Continuemos.

¿Cómo nos enseña la gracia de Dios a decir “No” a la impiedad y a vivir una vida piadosa? Al romper nuestro corazón sobre el incesante amor incondicional que el Salvador nos tiene a pesar de nuestro pecado. Como resultado, nos enamoramos más y más de Él. Nuestros deseos cam­bian de querer la impureza del mundo a querer lo que sea que ese Salvador maravilloso desea. Empezamos a admirarlo, a amarlo, a creer más profundamente en El, y a desear lo que Él quiere. Nuestros corazones cambian de adentro hacia afuera. En lugar de operar en base a los esfuer­zos propios de la voluntad de actuar, ahora operamos en base a un deseo puramente sentido en el corazón y por fe, sabiendo desde lo profundo de nuestro ser que lo que Dios quiere es, sin duda, lo que nosotros queremos.

En lo que se refiere a quienes hemos sido cambiados de esta manera, Dios es inmanente y diseña Sus mandamientos en base a un solo princi­pio, lo que es mejor para nosotros, Sus amados hijos. El meditar en la prue­ba de Su amor, Su muerte sacrificada y llena de agonía en la Cruz, siem­pre ayuda para llegar a creer estas cosas. Satanás tratará de usar las trage­dias de la vida para persuadirnos de que Dios es diferente, pero meditar en la Cruz tiene un poder mayor para vencer las mentiras de Satanás. La demostración del amor de Jesús a través de la Cruz es inescapable e incomprensible excepto que lo hizo por amor a la humanidad.

De lo que realmente hemos estado hablando en esta tercera área de consejería a quien está en esclavitud, es de cómo el amor incondicional de Dios resulta en una transformación de la voluntad. Como hombres y mujeres que hemos caído, con frecuencia tratamos de corregir nuestra vo­luntad a través de la lógica y del esfuerzo propio independiente, que al final siempre fallan. La manera de Dios es cambiar nuestra voluntad a través del poder irresistible del amor incondicional. El luego recibirá la gloria de nuestra elección final de hacer Su voluntad (Fil.2:13).

Cuando el poder de Dios todopoderoso transforma nuestra voluntad, encontraremos que hemos ganado también dos productos cruciales de una voluntad santificada: persistencia y obediencia. Le obedecemos porque le amamos (Juan 14:23-24). Nuestra obediencia nace de ser totalmente per­suadidos por el amor, no por la obligación o por nuestro desempeño. Lo buscamos persistentemente por la misma razón: hemos sido atraídos irre­sistiblemente por la gloria de Su amor. Sin persistencia, no podemos ir muy lejos cuando caminamos con Dios en santidad (Jer.29:13; Hb.11:6). La santidad es una promesa de Dios para esta vida al igual que para la próxima, como se dice en Gálatas 5:16.

4. No Vivir la Sanidad Como un Proceso con un Propósito.

Quienes buscan ayuda son con frecuencia espiritualmente inocentes. Piensan que su problema de pecado desaparecerá una vez que se ha echa­do fuera un demonio o llamado a Dios para un ungimiento de liberación especial que finalmente los librará de su tentación y su pecado.

El primer consejo que debe darse a tales creyentes es que su sanidad será un proceso, un proceso con un propósito. Aún aquellos de nosotros (yo soy uno de ellos) que reciben una liberación inicial poderosa del poder de ciertos pecados, tenemos todavía un largo proceso de sanidad que enfrentar, un proceso en el cual Dios nos muestra las causas fundamen­tales de nuestra conducta, las necesidades de raíz que tratamos de encon­trar, y Su más perfecta provisión para llenar tales necesidades.

La mayoría de nosotros mira la idea de un proceso con impaciencia y pesadumbre. Queremos sanidad y perfección ¡ahora! Pero Dios es más sabio. El ve los beneficios que sólo pueden derivarse del proceso. Por ejemplo, a través del proceso de sanidad, desarrollamos una relación de amor y dependencia hacia Dios porque necesitamos recurrir a Él con frecuencia para que nos dé Su poder sobre la tentación. Cuando recurrimos a Él, con frecuencia para pedir su ayuda, Él se vuelve más real para nosotros. Sus promesas y Su presencia se hacen prácticas, casi tangibles. Aprendemos a conocerlo mejor. El pasa de ser alguien que teóricamente nos ama y nos da poder, a alguien que participa en las cosas más profundas de nuestra vida, y esto es de lo que se trata la vida.

Sí, somos santificados, como Él es santo, y ésta es una meta primaria y directiva. Sin embargo, la meta mayor que es conocerlo íntimamente, es lo que nos lleva hacia la meta de la santidad. Esto se indica claramente en 2 Pedro 1:3. Es de nuestro “conocimiento” (conocimiento profundo e íntimo) de El que todo lo que necesitamos para vivir y para la piedad se hace evidente.

Extracto del libro “Sanidad Sexual”

Por David K. Foster

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