Devocionales Cristianos – La Oración, Un Privilegio Sagrado 2

 

Continuemos.

La oración, así como la enseñó el Señor Jesús, penetra en todos los ámbitos de la vida. El Señor Jesucristo consagró el altar de la oración, para que todo su pueblo le pueda adorar, y lo puso aparte de la esfera del mundo y de un mero hábito, para ensalzar el espíritu de la oración que actúa en favor de todos los hombres.

El espacio ocupado por la oración en el Sermón del Monte demuestra cuánta importancia daba Cristo a este santo ejercicio: el sermón contiene 111 once versículos, de los cuales 18 tratan directamente de la oración, y muchos otros en forma indirecta.

Sin embargo, la Escritura nos dice que antes de acercarnos al Señor en oración, los cristianos debemos, de ser posible, estar en paz con todos los hombres, y mayormente con los hermanos, ya que la reconciliación con los hombres es precursora de la reconciliación con Dios (Mt.5:23-24).

La oración es, por consiguiente, uno de los principios cardinales de la piedad en cada dispensación y para cada hijo de Dios. Y el propósito del Señor es reforzar, recuperar y espiritualizar aquellos deberes que son cardinales e indispensables dentro de la conducta y actitud de cada uno de sus hijos.

De ahí que la falta de oración signifique rebelión, discordia y anarquía. Porque la oración, dentro del gobierno moral, es tan fuerte como la ley de la gravedad en el mundo material, y tan necesaria como ésta para sostener las cosas en su propia esfera de vida.

Las enseñanzas bíblicas en cuanto a la oración nos alientan a aumentar nuestra fe y a asegurarnos de los favores de Dios. Más aún, todo el Canon de la enseñanza bíblica ilustra la gran Verdad de que  Dios oye y contesta la oración. En efecto, uno de los grandes propósitos de Dios en su Santo Libro es imprimir en nuestras mentes, en forma indeleble, la gran importancia, valor y absoluta necesidad de acudir a Él por aquellas cosas que necesitamos en tiempo y eternidad. Entonces. Él nos muestra a su propio Hijo, quien desea nuestro máximo bien, y que nos enseña que Dios es nuestro Padre, completamente capaz de hacer todo por nosotros y darnos lo que necesitamos mucho más generosamente que nuestros padres terrenales.

Debemos, por lo tanto, dedicarnos a la oración; no hacerlo sería abrirle la puerta a Satanás, quien ha sido tan perjudicado a causa de la oración, que está dispuesto a tender toda clase de trampas y estorbos para impedirla.

Sólo siendo cuidadosos y diligentes hasta en los más pequeños detalles podremos protegernos sabiamente contra el Maligno.

El Señor dice que los hombres deben orar siempre. Ésta es la condición eterna que hace avanzar su causa. Su fortaleza, belleza y poder está basada en las oraciones de sus hijos, de las cuales surgirán las bendiciones para el Cuerpo de Cristo, aquí en la Tierra, y para todo el mundo.

Finalmente, más que un deber o una obligación imperativa para todo creyente, la oración es un privilegio sagrado. En otras palabras, no orar constituye perder el goce de tan alto privilegio.

La oración ennoblece el carácter del hombre y hace que su razón resplandezca, otorgándole abundante sabiduría; es la misma escuela de la sabiduría y de la piedad.

Su inspiración y melodía provienen del Cielo, pues pertenece al Espíritu, Quien hace surgir en nosotros propósitos santos y elevados.

El ministerio de la oración ha sido, además, la distinción peculiar de todos los santos de Dios. De hecho, éste ha sido el secreto de su poder, la energía y el alma de su obra: el aposento de oración.

No tendría que haber arreglos especiales en la vida o en el espíritu para la hora quieta. El espíritu de la hora de oración debería ser la regla y regir en toda ocasión y momento. Nuestras actividades y trabajo debería ser ejecutadas en el mismo espíritu que origina nuestra devoción y que hace nuestra hora quieta sagrada. Esto va más allá de “perseverar”.

La oración ha de ser incesante, sin interrupción, asidua, sin cese en el deseo o la acción, con la vida siempre en actitud devocional incluso cuando las rodillas no estén siempre dobladas o los labios no puedan estar repitiendo palabras en voz alta, pues el espíritu está siempre dispuesto.

Todos estos beneficios, que nos llegan por el Espíritu Santo, se originan y resultan de la oración. No cuando ésta es un proceso esmirriado o la mera ejecución de un deber, sino cuando se convierte en un privilegio ardiente como un incendio y tiene un deseo insaciable, un sentido de necesidad que no puede ser detenido, una decisión que no suelta y que no desmaya hasta que alcanza el sumo bien y la bendición permanente que Dios tiene preparada para nosotros.

Extracto del libro “Grandes Autores de la Fe.

Lo Mejor de Edward M. Bounds”

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