EL LARGO BRAZO DEL REY

Normalmente, cuando hablamos del Reino de Dios, pensamos solo en lo que Jesús dijo acerca de él y que está registrado en los cuatro Evangelios. Aunque es cierto que en su vida y sus palabras Jesús reveló el Reino como nunca antes, ellas eran la culminación de lo que Dios venía haciendo desde el principio, así como lo fue su vida en forma general.
Todo lo que Dios dice y hace se relaciona con su Reino. La Biblia entera trata sobre el Reino de Dios. Desde Génesis hasta Apocalipsis, Las Escrituras revelan a Dios como el grande y poderoso Rey del cielo y la Tierra, determinado a obrar su plan de los siglos.

Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Comunícales todo esto a los israelitas”(Éxodo 19:6)

“…porque del Señor es el reino; él gobierna sobre las naciones” (Salmo 22:28)

“Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; el cetro de tu reino es un cetro de justicia” (Salmo 45:6)

“Que hablen de la gloria de tu reino; que proclamen tus proezas” (Salmo 145:11)

“En los días de estos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido ni entregado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre y hará pedazos a todos estos reinos” (Daniel 2:44)

El plan es revertir y destruir las obras de maldad y restaurar completa­mente su gobierno sobre el dominio terrenal a través de sus representantes humanos. Anteriormente hemos dicho que La Biblia no trata de religión, sino de un Reino. Todo se centra alrededor del Reino de Dios. Todos los santos del Antiguo Testamento reconocieron este hecho. Abraham lo sabía. Moisés lo sabía. Samuel lo sabía. David, el rey de Israel, lo sabía. Los pro­fetas lo sabían. Jesús lo sabía. Todos los apóstoles y los otros creyentes del Nuevo Testamento también lo sabían. Todos, parece ser, entendían la prio­ridad del Reino; todos, excepto nosotros.

En los últimos años, el enfoque que prima en el Cuerpo de Cristo se ha desviado desde el Reino de Dios hacia otros asuntos. El trágico resultado es que multitudes de creyentes hoy saben muy poco sobre el Reino, y aún menos entienden su lugar y sus derechos como sus ciudadanos.

A menudo, aun a pesar de toda nuestra sofisticación, educación y tecno­logía, nosotros, los de las sociedades democráticas modernas e “iluminadas” estamos en peores condiciones que aquellas personas de los tiempos del An­tiguo Testamento, cuando se trata de asuntos que requieren comprensión del Reino de Dios y cómo este se relaciona con nuestro mundo.

UN REY HABLA SOBRE EL REINO

El libro de los Salmos está lleno de referencias que dejan en claro que David y otros salmistas de Israel sabían y consideraban a Dios como el Rey de reyes:

“«He establecido a mi rey sobre Sion, mi santo monte.» Yo proclamaré el decreto del Señor: «Tú eres mi hijo», «me ha dicho; hoy mismo te he engendrado. Pídeme, y como herencia te entregaré las naciones; ¡tuyos serán los confines de la tierra! Las gobernarás con puño de hierro; las harás pedazos como a vasijas de barro»”(Salmo 2:6-9)

No solo que estos versículos hablan de Dios como Rey, sino que además miran hacia delante proféticamente, a la venida de Jesús, quien heredaría el Reino de manos de su Padre.

“El Señor es rey eterno; los paganos serán borrados de su tierra”(Salmos 10:16)

David entendió que los reinos humanos son temporarios, pero el Reino de Dios es eterno.

“Eleven, puertas, sus dinteles; levántense, puertas antiguas, que va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, el fuerte y valiente, el Señor, el valiente guerrero. Eleven, puertas, sus din­teles; levántense, puertas antiguas, que va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloría? Es el Señor Todopoderoso; ¡él es el Rey de la gloria!”(Salmo 24:7-10)

“El Señor tiene su trono sobre las lluvias; el Señor reina por siempre”(Salmo 29:10)

En estos versículos, David, el segundo y más grande rey de Israel, alaba­ba y reconocía al Señor Dios como el “Rey de gloria” que era entronado por los siglos de los siglos. La palabra gloria significa literalmente “pesado” o “denso” especialmente en el sentido de referirse a alguien de gran impor­tancia y alta estima. Con la frase “Rey de gloria”, David exalta a Dios como el mayor Rey y digno de la más alta estima.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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