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Continuemos.

Creo que sería maravilloso si todas las madres tomaran una página del manual de las madres judías acerca de la crianza de los hijos e hicieran que sus hijos se sintieran estupendamente respecto a sí mismos. Es lamentable que muchos padres arruinan a sus hijos y les impiden realizar su potencialidad porque constantemente los de­gradan, criticándolos de tal manera que los hacen sentir sin valor.

Algunos padres tienen miedo de que si alaban a sus hijos, estos se volverán egoístas con cabezas infla­das. Piensan que pueden sacar mayores logros de sus hijos si se abstienen de aprobarlos por su trabajo. Desdi­chadamente, esos padres se abstienen de la afirmación y la alabanza que es tan esencial para el desarrollo en sus hijos de la imagen positiva de sí mismos. Casi en todas partes me encuentro con personas que tienen un con­cepto despreciativo de sí mismas porque sus padres no les hicieron creer que eran personas hermosas capaces de grandes cosas.

El principio de la “personalidad espejo” de Cooley opera en todas las etapas de la vida. No se detiene cuando llegamos a la adolescencia y a la vida adulta. Un joven de mi iglesia fue a jugar baloncesto bajo la dirección de uno de los entrenadores más grandes de los Estados Unidos. Me interesó mucho descubrir qué era lo que ese entre­nador tenía que lo hacía tan especial y que lo capacitaba para producir tantos equipos campeones. Le pregunté al joven cómo era jugar bajo la dirección de esa legendaria figura deportiva.

“Es increíble jugar para él — dijo mi amigo —. Constan­temente se esforzaba por hacer que todos sus jugadores se sintieran bien consigo mismos. Durante el juego pare­cía prestar mayor atención a los que estaban en el banco que a los que jugaban. Siempre estaba hablándonos a los que estábamos en el banco y diciéndonos lo importante y lo grande que éramos como jugadores. Cada vez que fallaban la canasta, me codeaba y decía: ‘¡Si tú estuvieras allí, habrías anotado ese punto!’ Un pase se iba desviando y él decía: ‘Tú nunca desperdiciarías un pase como ese.’ Una jugada se enredaba y él gritaba: ‘Oh, cómo necesita­mos un jugador como tú en este juego. Eso es lo que necesitamos, alguien como tú en la cancha.’ Continuaba así durante todo el juego. Para cuando terminaba, yo me sentía tan buen jugador que nunca se me ocurría pregun­tar: ‘Entrenador, si soy tan bueno, ¿por qué no me pone a jugar?’

Ese es sólo otro ejemplo de cómo el concepto de sí mismo de una persona y su capacidad de actuar con éxito están determinados por lo que considera que la persona más importante en su vida piensa de ella. La imagen propia positiva que la persona desarrolla en su relación con quien es más significante en su vida puede tener efectos positivos fantásticos. Sin embargo, es fácil seña­lar ocasiones en las que la imagen propia que se tiene de la persona que se estima más importante en la vida no era muy buena. Y los efectos de una mala imagen propia pueden ser devastadores.

Un día estaba en la playa con mi esposa, un amigo y su esposa. Estábamos sentados conversando cuando pasó una joven vestida con un simple bikini. Mi amigo la miró, me dio un empujoncito y me dijo:” ¡Mira, Tony, mira eso! ¡Eso sí es algo tremendo!”

Resistí un fuerte deseo de darle un puñetazo en la boca. Estaba enojado con la observación acerca de la mujer que era veinte años más joven que él. Sentí que cuando él dijo “eso si es algo tremendo”, indirectamente estaba diciéndole a su esposa de cuarenta años: “Tú no eres nada”.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Es Viernes Pero el Domingo Viene”

Por Tony Campolo

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