o al menos está privándonos de una vida plena y abundante. El antídoto contra la ignorancia es el conocimiento, así que Dios nos envió su Palabra: su Palabra viviente en la persona de su Hijo. Cristo vino a remover nuestra ignorancia sobre Dios y su Reino y a enseñarnos sobre nuestra herencia y parentesco como hijos del Padre.

En tanto y en cuanto vivamos en la oscuridad de Satanás, nunca sabremos que somos prisioneros en nuestro propio territorio, esclavos de un déspota ilegal. Nunca sabremos que somos los gobernantes legítimos de este planeta o que el diablo es un enemigo ya vencido. Porque no conoce­mos nada mejor, porque no nos damos cuenta del poder que tenemos, le permitimos a Satanás que gobierne nuestras vidas, que azote nuestros cuer­pos con enfermedades, que drene nuestras finanzas, que destruya nuestros matrimonios, que arruine a nuestros hijos con drogas y alcohol, y general­mente que haga estragos.

Jesús es la luz del mundo. Luz significa conocimiento. Él vino a mostrar­nos quiénes somos en realidad y a exponer el reino falso del enemigo. Para decirlo de otro modo, Jesús vino a reintroducirnos a nosotros mismos, y a llamarnos a ser el pueblo que Dios siempre supo que podíamos ser. Él vino a llamarnos de regreso al hogar.

Daniel 7:18 dice que “los santos del Altísimo recibirán el reino, y será suyo para siempre, ¡para siempre jamás!”. Muchos creyentes están confun­didos acerca del término santo. A algunos les han enseñado que los santos son creyentes súper espirituales que viven por encima de plano de los de­más y merecen este título exaltado después de su muerte. En verdad, cada creyente es un santo. Cuando La Biblia usa la palabra santo, se refiere a “todo hijo de Dios, toda persona que ha entrado en el Reino a través de la fe y la confianza en Jesús como Señor y Salvador”. Si usted es un creyente, es un santo, y si es un santo, entonces es heredero del Reino de Dios.

La palabra santo viene de la misma raíz que la palabra santificado. Ser santificado significa “ser apartado para un uso específico; ser reservado para un propósito especial”. Piense en el juego de porcelana de la boda de sus pa­dres. ¿Está al alcance para uso diario? Probablemente no. La porcelana fina por lo general se reserva para ocasiones especiales, tales como días feriados, cuando la familia completa se reúne o cuando hay invitados muy especiales y particularmente honrados. En este sentido, la porcelana está “santificada” solo para ser utilizada en esas ocasiones.

Del mismo modo, nosotros como santos estamos santificados y apartados para el propósito especial de Dios. De forma colectiva, somos la Iglesia, la ecclesia en griego, que también significa “los convocados”. Somos los que re­cibirán el Reino. Somos los que veremos nuestro poder, autoridad y dominio restaurados. El Reino no está reservado para nosotros solamente, sino para muchos, muchos otros también que están todavía afuera y necesitan se traídos a él. Esa es la razón por la cual, cuando Cristo nos salvó y nos trajo a su Reino, nos hizo embajadores: para que podamos ir y traer a otros a Él.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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