Padres e Hijos – ¿Cómo se Forma la Imagen de Dios en un Niño? 3

 

Continuemos.

Jesús había anunciado otra vez su muerte, y si bien los dis­cípulos todavía no llegaban a comprender las circunstancias por las cuales iba a atravesar su maestro, tal vez alguno pudo pensar: “Bueno, ¿y quién será el más importante de nosotros si a Jesús le llegara a pasar algo? ¿Quién será el líder, quién mandará?”

Frente a esta actitud equivocada de los discípulos, Jesús transmite una enseñanza paradojal que fue de suma importan­cia para los discípulos: “… si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos”.

Lo paradójico estaría entonces en preguntarnos:

¿Cómo alguien puede ser primero siendo último?

¿Cómo alguien podrá ser el más importante si debe ser sirviente de los demás?

Y estas aparentes contradicciones son las que primero deben estar dispuestos a afrontar aquellos que desean ser discípulos de Cristo; si hay una ambición que el creyente debe tener es la de servir a los demás.

Ahora bien, Jesús ve la necesidad de remarcar aún más la enseñanza que estaba dando, y para hacerlo, ya utiliza la paradoja, sino que toma un niño y se identifica con él al decir: “…el que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe”. En Mateo 18:3 leemos: “Si no os volvéis y os hacéis como   niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que cualquiera que se humille como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos”.

Aquí nuevamente aparece una frase paradojal; para Jesús la madurez de la vida espiritual, no viene con las canas, ni es algo que se obtiene con los años de iglesia. Es teniendo la actitud de un niño como se puede estar más cerca de Dios. Más aún, la Palabra enseña que para recibir el reino de Dios, el creyente debe procurar las cualidades y actitudes carac­terísticas de los niños:

En primer lugar, el niño necesita imperiosamente de otro para poder subsistir, no puede valerse por sus propios medios. Hay alguien que se ocupa de él, y toma la responsabilidad de cuidarlo, protegerlo, asistirlo y amarlo. Este sentido de dependencia es algo que nunca se debe perder en la relación personal con Dios. Por lo general, un niño deposita su con­fianza en quien está cerca de él, en quien le demuestra interés y comprensión.

En segundo lugar, el niño es un eternizador del tiempo, vive cada instante como si fuera el último. Uno de los grandes problemas de las personas adultas es que viven atadas a un pasado que ya se ha ido, o temerosas a un futuro que aún no llegó. El adulto está condicionado por sus logros, decep­ciones y expectativas, mientras que el niño experimenta su existencia como en un tiempo eterno libre de todo preconcepto. Esta característica nos remite a las palabras de Jesús en Mateo 6:34 cuando dice: “…no os afanéis por el día de mañana… basta a cada día su propio mal. ”

En tercer lugar, Jesús habla acerca de un “volverse”, de un “hacerse” niño, no de permanecer en ese estado. Esto señala un logro, una conquista, un progreso. Para Jesús, el mayor grado de madurez consiste en hacernos como niños, es decir, que como personas adultas debemos recobrar el espíritu de la infancia.

En cuarto lugar, el hacernos como niños, no hace referencia a mantener actitudes infantiles que están más cerca del ridículo que de la madurez espiritual a la que Jesús nos está desafiando.

En último lugar, la niñez es la etapa de los sueños y las fan­tasías; es en este período donde la mente se extiende más allá de lo explicable. Con el paso del tiempo nos llenamos de prejuicios, comenzamos a pasar todo por el filtro de la razón, pretendemos una explicación más o menos lógica. Y lamenta­blemente esta misma actitud la trasladamos a nuestra relación con Dios.

Limitamos a Dios con el techo de nuestros pre­juicios y razonamientos, que es una manera muy elegante de ocultar nuestra falta de fe y de confianza plena en el Señor.

En este tiempo de unción tan especial que estamos viviendo, nuestra oración debería ser: “Señor, quiero ser como un niño ante ti y creer que se cumplirán mis anhelos y mis sueños, porque estoy confiando en Ti”.

Muchos padres interpretan que “todas” las problemáticas por las que sus hijos atraviesan son de índole espiritual. Sin embargo hay niños con discapacidades o problemas neurológicos que pre­sentan inmadurez intelectual o ciertos retrasos de conducta en comparación con otros niños de su misma edad. En estos casos no ministramos en sanidad interior sino que recomen­damos la consulta con un profesional médico.

Extracto del libro “Dejadlos Venir a Mí”

Por Daniel Bravo

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