La Oración – Guarde el Legado con Seguridad 3

 

Continuemos.

Abandonemos las Armas.

La arena de la tentación es por lo general territorio enemi­go. Con esto no quiero decir que ser tentado es lo mismo que pecar, porque ese no es sino otro de los engaños de Sa­tanás. Lo que quiero decir es que por lo general se nos pide que enfrentemos lo malo en los planos de nuestra expe­riencia subjetiva. Este no es un terreno neutro, pues somos criaturas caídas, con entendimiento limitado, como bien lo sabe Satanás. Aquí, hasta nuestras mejores armas (desde el punto de vista humano) se pueden convertir en nuestra ruina.

Tomemos nuestra sabiduría. Esto resulta, en ocasio­nes, mejor porque la naturaleza del mal es engañarnos con una parte muy pequeña de la verdad; no toda, recordemos, pero lo suficiente para engañarnos. Adán y Eva no estaban más dispuestos a sucumbir ante la tentación que nosotros. En efecto, contrario a nuestro caso, eran perfectos en todo, y ninguna de sus necesidades verdaderas quedó sin ser satisfecha. El diablo se aproximó a la especie humana en lo más alto de sus promesas y de su funcionamiento; y nos aplastó con una simple conversación aparentemente amistosa.

Por este motivo, como Jabes, deberíamos orar para que recibamos de Dios toda defensa contra el engaño: “Señor, impídeme cometer los errores que estoy más dispuesto a hacer cuando viene la tentación. Confieso que lo que creo que es necesario o bue­no para mi beneficio, con frecuencia solamente es la envoltura hermosa que tiene el pecado. Enton­ces, por favor, ¡te ruego que mantengas al mal le­jos de mi!”.

Tomemos nuestra experiencia. Cuanto más nos mova­mos en el territorio nuevo para Cristo, nuestros blancos es­tarán menos protegidos de los ataques de Satanás. Alguien dijo: “El mayor peligro no es estar al borde del precipicio, sino el no estar alerta”. Una condescendencia mínima con el orgullo o con la confianza en sí mismo puede atraer el desastre. El pesar más profundo que he visto entre compa­ñeros creyentes, se halla en quienes han experimentado bendiciones extraordinarias, territorios y poder… solo para deslizarse después en pecados serios.

Como Jabes, entonces, deberíamos clamar que la mi­sericordia de Dios nos aparte de juicios peligrosos y mal dirigidos: “Señor, mantenme libre del dolor y el sufrimiento que vienen con el pecado. Porque los peligros que no puedo percibir, o a los que creo que me puedo arriesgar debido a mi experiencia (soberbia y descuido), levantan una barrera sobrenatural. ¡Protégeme, Padre, por tu poder!”.

Tomemos nuestros sentimientos. ¿Entendemos real­mente cuán lejos está nuestro sueño ideal del que Dios tie­ne para nosotros? Estamos atrapados en una cultura que adora la libertad, la independencia, los derechos persona­les y la búsqueda del placer. Respetamos a quienes se sa­crifican para obtener lo que quieren. Pero, ¿ser un sacrificio viviente? ¿Crucificar el yo?

Como Jabes, deberíamos rogar que Dios nos defienda del empuje poderoso de lo que nos parece correcto pero que en verdad no lo es: “Señor, te ruego que me libres de la tentación que ejerce presión sobre mis emociones y mis necesi­dades físicas, que se dirige hacia mi sentimiento de lo que merezco, de lo que tengo el “derecho ” a experimentar y a disfrutar. Porque solo tú eres la fuente verdadera y única de todo lo que en reali­dad es vida. Dirige, pues, mis pasos para apartar­me de todo lo que no viene de ti”.

Estas son peticiones de liberación que nuestro Padre celestial ama oír, y anhela contestar.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “La Oración de Jabes”

Por Bruce Wilkinson

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