cristo-satisface-nuestra-necesidad-de-esperanzaPredicaciones – Cristo Satisface Nuestra Necesidad de Esperanza 3

 

Continuemos.

Dios ha comenzado a crear el mundo perfecto que establecerá en su regreso. Ha comenzado a crearlo en nosotros y por medio de nosotros, aquí y ahora. Somos personas por medio de las cuales Él quiere llevar a cabo su revolución, y Él nos asegura que la buena obra que ha iniciado en nosotros la completará cuando regrese en gloria. En nosotros Él ha comenzado un movimiento por medio del que eliminará la pobreza, vencerá el racismo, destruirá el sexismo y establecerá un nuevo y justo orden social. El reino ya se está manifestando en nuestro medio. Nosotros somos los primeros frutos de lo que ha de venir.

Hay quienes no creerán esta increíble buena noticia y por lo tanto se tornarán cínicamente pasivos en esa emocionante coyuntura de la aventura humana. Ellos se burlan y dicen:

—¿A quién le toma el pelo? El mundo será siempre un caos. Nadie puede cambiarlo. No hay esperanza para este mundo.

A esos cínicos supuestamente refinados les respondo:

—He estado leyendo la Biblia y he ¡dado una mirada rápida al último capítulo para ver cómo termina y… ¡¡Jesucristo gana!!

Pertenezco a una iglesia de negros en Filadelfia. He sido miembro de ella por decenios y, para mí, la Iglesia Bautista Monte Carmelo está más cerca del cielo que ninguna otra cosa. Predico en muchas congregaciones, pero tengo que decir que ningún otro grupo de personas me deja con el mismo entusiasmo que la congregación de mi iglesia. Ellos siempre me dan a saber cómo ando. Si estoy bien o mal, me dicen lo que sienten acerca de mi mensaje.

Un día que estaba predicando, sentí que nada estaba pasando. Parecía no haber ninguna señal del dinamismo de Dios. Yo avanzaba penosamente en el mensaje, como usted habrá visto a muchos predicadores, y parecía que no iba a ninguna parte. Estaba como en las tres cuartas partes de mi sermón cuando una señora en el banco de atrás gritó: “¡Ayúdalo, Señor! ¡Ayúdalo, Señor!” Era toda la evidencia que necesitaba para saber que no lo estaba haciendo muy bien esa mañana.

Por otra parte, cuando el predicador de mi iglesia está realmente “ungido”, se lo dan a entender. Los diáconos se sientan casi debajo del pulpito y, cada vez que el predicador dice algo especialmente bueno, lo animan a seguir con exclamaciones como: “¡Predique, hermano! ¡Predique, hermano! ¡Predique, hombre, predique!” Y cuando ellos me lo dicen a mí, ¡me dan muchos deseos de predicar!

Las mujeres de mi iglesia tienen una manera especial de responder cuando al predicador “le está yendo muy bien”. Por lo general levantan la mano, la mecen en el aire y le gritan al predicador: “Muy bien, muy bien”. Cada vez que me lo dicen a mí, se agitan mis hormonas.

Pero eso no es todo. Cuando en realidad me pongo en marcha, los hombres de mi congregación me animan exclamando: “¡Siga, hermano! ¡Siga! ¡Siga!” Le aseguro que un predicador nunca obtiene esa clase de reacción en una congregación de blancos. La gente blanca nunca grita: “¡Siga, siga!” Las congregaciones blancas son más predispuestas a mirar el reloj y a mascullar: “¡Pare! ¡Pa­re!”

Un viernes santo estábamos siete de nosotros predican­do uno tras otro. Cuando llegó mi turno, me solté, y le aseguro que lo hice bien. Cuanto más predicaba, tanto más se animaba la gente en la congregación y, cuanto más se animaban ellos, tanto mejor predicaba yo. Iba de bueno en mejor y mejor. ¡Estaba tan bueno que quería tomar notas de mí mismo! Al final del mensaje, la con­gregación se soltó. Yo estaba absolutamente estremeci­do de alegría por los aleluyas y las exclamaciones de gozo que se oían por todo el lugar. Me senté junto a mi pastor y él me sonrió. Extendió la mano y me apretó la rodilla.

—¡Lo hiciste bien, muchacho! — dijo él. (Debo admitir que me disgusta cuando me dice “mu­chacho”).

Me volví a él y le pregunté: —¿Pastor, va a poder superar eso? Él me sonrió y me dijo:

—¡Hijo, ponte cómodo, porque este viejo te va a dar una lección!

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Es Viernes Pero el Domingo Viene”

Por Tony Campolo

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