La Oración – El Toque de Grandeza 3

 

Continuemos.

Cuando David llegó a la base del tobogán gigante, se volvió y llamó: —¡Papito! —pero me hice como que mira­ba de nuevo a lo lejos y simulé no haberlo escuchado.

Miró hacia arriba, fija y detenidamente a la escalera. Como niño al fin, creyó que alcanzaría las nubes. Observó a un jovencito mayor que se arrojaba con enorme rapidez. Luego, contra todas las probabilidades, decidió intentarlo. Escalón por escalón, mano sobre mano, empezó a subir la escalera. No había hecho ni una tercera parte del camino cuando se paralizó. En este momento un adolescente venía detrás de él y le gritaba que siguiera. Pero David no podía. No era capaz de subir ni de bajar. Había llegado al punto de un fracaso seguro. Me apresuré a ir hacia él. —¿Estás bien, hijo? —le pregunté desde la parte baja de la escalera.

Yo estaba en el comienzo del tobogán y me miró des­de arriba, sacudido y con temblor, pero se agarró a esa es­calera con energía férrea. Y pude saber que tenía una pregunta lista.

Me dijo: —Papi, ¿vendrás conmigo para deslizamos juntos? —el muchacho que estaba detrás perdía la pacien­cia, pero yo no iba a dejar que ese momento se fuera.

—¿Hijo, por qué? —le pregunté mientras miraba con atención su pequeño rostro.

—No lo puedo hacer sin ti, papi —me respondió, asustado y tembloroso—. ¡Es demasiado grande para mí!

Me estiré tan alto como pude para alcanzarlo y lo le­vanté en brazos. Luego, juntos, trepamos esa larga escale­ra, casi hasta las nubes. En lo alto, puse a mi hijo entre las piernas y lo estreché contra mi pecho. Y luego nos desliza­mos abajo, riéndonos en todo el camino.

 

Su Mano, Su Espíritu.

Así es la mano de nuestro Padre celestial. Usted le dice: “¡Padre, por favor, haz esto en mí porque no puedo hacer­lo solo! ¡Es demasiado grande para mis fuerzas!”. Y luego da un paso en fe para hacer y decir cosas que solo podrían venir de la mano del Señor. Después, en su espíritu hay un clamor: “¡Solo Dios hizo eso, nadie más! ¡Dios me llevó, me dio las palabras, me dio el poder, y es maravilloso!” ¡Nunca podría recomendar un modo de vida más alto y sublime en esta sorprendente dimensión sobrenatural!

El poder de Dios bajo nosotros, sobre nosotros, en noso­tros y que surge a través de nosotros es exactamente lo que convierte la dependencia en inolvidables conocimientos y hábitos de plenitud. Como escribió el apóstol Pablo: “no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficien­cia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como mi­nistros de un nuevo pacto” (2 Corintios 3:5-6a).

Tan trágico como pueda parecer, la mano del Señor rara vez la experimentan muchos cristianos maduros que no la echan de menos y, por tanto, no la piden. Escasamen­te saben que existe. Creen que es algo reservado para los profetas y los apóstoles, pero no para ellos. Conforme us­ted esperaría, cuando esos creyentes alcanzan el plano del fracaso seguro, tienden a llegar a la conclusión errada si­guiente: He ido demasiado lejos. Llegué al lugar equivo­cado. Y puesto que ya empleé y agoté todos los recursos que iba a tener, ¡necesito retirarme rápido!

Por el contrario, Jabes estaba tan seguro que la mano de Dios sobre él era indispensable para bendecirlo, que no podía imaginarse una vida de honor sin ella. Miremos un poco más detalladamente el significado de su oración.

La “mano del Señor” es un término bíblico que expre­sa el poder y la presencia de Dios en las vidas de quienes conforman su pueblo (Josué 4:24; Isaías 59:1). En el Libro de los Hechos, los sucesos extraordinarios de la Iglesia Primitiva se atribuyeron a una cosa: “Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número que creyó se convirtió al Señor” (Hechos 11:21). Una descripción más es­pecífica en el Nuevo Testamento para la mano del Señor es la “llenura del Espíritu Santo”. El crecimiento y desa­rrollo de la iglesia da un testimonio poderoso, tanto sobre la necesidad como sobre la disponibilidad de la mano de Dios para realizar las obras y la voluntad divinas.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Oración de Jabes”

Por Bruce Wilkinson

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