Devocionales Cristianos – El Poder de Una Oración Tímida 1

 

Pasaje clave: Marcos 9.14–29.

 

A la mayoría nos vendría bien un ajuste en nuestras vidas de oración. A algunas de ellas les falta estabilidad. Se encuentran en un desierto o en un oasis. Períodos largos, áridos y secos interrumpidos por breves zambullidas en las aguas de comunión. Pasamos días o semanas sin oración estable, pero luego sucede algo, escuchamos un sermón, leemos un libro, experimentamos una tragedia, algo nos conduce a la oración, de manera que nos zambullimos. Nos sumergimos en la oración y salimos refrescados y renovados. Pero al retomar la travesía, nuestras oraciones quedan atrás.

Hay otros que estamos necesitados de sinceridad. Nuestras oraciones son un tanto huecas, memorizadas y rígidas. Más liturgia que vida. Y a pesar de ser diarias, son aburridas. Existen otros más que carecen de honestidad. Sinceramente nos preguntamos si la oración es relevante. ¿Por qué razón querría hablar conmigo el Dios de los cielos? Si Él lo sabe todo, ¿quién soy yo para decirle cosa alguna? Si Él todo lo controla, ¿quién soy yo para hacer cosa alguna?

Si está lidiando con la oración, tengo justo al hombre para usted. No se preocupe no se trata de un santo monástico. Ni de un apóstol de rodillas callosas. Tampoco se trata de un profeta cuyo segundo nombre es Meditación. O de una persona tan santa que nos recuerde hasta qué punto debemos profundizar en la oración. Es justamente todo lo opuesto.

Es un compañero en la fumigación de cultivos. Un padre de un hijo enfermo que tiene necesidad de un milagro. La oración del padre no es gran cosa pero la respuesta y el resultado nos recuerdan: el poder no está en la oración; está en el que la oye.

Oró en su desesperación. Su hijo, su único hijo, estaba poseído por un demonio. No sólo era sordo, mudo y epiléptico, sino que también estaba poseído por un espíritu maligno. Desde la infancia del muchacho, el demonio lo había lanzado en el fuego y en el agua.

Imagine el dolor del padre. Otros padres podían observar cómo sus hijos crecían y maduraban; él sólo podía observar cómo el suyo sufría. Mientras otros enseñaban a sus hijos un oficio, él sólo intentaba mantenerlo con vida.

¡Qué desafío! No podía dejar solo a su hijo siquiera por un minuto. ¿Quién sabía cuándo sobrevendría el siguiente ataque? El padre debía permanecer de guardia, atento las veinticuatro horas del día. Estaba desesperado y cansado y su oración refleja ambas cosas.

«Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos» (vs.22). Escuche esa oración. ¿Le suena valiente? ¿Confiada? ¿Fuerte? No lo creo.

Un solo cambio de palabras habría marcado una gran diferencia. ¿Qué tal si en lugar de usar la palabra si hubiese dicho ya que? «Ya que puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos».

Pero eso no fue lo que dijo. Dijo sí. El griego es aún más enfático. El modo utilizado implica duda. Es como si el hombre estuviese diciendo: «Esto tal vez esté fuera de tu ámbito, pero si tú puedes…»

Más humilde que imponente. Más tímido que elevado. Más semejante a un cordero cojo acercándose a un pastor que a un león rugiendo en la selva.Si esa oración suena semejante a la suya, no se desanime, pues allí es donde comienza la oración. Comienza siendo un anhelo. Una súplica sincera. Nada de apariencias falsas. Nada de jactancias. Nada de posiciones asumidas. Sólo oración. Oración endeble, pero oración al fin.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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