GESTOS DE AMOR

Esta es una historia verídica, de un pequeño niño de ojos inexpresivos, mirada vidriosa y desenfocada, ropa maloliente, siempre despeinado, de nombre Carlos Gutiérrez. Sin atractivo, distante. Difícil de querer, especialmente para su maestra: la Señorita Ana. Su ficha escolar registraba un pasado tumultuoso:

Primer grado: “Carlos evidencia buen potencial, pero vive una mala situación en el hogar”.

Segundo grado: “Carlos podría andar mejor. La mamá está gravemente enferma. Recibe poca ayuda”.

Tercer grado: “Carlos es demasiado serio y lento para el aprendizaje. La madre murió este año”.

Cuarto grado: “Carlos es muy lento. El padre no demuestra ningún interés por él”.

Llegó el día del maestro y los niños de la clase de la Señorita Ana llevaron regalos. Los apilaron y se amontonaron para ver cómo los abría. Entre los obsequios había uno de Carlitos, envuelto en papel madera y sujeto con un adhesivo ya usado. Cuando ella lo abrió, descubrió una pulsera con piedras falsas, la mitad de las cuales faltaba, y un frasco de perfume barato. Los demás niños se burlaron. Sabiamente, la Señorita Ana se colocó la pulsera y se perfumó.

Al final del día, cuando los otros niños se habían ido, Carlos se quedó. Se acercó lentamente al escritorio y, con voz suave, le dijo: “Señorita Ana, usted huele igual que mi mamá y la pulsera de ella le queda muy bien. Me alegro de que le hayan gustado mis regalos”.

Cuando Carlitos se fue, la maestra se puso a llorar y le pidió a Dios que la perdonara por no haber entendido el corazón de este pequeño. Al otro día, cuando los alumnos regresaron a la clase, la Señorita Ana se había transformado en otra persona, en un agente de Dios. Ayudó a todos los niños, pero a los lerdos de una manera especial y a Carlos Gutiérrez de una manera muy especial. Para fines de aquel año, Carlitos evidenciaba una notable mejoría. Había alcanzado a la mayor parte de los compañeros y hasta estaba más adelantado que algunos.

El tiempo transcurrió y por años la maestra no supo nada de Carlitos. Un día recibió una nota que decía: “Querida Señorita Ana: Quería que fuera la primera en saberlo, me recibí con el primer promedio. La Universidad no ha sido fácil, pero me ha gustado. Cariños. Carlos Gutiérrez”.

Cuatro años después: “Querida Señorita Ana: A partir de hoy soy Carlos Joaquín Gutiérrez, médico cirujano. Quería que fuera la primera en saberlo. Me caso el mes que viene. Me gustaría que viniera y se sentara donde se sentaría mi madre si estuviera viva. Usted es la única familia que me queda. Papá murió el año pasado. Cariños. Carlos”.

La Señorita Ana fue a esa boda y ocupó el lugar de la madre. Merecía sentarse allí; había hecho algo por Carlitos que él nunca pudo olvidar.

PARA PENSAR Y PRACTICAR

Dar amor es recibir amor. No se puede enfatizar un tema más grande; no se puede proclamar un mensaje más fuerte; no se puede cantar una canción más bella; no se puede imaginar una verdad mejor que el amor.

Si tuviera que hacer el mejor regalo, ¿qué daría? La invitación consiste en dar no sólo algo por obligación, sino arriesgarse a dar algo que perdure. Eso fue lo que hizo la Señorita Ana: entregó de su tiempo, de su esfuerzo, de su vida. Todos podemos hacer lo mismo, especialmente hacia los nuestros. Tome ahora de su tiempo para una caricia, para un cumplido, para un gesto de amor.

Todo acto que con amor realizamos, regresa a nosotros multiplicado. Cuando hacemos esto imitamos a Dios, quien se dio a sí mismo, no para que nosotros tengamos una religión, sino descanso; no doctrina, sino amor.

Lectura bíblica: “Sabemos cuánto nos ama Dios porque hemos sentido ese amor y porque le creemos cuando nos dice que nos ama profundamente. Dios es amor y el que vive en amor vive en Dios y Dios en él” (1º Juan 4:16).

Extracto del libro “Familias Con Futuro”

Por José Luis y Silvia Cinalli

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