Después de unos años de casadas, muchas parejas tienen una relación más de hermanos que de esposos. La rutina y el conocimiento mutuo son tales que, en lugar de sentirse atraídos como marido y mujer, son como hermanos. Muchas parejas, lamentablemente, ya no se disfrutan; sólo se soportan el uno al otro, ya sea porque no tienen lugar adonde ir o porque se han resignado a vivir sin pasión. Sin darse cuenta, a causa de esta monotonía en la que se han sumergido, se sentirán uno solo (a pesar de ser dos) y sentirán soledad.

Te encontraste alguna vez diciendo: «Y bueno, ¿qué vamos a hacer? Ya nos conocemos y, como dice el refrán, más vale malo conocido que bueno por conocer». Y te acostumbras a vivir así, pensando que la pareja no es para disfrutar sino para soportar, y que no importa si te sientes mal o sola; por lo menos estás casada. Pero una mujer con destino, con sueños y propósito no tiene que aguantar, sino disfrutar. Todas las parejas pasamos o pasaremos por tres tipos de experiencia:

1. El descubrimiento.

2. La conquista.

3. La colonización.

En la primera etapa todo es lindo, espectacular, asombroso. Todo lo que dice él te gusta y te parece interesante. Para él también en esta etapa tú eres bárbara, genial, la mejor mujer del mundo. Eres maravillosa, tienes un cabello sedoso, unas piernas increíbles…

En la segunda etapa quieres compartir todo con la otra persona, desde tu tiempo hasta tu cepillo de dientes. Ésta es una etapa en la que nos obsesionamos por conquistarlo y esos juegos de atracción que ponemos en marcha nos mantienen motivados y expectantes. En esos momentos solemos decir: «No sabes la cantidad de mujeres que tenía ese hombre, pero me lo gané yo». Es la etapa en la que sabes que tienes que ganar «el gran trofeo» o «el mejor botín» y apuestas lo mejor que tienes para lograrlo.

Hasta que llegamos a la colonización, etapa en la que la pareja comienza a echar raíces. Es cuando él te pregunta: «Bueno, mi amor, ¿qué proyectamos juntos?, ¿qué haremos?, ¿hacia dónde vamos en la vida?, ¿compraremos una casa?, ¿tendremos hijos?» Es la etapa de establecimiento.

El problema es que creemos que estas tres etapas se dan una detrás de la otra. Por eso, en un momento determinado, las dos primeras dejan de activarse. Pensamos que una vez casados, y aún más cuando ya nuestros hijos nacieron, llega la eterna colonización: seguimos echando raíces pero perdemos toda la pasión y el encanto de aquellas épocas de conquista y de descubrimiento. Sin embargo, estas tres etapas deberían ir por y para siempre juntas.

Anímate a responder esta pregunta: ¿Crees que eres realmente la misma mujer que eras al casarte?

Seguramente tu respuesta sea «NO». Y así es: ninguna de nosotras es la misma. Hemos vivido, aprendido y crecido y, ¿sabes una cosa?, ¡él tampoco es el mismo! Antes se le veían los abdominales bien marcados, y ahora ya no se los encuentras; antes tenía refinados modales que hoy ya no pone en práctica.

Ambos piensan que ya se conocen desde la cabeza hasta la punta de los pies, y así es como dejan de sorprenderse. Él ya conoce tus quejas, tus dolores de cabeza, los días en los que estás emocionalmente decaída, y tú ya sabes cuando él llegó mal del trabajo porque discutió con su jefe, cuándo se enoja porque no le gustó la comida, etcétera. La vida matrimonial se hace rutinaria, aburrida, sin seducción; por eso es que debemos ponerle algo nuevo. Necesitamos sorprendernos: ropa interior nueva, un camisón nuevo… siempre hay algo nuevo por aprender y descubrir del otro.

Démonos la oportunidad de seguir conociéndonos. La rutina en la que la pareja se sumerge muchas veces nos hace perder de vista todo lo bueno que en un momento sentimos, y el amor que aún hay entre ambos. Pareciera que los problemas de todos los días se ocuparon de ocultar y negar este amor. Y así es como cada uno de los miembros de la pareja piensa erróneamente sobre lo que el otro está sintiendo. Tal vez pienses que ya no le gustas más, que descubrió esa celulitis nueva que apareció en las piernas y que por eso él mirará a otra mujer más joven y más delgada que tú. Y esos pensamientos te llenan de angustia y a la vez hacen que te alejes más de él y que te sientas sola.

Él podrá pensar que tampoco te interesa más, y que lo único que te movilizan son los chicos y así, sin darse cuenta, comienza una distancia que a ambos los hace sentir solos. Pareciera que con el paso del tiempo las parejas levantan murallas inquebrantables. Sin embargo, esta forma de pensar no es la mejor, no los beneficiará a ninguno de los dos.

Extracto del libro Estoy Casada Pero Me Siento Sola

Por Alejandra Stamateas

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