RAZONES PARA NO SER LIBRE

Uno de los momentos más frustrantes en el ministerio es cuando uno abre su corazón y sabiduría a alguien, para ayudarlo a liberarse de un problema de pecado, y la persona no cambia. Esos momentos lo llevan a uno a través de todo tipo de pensamientos y emociones (ej. “¿He fallado?” “¿Es verdad lo que estoy enseñando?” “¿Esta persona es una excepción?” “¿Se está burlando de mí o es que realmente no quiere ser libre?”). Realmente vivir con este tipo de duda y confusión puede quitar­le a uno la energía para seguir.

Aunque no quisiéramos sacar este tipo de conclusiones, puede ser que no quede otra alternativa sino reconocer que el enemigo está usando a un hermano o hermana para quitarnos la fe y la visión que Dios tiene para el llamado en nuestras vidas. Si éste es el caso, es importante reconocer tan pronto como sea posible los casos en que la gente que busca libertad y transformación no está dispuesta a hacer lo que se necesita.

Luego de buscar una respuesta del Señor, El me proporcionó dos preguntas que debíamos hacer a cada persona al inicio de la conversación:

  • “¿Está usted dispuesto a hacer lo que sea necesario para sanar, ser liberado, transformado, etc.?”
  • “¿Qué quisiera exactamente que Dios haga por usted ahora?”

Al hacer estas dos preguntas a cada persona, el enfoque de la conversación cambiaba del problema al poder, provisión e intención del Señor a proporcionar sanidad y cambio permanentes. Nuestras expectativas de que Dios nos iba a dar realmente algo concreto para responder en medio de nuestra oración aumentaron. Y como era de esperarse, cuan­do recurrimos a Dios para obtener respuestas con esta nueva fe expectante que habíamos encontrado, Él nos las dio. De hecho, abrió las puertas a pa­labras de sabiduría y conocimiento del Señor de parte de otras personas participantes.

Lo que pasó fue que los que estaban llamando sólo para charlar y buscar lás­tima por su situación pero que realmente no querían cambiar, de repente se enfrentaban con que tenían que tomar una responsabilidad guiada por el poder del Espíritu para cambiar sus vidas, y muchos se dieron cuenta de que no querían hacerlo. Estaban consiguiendo demasiada afirmación y atención al mantenerse disfuncionales y no iban a hacer nada que arries­gara eso.

¿Con qué frecuencia usted ministra a alguien que tiene un problema de pecado y no es capaz de hacer o decir nada que produzca un cambio permanente en su vida? Déjeme sugerir que usted está tratando probable­mente con una persona que no sabe qué hacer para ser libre, o alguien que no está dispuesto a hacer lo necesario para ser libre. Esas mismas dos pre­guntas de diagnóstico que el Señor me dio pueden ayu­darle a usted a llegar al fondo de las cosas con la persona que aconseja.

Cuando la gente no está dispuesta a hacer lo que sea para ser libre, usualmente no le dice eso. Habitualmente, usted necesita pedirle a Dios que le dé discernimiento en esta área. Mucha gente que no quiere hacer lo necesario, ni siquiera está consciente de este hecho. Ellos realmente creen que están dispuestos y se engañan a sí mismos.

Con regularidad encuentro áreas en mi vida donde yo mismo me engaño al creer que quiero algo cuando realmente no lo quiero. Por ejem­plo, recuerdo rogarle a Dios llorando por más de una década que me li­berara de cierto pecado habitual. ¡Llorando, imagínese! ¡Rogando! Un día cuando estaba suplicando que me liberara, el poder de Dios cayó sobre mí y supe que la lucha había terminado finalmente. Dios me había llenado con un poder sobrenatural que acabaría permanentemente con ese pecado en mi vida. Y sin embargo, tan pronto como me di cuenta de lo que esto significaba, que nunca más podría recurrir a ese pecado, de muy dentro de mi corazón salieron las palabras: “¡Oh, no!”. Cuando me di cuenta de que Dios hablaba en serio, finalmente pude admitir ante mí mismo que yo realmente no podía vivir sin ese pecado. Muy dentro de mí estaba convencido de que tenía que tener ese pecado como un mecanismo de escape en mi vida. De hecho, me alejé del poder liberador de Dios y me aferré nuevamente al pecado. Las capas de autoengaño en esta área habían sido tan cuidadosamente construidas que por años yo había creído que quería libertad de un pecado que yo todavía amaba y quería.

Extracto del libro “Sanidad Sexual”

Por David K. Foster

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