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Dios Quiere Que Seas Integro en tu Hablar (1º parte)

Introducción

¿Alguna vez te han mentido? ¿O te defraudaron? ¿Te aseguraron que algo era cierto y resultó que no era así? ¿Prometieron entregarte algo que nunca llegó? ¿O te dijeron que la computadora estaría funcionando para el lunes y el jueves siguiente aún no había novedad? ¿Te han estafado? ¿Tuviste un desengaño amoroso o, peor, fuiste víctima de infidelidad?

A todos nos ha pasado algo de esto (o todo, y otras cosas más). El problema no lo comenzamos nosotros. De hecho, la Biblia dice que comenzó en el Jardín del Edén, con la primera mentira de la serpiente – quien es “padre de la mentira” (Juan 8:44) – a nuestra madre Eva.

Desde entonces y hasta hoy los seres humanos hemos sufrido las consecuencias de faltar a la verdad. Alguien dijo que, cuando se inicia una guerra, la primera víctima es la verdad. Las civilizaciones antiguas debieron establecer códigos que, al menos en casos especiales, obligasen a las personas a decir la verdad o a hacerse cargo de las consecuencias. En las sociedades modernas existe un complejísimo sistema legal destinado en gran medida a lograr que las personas digan la verdad, cumplan sus compromisos y, en general, se hagan responsables de sus actos.

A pesar de que las leyes pueden hasta cierto punto proteger a las personas, no son infalibles. Y además, existen muchos casos en los que no se aplican. En nuestra vida cotidiana somos de una u otra forma víctimas de la falsedad ajena. Lo que es peor, muchas veces otros son víctimas de nuestras propias faltas contra la verdad. Los políticos no dicen la verdad. Los medios no dicen la verdad. Y muchas veces, tampoco nosotros mismos decimos la verdad. La ignoramos deliberadamente, la callamos, la ocultamos o la desfiguramos hasta hacerla irreconocible.

Hay algunas personas que creen ser muy veraces. Casi todos hemos escuchado a alguien decir, casi lamentándose y en tono de confidencia: “Mi peor defecto es ser demasiado sincero”. Pero ser sincero es una virtud, y una bastante escasa. Si una persona piensa que ser sincero es su peor defecto, debe de ser porque no se ha examinado a sí mismo con suficiente atención. En mi experiencia, quienes se expresan así confunden sinceridad con agresividad, desconsideración o insolencia.

Lo cierto es que tenemos problemas con la verdad. Hasta dudamos de ella incluso cuando está ante nuestros propios ojos. Jesús dijo a Pilatos “Todo el que es de la verdad oye mi voz” y Pilatos respondió: “¿Qué es la verdad?” y salió del lugar sin esperar una respuesta.

En nuestra sociedad posmoderna hay gran incertidumbre acerca de la verdad. Según una encuesta de la empresa Barna, en EE.UU. solamente una de cada cinco encuestados cree que existen verdades absolutas. Lo que es peor, solamente uno de cada tres cristianos “nacidos de nuevo” cree que hay verdades morales absolutas, y entre los adolescentes, menos de uno de cada diez.

Proverbios 23:23 dice “Compra la verdad y no la vendas, adquiere sabiduría, instrucción e inteligencia”. Pero en nuestro tiempo, incluso cuando se reconoce la verdad hay desprecio por ella. Hace poco la Organización No Gubernamental “Portal de Belén” demandó al entonces Ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, por difundir estadísticas falsas de abortos realizados en el país.

El Fiscal Federal A. Ferrer Vera solicitó la desestimación de la denuncia, aduciendo que “…Que aún siendo sumamente falsa en su cantidad, la cifra de abortos manifestada por el Ministro, dicha falsedad no constituye una acción penalmente reprochable, toda vez que faltar públicamente a la verdad, magnificando un hecho de la realidad, que existe independientemente de la controversia sobre el número, con una finalidad exclusivamente política, como lo refiere el denunciante, a los efectos de instalar una discusión de igual tenor, carece en absoluto de trascendencia penal”.

En una canción popular, el cantante Billy Joel (el autor de “El hombre del piano”) dice: “No iniciamos el fuego; estuvo siempre ardiendo desde que el mundo gira”. “No iniciamos el fuego, no, no lo encendimos sino que tratamos de apagarlo”.

La canción (que se refiere sólo a personajes y acontecimientos del siglo XX) termina con una pregunta: “No iniciamos el fuego, pero cuando ya no estemos, ¿seguirá ardiendo y ardiendo?”

Aplicando esta pregunta a la triste realidad del vasto y profundo problema de la falta de verdad en este mundo, ya reconocimos que el problema no empezó con nosotros. No obstante, todos somos en parte los responsables de que perdure. La voluntad revelada de Dios es que cada uno de sus hijos se involucre activamente en ponerle fin.

(CONTINÚA…)

Por Dr. Fernando Saraví

Tomado de deloslibres.org.ar

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