Sexualidad – MASTURBACIÓN

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HABLEMOS DE LA MASTURBACIÓN

“Ninguna otra forma de actividad sexual se discute tan frecuentemente, se condena con tanta seguridad y se practica tan universalmente, como la masturbación”. (L. Dearborn)

Sin lugar a dudas, es el tema acerca del que más se pregunta en nuestra encues­ta, y al mismo tiempo, en el que nadie se juega. Aun nosotros, cuando buscamos una respuesta en la mayoría de los libros cristianos, encontramos un mutismo impresio­nante. Tienen la facultad de escribir mucho sin decir nada.

¿Por qué no pueden dar una respuesta clara al respecto? ¿Será porque no hay argumentos firmes para sostener cierta postura?

Afinemos la puntería:

¿Qué es la masturbación?

La palabra tiene origen en el latín: mas, que significa varón y turbatio, que significa alboroto, desorden. Pero, ¡oh sorpresa!, en lugar de traducirse como lo sugieren las palabras “alboroto del varón”, se lee como “acto pecaminoso del varón”. Desde la traducción de estas palabras, ya podemos ver el peso de la cultura sobre todas las cosas. Como dijo Epicteto: ‘A los hombres no les inquietan las cosas sino las visiones que tienen de ellas”.

No podemos ser tajantes cuando la Palabra de Dios no lo es. Acerca de otros temas relacionados con la sexualidad, Dios los pone muy en claro, pero el tema de la masturbación no tiene un gran desarrollo escritural. Kinsey en 1953 demostró que el 95% de los hombres se masturbaban y el 60% de las mujeres también lo hacían, pero no sin sentir culpa.

¿Por qué se condena?

VEAMOS ESTA HISTORIA, ¿SERÁ POR LO MISMO?

El pastor de una iglesia muy estricta en Escocia tenía que acudir al templo para dirigir el servicio matutino de adoración. Era invierno, el río estaba con­gelado. Como era buen patinador, decidió patinar hasta el templo. Los miembros se sorprendieron al ver llegar a su pastor en patines. El hecho provocó un debate. Los ancianos se reunieron y discutieron lar­gamente el tema. Al final se le hizo al pastor la pregunta vital: “¿Disfrutó usted patinando sobre el río?” Si la experiencia le había traído placer, estaba mal; si no había sido así, era permisible.

Esta pensamiento de placer = pecado está muy arraigado en nuestra mente y en nuestras costumbres cristianas. Pero no siempre el placer debe asociarse con el hedo­nismo. Tampoco el autoerotismo con el pecado.

Pero el tema esencial radica en cómo se vivencia. Como la Biblia no es clara en este punto, debemos ser abiertos en su concepción. Si se vivencia como pecado, para el tal es pecado. De ello hablaba Pablo cuando decía que por amor al hermano, uno debía abstenerse de ciertas cosas, y nosotros queremos abstenernos de ser rígidos en este tema cuando la Biblia no lo es. No queremos colocar sobre los jóvenes una carga tan pesada, que muchos clérigos no se atreverían a moverla ni siquiera con un dedo.

No podemos ser dogmáticos con aquello en que la Palabra de Dios no lo es.

La categorización de pecado no podemos hacerla con la masturbación, a menos que sea compulsiva, obsesiva, que no pueda controlarse o genere disturbios en otras áreas, como el trabajo o los estudios; o determine aislamiento, por vivir en un sueño imaginario. Todos estos acontecimientos tienen que ver con la psicología alterada del individuo más que con la masturbación en sí. Sólo que seguimos asociando (por causa del mito) la masturbación a locura, cosa que es mentira. Locura es la que determina esos comportamientos y no al revés.

Neil T. Anderson comenta una experiencia personal en estos términos: “Sugerí a la clase que hiciese preguntas. Entonces un joven me preguntó: “¿Qué creen los cristianos en cuanto a la masturbación?”. Antes que pudiera contestarla, otro joven se puso de pie y en voz alta dijo: “Yo me masturbo todos los días”. El aula quedó en silencio; los demás estudiantes esperaban mi respuesta. -¡Te felicito! – le dije – pero, ¿puedes dejar de masturbarte? El joven se quedó callado el resto del tiempo. Cuando se terminó la clase, él esperó a que todos salieran. Se acercó a mí con tono burlón. – ¿Y por qué querría dejar de hacerlo? – Yo no te pregunté si querías dejar de hacerlo le contesté-. Te pregunté si podías dejar de hacerlo, porque si no puedes, lo que tú crees que es libertad, realmente, es esclavitud”. La misma consideración que hace­mos sobre la masturbación podríamos hacerla con los que se convierten en esclavos del trabajo, de algún deporte, de la ropa fina, de la TV, etc. Son pecados, sin embargo estamos propensos a verlo como extremadamente dañino, sucio, impuro y pecamino­so quien es esclavo de un hábito masturbatorio pero solemos alabar como virtud a quien es esclavo del trabajo. ¿Cuántas veces ha visto usted que se condene a alguien por trabajar 16 horas al día sin tener tiempo para la familia o el servicio a Dios? Pero seguramente ha visto cientos de condenados por la masturbación.

(CONTINÚA… DALE CLICK ABAJO EN PÁGINAS…)

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