Sexualidad – LA LEY DEL PROPÓSITO 1

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“Muchas personas creen que piensan cuando en realidad

sólo están reordenando sus prejuicios”.

William James

Introducción

“Necesito contarles algo”, dijo, mientras por la fuerza tomaba del brazo a su hija adolescente tratando de acercarla. Era esposa de un pastor; de mediana edad y muy bien presentada. Su rostro reflejaba sorpresa. Después de veinte años de casada había asistido a una conferencia acerca de sexualidad y quería, por vez primera, abrir su corazón para compartir su experiencia, a la que describió como frustrante, atormentadora y triste en el amanecer de su matrimonio. Sin preámbulos, se remontó a su luna de miel y explicó: “esa primera noche fue horrible, aquella primera vez fue decepcionante. Yo tenía apenas 17 años. Era huérfana de madre. Me crié con mi padre. Él fue bueno y atento. Pensé que el hombre con el que me casaría tomaría su lugar; sería la persona que me brindaría seguridad, atención y ternura. Lo que nunca imaginé fue que ese hombre me pediría algo que mi papá jamás me había pedido. Decidí volverme de mi luna de miel. Después de muchos años de casada, todavía guardo ese recuerdo desagradable y, de tanto en tanto, despierto no en la cama sino en el piso, toda transpirada, creyendo que mi esposo ha abusado de mí. Sabe Dios las veces que prefiero quedarme frente al televisor, haciendo tiempo, esperando que mi esposo se duerma y no me pida eso”.
En medio de lágrimas abrazó a su hija y expresó: “no quisiera que a mi hija le suceda lo mismo que a mí. Deseo que ella aprenda lo que yo no pude. Anhelo para su futuro la oportunidad que yo jamás tuve”.

Solicitó una audiencia con la secretaria. Ella era una periodista de un prestigioso medio gráfico que deseaba entrevistarnos acerca de nuestro desempeño como educadores sexuales. Durante la charla, reconoció habernos conocido en una conferencia que habíamos dictado tiempo atrás. “¿Saben una cosa?, aquella conferencia impactó mi vida. Las enseñanzas merecieron toda mi atención y a cada uno de los consejos que dieron los puse en práctica en mi matrimonio”. Mientras expresaba esto, se levantó de su silla, nos abrazó dulcemente y terminó diciendo: “soy feliz junto a mi esposo y vivimos la sexualidad de manera plena. Mucha de nuestra felicidad se la debemos a ustedes”.

Historias. ¿Simples historias o historias que se repiten por todas partes? Una triste y otra saludable. Recuerdos amargos en uno de los casos, dulces nostalgias en el otro. Decepción versus gratificación. ¿En qué discrepan estas historias? Quizás usted diga en mucho, pero la diferencia se resume en una sola palabra: información.

Aquella primera mujer careció de educación para la vida sexual. Nadie la aconsejó. Desprovista de todo asesoramiento, se aventuró hacia una vida de miseria. Las consecuencias quizás nunca desaparezcan.

La segunda recibió información que supo capitalizar en beneficio propio y de su relación matrimonial.

Es habitual pensar que hacer el amor es algo espontáneo y natural. En realidad, lo que es espontáneo es el deseo; la relación sexual en sí es un arte y, como tal, puede mejorarse. En otras palabras, los buenos amantes se hacen, no nacen.2 Thea Lowry lo dice así: “aunque el sexo es perfectamente natural, no siempre es naturalmente perfecto”.3

El Dr. Gindin dice: “en el hogar y en la escuela, nuestros padres y maestros probablemente se han preocupado por enseñarnos todo lo necesario para la vida, pero no a hacer el amor. A hombres y mujeres les han hecho creer que de esto se nace sabiendo”.4 Lejos de ello, la función sexual es aprendible, es decir, capaz de ser enseñada.

La buena sexualidad se relaciona con el conocimiento y no con la ignorancia. La ausencia de una adecuada educación sexual, el desconocimiento de las técnicas amatorias, los mitos y la desinformación en la respuesta sexual femenina y masculina contribuyen al infortunio. En cambio, la buena sexualidad requiere información, intercambio, cooperación, amor y, por sobre todo, creatividad.

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