Pensamientos – Abandonado por Dios

 

Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado (Isaías 53:4).

Los ruidos se entremezclaban en la colina: Burlas de fariseos, sonidos metálicos de espadas y moribundos que gemían. Jesús apenas habla. Cuando lo hace, brillan diamantes contra el ter­ciopelo. Da gracia a sus asesinos y un hijo a su madre. Respon­de la oración de un ladrón y pide de beber a un soldado.

Entonces, al mediodía, cae la oscuridad como una cortina. «Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad» (Mt 27:45).

Son tinieblas sobrenaturales. No es una reunión casual de nubes ni un breve eclipse de sol. Es un manto de oscuridad de tres horas. Los mercaderes de Jerusalén encienden velas. Los soldados prenden antorchas. El universo sufre. El cielo llora.

Cristo levanta hacia el cielo la pesada cabeza y los párpados caídos, y gasta sus últimas energías gritando hacia las esquivas estrellas: «Elí, Eli, ¿Lama Sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (vs.46)

Nosotros preguntaríamos lo mismo. ¿Por qué Él? ¿Por qué abandonaste a tu Hijo? Abandona a los asesinos. Desatiende a los malhechores. Vuelve la espalda a pervertidos y traficantes del dolor. Abandónalos a ellos, no a Él. ¿Por qué abandonas a la única alma sin pecado en la tierra?

¿Qué sintió Cristo en la cruz? El gélido desagrado de un Dios que odia el pecado. ¿Por qué? Porque «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1 P 2:24).

Con las manos abiertas por los clavos, Él invitó a Dios: «¡Trátame como los tratarías!» Y Dios lo hizo. En una acción que destrozó el corazón del Padre, pero que honró la santi­dad del cielo, el castigo que purga pecado cayó sobre el eter­no e inmaculado Hijo.

Y el cielo dio a la tierra su regalo más excelente. El Corde­ro de Dios que quita los pecados del mundo. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ¿Por qué gritó Cristo esas palabras? Para que usted nunca tuviera que hacerlo.

Extracto del libro “3:16 Los Números de la Esperanza”

Por Max Lucado

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