Las palabras son corno las semillas. Comienzan pequeñas y crecen hasta convertirse en algo grande. Si una persona siembra semillas de ira, indiferencia, crítica, impaciencia o falta de sensibilidad en el matrimonio, el fruto de tales palabras será la falta de intimidad y calor humano, falta de armonía y unidad y el enmudecimiento de la alegría y el gozo. Estas semillas pueden crecer hasta convertirse en algo tan grande como para sofocar todo lo que esté a su alrededor.

Uno de los problemas mayores en el matrimonio es la falta de comunicación. Las esposas dicen: «Realmente mi esposo no escu­cha lo que digo. El no escucha». Los esposos dicen: «Mi esposa no me comprende. Ella mal interpreta la cosas que digo».

Esto sucede así porque las mujeres y los hombres piensan en forma muy diferente. Es una de las maneras de completarnos mu­tuamente. Si un hombre y una mujer ven las cosas desde diferentes perspectivas, entonces es razonable que le pidan a Dios que los ayude a ambos a ver las cosas desde Su perspectiva. De esta mane­ra pueden apreciarla juntos, desde un mismo punto de vista.

En el huerto de la relación matrimonial siempre habrá una temporada de cosecha. «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7). Si no nos gusta el fruto que estamos cosechando, entonces es muy probable que sea tiempo de sembrar otro tipo de semilla. Las semillas se siembran por medio de las ac­ciones, pero la mayoría de las veces con palabras, y cuando un es­poso y una esposa no pueden comunicarse eficientemente por me­dio de sus palabras, cosas muy malas comienzan a crecer.

Si las semillas/palabras inapropiadas ya se sembraron en tu matrimonio, y las malas hierbas se apresuran a estrangularlas de­jando sin vida tu relación matrimonial, debes saber que Dios te dio la herramienta de la oración para desarraigarlas. Llega al fondo de todo aquello que veas creciendo fuera de control, tal como la amargura, el enojo o la falta de perdón, y ora para que las mismas se desentierren y desechen.

El matrimonio se puede parecer al cielo o podría parecerse al infierno. Para la mayoría de las personas está en algún sitio en el medio de ambos. Y esto es así porque no es nada fácil llegar a ser uno con otra persona, aunque esa persona sea la que Dios creó es­pecialmente para ti. Se requiere de mucho crecimiento. Pero no tiene nada que ver con el hecho de que nuestro cónyuge crezca a nuestra imagen, sino más bien conque ambos, el esposo y la esposa, crezcan juntos a la imagen de Dios.

Dios puede hacer que un esposo y una esposa crezcan juntos de forma tal que los dos sean más compatibles mientras permite que ambos desarrollen sus talentos individuales y retengan su ca­rácter único. El matrimonio no necesita ser sofocante, forzando a las dos personas a perder todo su individualismo. Por el contrario, puede brindar el ambiente perfecto para que los dones de cada persona se desarrollen a plenitud. Cuando en una relación matri­monial ambas personas se relacionan entre sí, tal y como Dios lo desea, se produce como resultado una plena satisfacción del propósito individual, que de otra manera no sucedería. A través de la oración, cada uno puede liberar al otro, en vez de controlar; estimular, en vez de condenar.

Dios no va a bendecir nuestra desobediencia. Él no aprueba que en el huerto de una relación matrimonial se le dé rienda suel­ta al egoísmo, el engaño, la disensión, la falta de atención y la crueldad. Cuando tratamos a nuestro cónyuge de una manera que está por debajo de lo que Dios desea para nosotros, no solo nos es­tamos rebelando en contra del Señor, sino que también estamos obrando en contra de lo que Dios desea se cumpla en nosotros como individuos y como pareja.

Ruégale a Dios que te ayude a ti y a tu esposa a apreciar sus di­ferencias. Pídele que te muestre en qué áreas se complementan mutuamente. ¿Es uno de ustedes fuerte donde el otro es débil? Lo que en verdad diseñó Dios como nuestra mayor bendición, con frecuencia puede convertirse en un motivo de irritación porque no le pedimos a Dios que nos permita verlo desde su perspectiva. ¿Dice o hace tu esposa algo que te molesta? Díselo a Dios en ora­ción. Él te enseñará cómo debes orar.

El divorcio no ocurre porque las personas no deseen que sus matrimonios se arreglen. Casi siempre es porque el esposo o la es­posa cree que las cosas nunca van a cambiar. Pídele a Dios que cambie lo que en ti o en ella es necesario cambiar. Aunque parezca que el daño causado en tu matrimonio es irreparable, y que tu huerto se arruinó más allá de toda esperanza, debes saber que Dios puede y quiere obrar un milagro. No tenemos ni la más mí­nima idea de todas las cosas maravillosas que Dios hace a favor nuestro cuando nos humillamos, y amamos a Dios lo suficiente como para vivir en su voluntad (1 Corintios 2:9). Esto nunca es más cierto que en el matrimonio.

Extracto del libro “El Poder del Esposo que Ora”

Por Stormie Omartian

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