«CONFORTARA MI ALMA». Salmos 23.3

CUARTO HÁBITO: CONSOLAR

Existen ocasiones en que las palabras no alcanzan para enfrentar un momento difícil, y el único remedio funcional es un abrazo silencioso. No necesitamos que nos den consejos ni opiniones. No es necesario que profieran pésames o declaraciones emocionales. Solo necesitamos que alguien querido venga y ponga sus brazos alrededor de nuestros hombros, se quede en silencio y permita que el abrazo lo diga todo. En esa acción hay una paz y un descanso que ninguna otra cosa puede o podría traer. Ese es el poder de la consolación, otra de las tareas del buen pastor.

A muchos pastores se nos olvida que uno de los ministerios más importantes del Espíritu Santo es el de Consolador (Juan 14.26). Cuando ejercemos el consuelo estamos actuando en nombre de Él. Estamos permitiendo, literalmente, que nuestros brazos sean los del Consolador. Que nuestras palabras sean las de Él. Que nuestras manos y nuestras acciones sirvan de representantes del Santo Espíritu de Dios. Qué distinción tan alta nos confiere el Señor al permitirnos ser Sus manos, Sus palabras y Sus brazos para el necesitado, el desamparado y desesperado. No perdamos de vista que la gente está «rota», con muchísimos problemas, necesitada de una palabra de aliento o simplemente de una persona que venga y se pare a su lado mientras pasa el momento amargo.

Creo en el poder del Espíritu Santo. Creo en la unción del Espíritu Santo. Creo en toda la expresión de los dones y las manifestaciones del Espíritu Santo. Creo, no solamente porque es parte de mi formación teológica y porque encuentro congruencia en la Biblia para sostener que esos dones y esas manifestaciones son para nuestra vida diaria, sino porque los he visto y experimentado de primera mano.

EXISTE UN DESEQUILIBRIO CUANDO SOLO BUSCAMOS EL PODER Y LAS MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU SANTO.

El poder de la acción del Espíritu Santo y las manifestaciones milagrosas han sido constantes en mi vida ministerial desde hace más de treinta y dos años. Sin embargo, también creo que existe un desequilibrio cuando solo buscamos el poder y las manifestaciones del Espíritu Santo, olvidando o menospreciando los demás aspectos y las verdaderas prioridades del Espíritu Santo de Dios. Él es Maestro que nos recuerda, es Guía que nos dirige, es Compañero y Presencia que nos acompaña, es Consolador que nos abraza, entre muchas otras cosas. Sin embargo, en nombre de buscar del Espíritu Santo veo a muchos líderes tan entusiasmados con la idea de ser «poderosos», buscando los dones «espectaculares» de sanidades y milagros, innegables y necesarios, que se olvidan de la vitalidad de comprender que cuando se da un abrazo consolador en nombre del Señor, esa simple acción es tan poderosa como el milagro de un paralítico levantándose de su silla de ruedas y corriendo.

El abrazo consolador puede ser tan milagroso en el corazón del triste, como cualquier otro milagro. Hace falta que entendamos que un don no es más especial que otro por su efecto visible. Son todos necesarios y son todos deseables. Por eso el apóstol Pablo escribe: «Procurad, pues, los dones mejores» (1 Corintios 12.31). ¿Cuál es el mejor don? El que es necesario para el momento. El mejor don es aquel que suple la necesidad del momento. Cuando se necesita sanidad, no hace falta la interpretación de lenguas. Cuando se necesita profecía, no hace falta la sanidad física. Cuando hace falta echar fuera un demonio, no ocupamos otro don. En fin, los mejores dones son aquellos que mejor suplen la necesidad de cada circunstancia con precisión. No hay uno más grande que el otro o más importante que el otro. El dar un abrazo consolador en el nombre del Señor puede ser tan importante que cualquier otro ministerio o don del Espíritu Santo, cuando es momento de utilizar ese don específico y no solo para el necesitado, sino desde la mismísima perspectiva de Dios.

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