quienes-son-llamados-para-la-guerraGuerra Espiritual – ¿Quiénes Son Llamados Para la Guerra? 4

 

Continuemos.

La respuesta es que aún una gran parte de la luz está velada por causa de estructuras reales y sustanciales que el diablo ha edificado a través de los hombres. Estos velos de oscuridad producen el efecto de un foco que ha sido cubierto por un caparazón sólido alrededor de él. La luz existe, es real, mora en los creyentes, pero está velada por las fortalezas del mal.

Una cosa va a ser, entonces, la presencia de la luz en la vida de los que han sido hechos hijos de Dios, y otra cosa su manifestación visible a través de la vida del creyente. Hay una importante diferencia entre la presencia de las virtudes divinas y su plena manifestación en nosotros. Una persona recién conver­tida tiene, por la fe, la presencia de todos los atributos y el poder de Dios. Sin embargo, no son manifiestos en forma inmediata. Es a través del rompimiento del ser interior y de entender los principios que producen la manifestación de la luz y del reino de Dios, que esto va a ser visible a los ojos de los demás.

La luz se produce en la cruz. Es en la muerte de Jesús que es liberado el poder de Dios para vencer al diablo. Ésta es la única arma con la cual Satanás sabe que no puede luchar en contra ella. El reino de las tinieblas sabe perfectamente quiénes están clavados en la cruz y quiénes nada más hablan de la cruz.

La luz tiene como función exponer todas las cosas y hacerlas visibles a los ojos de todos. En la cruz, Jesús trajo a la luz el pecado de todos nosotros. Él no sólo murió por todos los hombres, sino que lo hizo públicamente. Él fue contado entre los pecadores, y Su desnudez en el Calvario representa la forma en que expuso las transgresiones del ser humano. Por eso, el que viene a la luz, lo hace como Jesús lo hizo, exponiéndose a sí mismo a través de la confesión de sus pecados.

Hay pecados de ignorancia o de actitud que podemos confesar al Padre en los cielos, pero el pecado meditado y cometido tiene que ser confesado. La Biblia dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5.16).

La confesión del pecado es algo que prácticamente nadie hace en la Iglesia de hoy. Sin embargo, es bíblico y nos conduce a profundos niveles de luz. La misma palabra confesar quiere decir expresar pública­mente. Esta es la misma palabra que usamos cuando le decimos a alguien: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10.10).

Sabemos que esto no significa meterse al cuarto y decirle a Dios en lo secreto que Él es tu Salvador. Veamos lo que dice la Escritura en 1 Juan 1.5-7.

Fíjese cómo la consecuencia de andar en la luz es que tenemos comunión unos con otros. Lo increíble es que la Iglesia que dice que está en luz, curiosa­mente, lo que menos tiene es comunión los unos con los otros. La razón es que no confesar el pecado y traerlo a la luz, nos hace caminar “en encubierto”, esto es, en tinieblas. Es precisamente en esta condición que perdemos todo el poder para pelear contra el diablo. Andar en encubierto (sin confesar el pecado) es el territorio del enemigo, y es ahí donde él tiene toda la autoridad para atacarnos.

La exposición del pecado es luz. Es una manifestación de gran humildad. Es penetrar la cruz en desnudez, como lo hizo Jesús. La verdad es que cuando los demás conocen tus pecados, el diablo ya no tiene armas para pelear contra ti. Confesar el pecado es doloroso cuando se hace con un corazón contrito, pero es tremendamente liberador. Te conduce a un genuino arrepentimiento para nunca más volver a cometer esa transgresión.

Una de las funciones del Espíritu Santo es remitir el pecado que ha sido confesado, y ésta es otra de las cosas que la Iglesia ha dejado de hacer. Esto es impor­tantísimo en guerra espiritual, ya que no podemos adentrarnos en las regiones tenebrosas del enemigo sin que nuestro pecado haya sido remitido (Juan 20:23).

Éste es, quizás, el mayor problema que ha causado daños en el campamento de Dios al incurrir en batalla. Salir a pelear sin la remisión de nuestros pecados, nos convierte en blancos seguros para el enemigo. Es lo mismo que ir en una misión nocturna con un faro alumbrándote y un micrófono alardeando el lugar de tu posición.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Guerra de Alto Nivel”

Por Ana Mendez Ferrel

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