Padres e Hijos – Los Grandes Cuadros de las Enfermedades Infantiles 3

 

Continuemos.

A. Definición de Inteligencia.

A principios de siglo se la consideraba como el mayor don   que una persona humana pudiera poseer, así que quien fuese inteligente, se hallaba capacitado para resolver cualquier pro­blema o dificultad en la vida, por lo tanto, talento e inteligen­cia eran sinónimos.

Actualmente no se la considera como una cualidad. Se con­sidera que es posible ser inteligente para ciertas tareas y serlo muy poco para otras. Es un concepto relativo, un concepto de valor que aplicamos a posteriori de una acción, el cual depende de muchos factores. No se debe caer en el error de considerar que todo individuo inteligente ha de ser un triun­fador en la vida, ni tampoco pensar que todo triunfador lo es por ser inteligente.

La inteligencia se define como la calidad o grado de eficiencia mental destinado a la solución de difi­cultades adaptativas o al descubrimiento de nuevas posibili­dades basado en las experiencias previas.

 

B. La Discapacidad.

El tema de la discapacidad es arduo y a veces escabroso. Con mucha facilidad se etiqueta a niños, adolescentes y adul­tos negándoles de esa manera la capacidad de desarrollarse plenamente dentro de la sociedad. Por otro lado, la discapacidad genera en los padres sentimientos de rechazo hacia su hijo, culpabilidad por haberlo engendrado así, tristeza ante el futuro de una vida no plena, reticencia a mostrarlo por vergüenza de sí mismo y del niño, resentimiento, ansiedad, enojo con Dios.

 

C. Hacia el Futuro Quedan dos Alternativas: la Desesperación o Dios.

En un marco teórico se puede decir que un discapacitado es aquel que por razones físicas (sensoriales, visuales, auditivas) intelectuales, psíquicas y otras, no puede participar plena­mente en las actividades que plantea la sociedad. Esto se debe principalmente a que el concepto de persona define a quien es capaz de adaptarse a las normas que la sociedad le impone. Aquel que no entra en la norma, es considerado un desadaptado o un sobreadaptado.

Dentro de la discapacidad existen diversidades de patologías. Los discapacitados mentales se clasifican en leves, moderados y profundos.

Entre los discapacitados físicos debemos distin­guir: discapacidad motora, sordos y ciegos.

Se señala, además, a los discapacitados sociales, que son aquellos indi­viduos que no han podido relacionarse con el medio en forma satisfactoria.

El hecho de no querer hablar acerca de un tema esclaviza; el miedo a enfrentar la realidad que implica la discapacidad infantil, la vergüenza y la ignorancia, no puede ser nunca la base de la relación amorosa y significativa requerida por el niño discapacitado.

El lugar que ocupan los padres, educadores y consejeros espirituales en la vida de un niño especial, el papel que les toca desempeñar y cómo lo hagan, va a determinar el poste­rior desarrollo social, emocional y afectivo del niño.

La iglesia no actúa de una manera diferente a la sociedad, a pesar de que un niño con “Síndrome de Down”, por ejem­plo, tiene capacidad para desarrollar tareas tales como: portero, ujier, levantar la ofrenda, ayudante de sonidista e ilu­minador.

Sin lugar a dudas los padres deben ser los primeros edu­cadores, y el hogar constituir un espacio seguro para ellos. Se observan distintas actitudes en los padres de niños discapacitados: hay padres que niegan lo evidente, otros son realistas, pero a la vez pesimistas. Y están también aquellos padres que aceptan la realidad y preparan todo lo necesario para que su hijo alcance el máximo desarrollo posible.

Todas estas actitudes revelan que el principal problema no radica en los sentimientos, sino en lo que se hace con ellos. Es a los padres de este último grupo a quienes se puede lla­mar: “Bienaventurados”.

Bienaventurados los que comprenden mi extraño paso al ca­minar y mis manos torpes.

Bienaventurados los que saben que mis oídos tienen que esforzarse para comprender lo que oyen.

Bienaventurados los que comprenden que aunque mis ojos brillen, mi mente es lenta.

Bienaventurados los que miran y no ven, la comida que a veces cae fuera del plato.

Bienaventurados los que con una sonrisa en los labios me estimulan a tratar una vez más.    

Bienaventurados los que comprenden que me es difícil con­vertir en palabras mis pensamientos.

Bienaventurados los que me escuchan pues yo también tengo algo que decir.

Bienaventurados los que me ayudan a peregrinar hacia la casa del Padre Celestial.

Extracto del libro “Dejadlos Venir a Mí”

Por Daniel Bravo

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