¿Es verdad que por mucho tiempo se enseñó que el sexo era algo malo?

Es verdad. La Dra. Leonor Vain, en su artículo “El sexo y la Justicia”, nos hace un recorrido a través de la historia.

Ya desde los padres de la Iglesia hubo concepciones muy dispares. Tertuliano dijo que muchos casados convertidos, cancelaban la deuda de su matrimonio transformándose en eunucos por propia decisión, a fin de alcanzar el cielo. Si algún hombre quería casarse, Tertuliano aconsejaba: “que se elijan las com­pañeras entre las menos peligrosas de las mujeres; viudas hermoseadas por la fe, dotadas de pobreza y selladas por la edad”. Durante toda esa época de la historia se concibió al matrimonio como una aflic­ción, y a todo contacto con mujeres como un contacto con Satanás.

San Agustín consideró como pecado la unión sexual, incluso en el matrimonio, y condenaba las emociones que la acompañaban. Veía la concepción de un bebé como el producto del pecado. Por eso debían ser bautizados, para limpiarlos de la culpa de la lujuria.

La virginidad, la abstinencia total y el descuido sistemático del cuerpo fueron considerados signos de virtud.

San Jerónimo dijo: “Amar ardientemente a su mujer es ser un adúltero”. El placer y el deseo eran siempre considerados como pecados, incluso en el matrimo­nio, aun cuando se engendraran hijos.

Santo Tomás de Aquino sostuvo que el placer sexual era un pecado que iba contra la naturaleza; aceptó solamente las relaciones sexuales dentro del matrimonio que tuvieran por objeto la procreación.

La actividad sexual “natural” tiene lugar sólo para la finalidad “correcta”, con el compañero “correcto” y de la manera “correcta”, (es decir, para el propósito de la procreación, con el cónyuge y a través del coito).

Según Tomás, el acto sexual es pecado cuando la finalidad es equivocada (por ejemplo, el mero placer sexual), cuando se busca con la pareja equivocada (por ejemplo, una pareja del mismo sexo) o de la manera equivocada (por ejemplo, a través de la relación oral o anal). Sin embargo, para Tomas la simple fornicación “natural” es sólo una transgresión menor, mientras no conduzca al embarazo.

En la Edad Media se exaltaban la castidad y la virginidad. La mujer era conside­rada como “la tentadora”, la que llevaba a la perdición al hombre, incitándolo al acto sexual, que se entendía como pecado. Por ello, estaba condenada y prohibida toda actividad sexual que no condujera directamente a la reproducción.

TRIBUNALES ECLESIÁSTICOS MEDIEVALES

Toda relación sexual entre cónyuges, que no tuviera por fin la procrea­ción, estaba severamente castigada. Existía una actitud totalmente negativa hacia el sexo. Por ejemplo, las relaciones sexuales se prohibían durante 3 días después de la boda, durante el período menstrual de una mujer, durante su embarazo y durante varias semanas después del parto.

También se prohibió los jueves (la detención de Jesús), los viernes (cruci­fixión de Jesús) y los domingos (resurrección de Jesús) así como durante los períodos oficiales de ayuno (40 días antes de Pascuas y Navidad). A las mujeres que menstruaban, no se las dejaba entrar en la Iglesia. La fornicación exigió una penitencia de hasta 1 año; el adulterio hasta de 7 años. La masturbación y los orgasmos involuntarios durante el reposo fueron tratados algo más leve­mente. Un acto homosexual se penaba con 22 años de cárcel.

Los reformadores aceptaron el matrimonio de los clérigos. Se sostuvo que el acto sexual en el matrimonio no era pecado.

Calvino vio a la sexualidad como sagrada y honorable, claro está, dentro del matrimonio.

EL SEMEN, SUSTANCIA VITAL

En el siglo XIX hubo algunas ideas puritanas muy significativas. Existía una teoría que consideraba al semen como una sustancia vital, que no debía ser desperdiciada, ya que su pérdida perjudicaba la salud. Esta declaración llevó a limitar la actividad sexual. Se predicaba sobre la necesidad de “hacer el amor” la menor cantidad de veces posible en el matrimonio y se les exhortaba a las esposas a estimular sexualmente a sus maridos lo menos posible. El placer estaba prohibido y el fin de las relaciones sexuales era la procreación.

¿Por qué hay tanta confusión en materia de sexualidad?

Porque existe un triple mensaje.

Por un lado, la religión que dice: “no lo hagas”; por el otro las escuelas, que guardan silencio y, finalmente, los medios de comunicación masiva, que la exaltan desmedidamente.

Hay dos lugares donde debería hablarse acerca del tema “sexo”, con total liber­tad y sin prejuicios: el hogar y la iglesia. Paradójicamente, son los dos lugares donde menos se trata.

Mal que nos pese, hemos transferido la responsabilidad de la educación sexual y la moral de nuestros hijos a la T.V. y otros medios masivos de comunicación. Sí, son ellos, sumados a la influencia de los amigos en el colegio o el trabajo, los mentores de nuestros jóvenes. Los adolescentes saben mucho más acerca del sexo de lo que usted imagina; pero lo saben mal. Han sido mal educados. Han incorporado a su vida valores anticristianos y amorales; y, a menos que los padres y la Iglesia asuman el rol protagónico en este aspecto, aquellos conceptos serán perjudiciales a su con­ducta y letales para sus relaciones interpersonales.

Las estadísticas elaboradas a partir de las encuestas son poco menos que escalofriantes. Estamos de cara a una triste realidad y nuestra pasividad e indiferencia garanti­zan, sin lugar a dudas, un aumento de los fracasos matrimoniales ¡qué tal cosa no acontezca!

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