julio 18, 2012

Sermones – A. Mottesi LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA 1

Predicaciones – La Iglesia en América Latina 1

 

Señales Divinas en el Tercer Mundo.

«Una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga» (Efesios 5:27).

Mi Tercer Mundo es la América Latina, mi querida patria grande. Claro que hay mucho más que se identifica como Tercer Mundo, pero mi sasón, mi gente, mi pasión, está en mi familia hispanoamericana. ¡Y cuánto me regocijo al ver lo que Dios hace en esta parte del Tercer Mundo!

Cuando era un muchacho (¡eso fue el mes pasado!), jamás soñé con llegar a ver lo que hoy contemplo: Las evidentes señales de una visitación divina sin paralelo sobre nuestra cultura. Una lluvia copiosa de la bendición de lo alto sobre nuestro pueblo. Claro, hay muchísimas cosas que el Señor hace, pero me pregunto: ¿cuáles son las más relevantes? Y descubro que hay al menos seis señales de una importancia singular. Veamos algo de ellas:

 

Dios Une a su Iglesia.

De toda raza, de toda lengua, de todo trasfondo social, político, económico o denominacional, Él está uniendo a su pueblo. Está formando a su Esposa amada, su pueblo desea­do. Quiere un día presentarse a sí mismo «una iglesia glorio­sa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Efesios 5.27). Me alegra mucho que el texto sagrado diga: «una». No varias. No muchas, ni diversas, ni distintas, sino «una». Para el tiempo de la venida de Cristo, la Iglesia tendrá que volver a ser «una».

La Biblia nos enseña que aunque somos muchos, forma­mos un solo cuerpo: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo» (1 Corintios 12.12).

Muy pronto se terminarán los «llaneros solitarios». Dios no va a bendecir el reinito de nadie. Bendecirá únicamente su Reino, su pueblo, nación santa que solo viva para cumplir los deseos de Él.

Dios está cansado, hastiado de los apetitos voraces disfra­zados de piedad religiosa. Solo respaldará a corazones abso­lutamente quebrantados, vidas que han muerto para ellas mismas, que han menguado tanto según la carne que están al punto de encontrarse muy juntas a los pies del Calvario. Dios va a trabajar con hombres y mujeres que conocen la experiencia diaria de la cruz. Gente que cada vez que vislum­bre y obtenga una victoria en el Reino traiga la corona a los pies de la cruz.

Siendo Dios el creador de la diversidad, ningún miembro ni congregación puede rechazar la comunión con otros miem­bros alegando diferencia o diversidad, y mucho menos por creerse autosuficiente. Bajo ningún concepto, ningún miem­bro puede decir a otro: «No tengo necesidad de ti». Nuestra relación e interdependencia no es optativa. Bíblicamente, no tenemos escapatoria. Lazos de sangre y amor nos unen.

Pablo enseña que cuando Dios nos salvó, cosa que Él ya sabía desde antes de la fundación del mundo, lo hizo «en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad». También enseña que Dios «a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Efesios 1.5; Romanos 8.39).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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