La Doctrina de Dios – La Cognoscibilidad de Dios 3

 

Continuemos.

Incluso más significativo, es a Dios mismo a quien conocemos, y no simplemen­te hechos en cuanto a él o lo que él hace. En nuestro ordinario uso del idioma hace­mos una distinción entre saber de una persona, y conocer a la persona. Sería verdad si digo que sé muchas cosas en cuanto al presidente de los Estados Unidos de Amé­rica, pero no sería cierto si digo que lo conozco. Decir que lo conozco implicaría que me he encontrado con él, y hablado con él, y que he cultivado por lo menos algún grado de relación personal con él.

Algunos dicen que no podemos conocer a Dios mismo, sino que sólo podemos conocer realidades en cuanto a él y saber lo que él hace. Otros han dicho que no podemos conocer a Dios como él es en sí mismo, pero que sólo podemos conocer­le según se relaciona con nosotros (y hay cierta implicación de que estas dos cosas de alguna manera son diferentes). Pero la Biblia no habla de esa manera. Varios pa­sajes hablan de que conocemos a Dios mismo.

Leemos las palabras de Dios en Jeremías 9:23-24: «Que no se gloríe el sabio de su sabiduría, ni el poderoso de su poder, ni el rico de su riqueza. Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe de conocerme y de comprender que yo soy el Señor, que actúo en la tierra con amor, con derecho y justicia, pues es lo que a mí me agrada».

Aquí Dios dice que la fuente de nuestro gozo y sentido de importancia debe ve­nir no de nuestras capacidades o posesiones, sino del hecho de que le conocemos. De modo similar, al orar a su Padre, Jesús pudo decir: «Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Jn.17:3).

La promesa del nuevo pacto es que todos conoceremos a Dios, «desde el más pequeño hasta el más grande» (Hb.8:11), y la Primera Epístola de Juan nos dice «que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozca­mos al Dios verdadero» (1 Jn.5:20; vea también Gál.4:9; Fil.3:10; 1 Jn.2:3; 4.8). Juan pudo decir: «Les he escrito a ustedes, queridos hijos, porque han conocido al Padre» (1 Jn.2:13).

El hecho de que en efecto conozcamos a Dios mismo se demuestra adicional-mente al darnos cuenta de que las riquezas de la vida cristiana incluyen una rela­ción personal con Dios. Como implican estos pasajes, tenemos un privilegio mucho mayor que el simple conocimiento de datos en cuanto a Dios.

Hablamos con Dios en la oración, y él nos habla mediante su palabra. Tenemos comunión con él en su presencia, entonamos sus alabanzas, y nos damos cuenta de que él mora personalmente entre nosotros y en nosotros para bendecirnos (Jn.14:23). En verdad, esta relación personal con Dios Padre, con Dios Hijo y con Dios Espíritu Santo se puede decir que es la más grande de todas las bendiciones de la vida cristiana.

 

Preguntas para Aplicación Personal.

1. A veces algunos dicen que el cielo parece aburrido. ¿De qué manera el he­cho de que Dios es incomprensible y sin embargo conocible ayuda a respon­der a esa objeción?

2. ¿Cómo podemos estar seguros de que cuando lleguemos al cielo Dios no nos dirá que la mayoría de lo que hemos aprendido en cuanto a él estaba errado, y que tendremos que olvidarnos de lo que hemos aprendido y em­pezar a aprender cosas diferentes en cuanto a él?

3. ¿Quiere usted continuar conociendo a Dios más y más profundamente por toda la eternidad? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Le gustaría poder conocer ex­haustivamente a Dios? ¿Por qué sí o por qué no?

4. A su modo de pensar, ¿por qué Dios decidió revelarse a sí mismo a nosotros? ¿Aprende usted más de Dios de su revelación en la naturaleza o de su revela­ción en la Biblia? A su modo de pensar ¿por qué es que los pensamientos de Dios son «preciosos» para nosotros (Sal.139:17)? ¿Llamaría usted su relación presente con Dios una relación personal? ¿De qué manera es similar a sus re­laciones con otras personas, y de qué manera es diferente? ¿Qué mejoraría su relación con Dios?

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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