La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 5

 

Continuemos.

Entonces David y sus hombres, que eran como 600, se fueron de Queilá y anduvieron de un lugar a otro. Cuando le contaron a Saúl que David se había ido de Queilá, decidió suspender la campaña (1 S 23:11-13).

De modo similar, Jesús pudo decir que Tiro y Sidón se hubieran arrepentido si los milagros que había estado haciendo los hubiera realizado allí (Mt 11:21). De modo similar dijo: «Y tú, Capernaum, ¿acaso serás levantada hasta el cielo? No, sino que descenderás hasta el abismo. Si los milagros que se hicieron en ti se hubieran hecho en Sodoma, ésta habría permanecido hasta el día de hoy» (Mt 11:23; 2 R 13:19, en donde Elíseo dice lo que habría sucedido si el rey Joás hubiera golpeado la tierra cinco o seis veces con las flechas).

El hecho de que Dios conoce todas las cosas posibles también se puede deducir del pleno conocimiento de Dios de sí mismo. Si Dios se conoce plenamente a sí mismo, también sabe todo lo que puede hacer, lo que incluye todas las cosas que son posibles. Este hecho es en verdad asombroso. Dios ha hecho un universo in­creíblemente complejo y variado. Pero hay miles sobre miles de otras variaciones o clases de cosas que Dios podría haber creado, pero que no creó.

El conocimiento infinito de Dios incluye conocimiento detallado de lo que cada una de esas otras posibles creaciones pudiera haber sido ¡y lo que podría haber sucedido a cada una de ellas! «Conocimiento tan maravilloso rebasa mi comprensión; tan sublime es que no puedo entenderlo» (Sal 139:6). «Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!» (Is 55:9).

Nuestra definición del conocimiento de Dios afirma que Dios conoce todo en un «acto sencillo». Aquí de nuevo la palabra sencillo se usa en el sentido de «no divi­dido en partes». Esto quiere decir que Dios siempre está plenamente consciente de todo. Si él quisiera decirnos el número de granos de arena en la orilla del mar o el número de estrellas del cielo, no tendría que contarlas rápidamente como una es­pecie de computadora gigantesca, y tampoco tendría que recordar su número por­que fue algo en lo que no había pensado por un tiempo. Más bien, Él sabe todas las cosas al mismo tiempo.

Todos estos hechos y todas las otras cosas que Él sabe siempre están presentes en su conciencia. Él no tiene que razonar y llegar a conclu­siones ni meditar cuidadosamente antes de responder, porque sabe el fin desde el principio, y nunca aprendió ni ha olvidado nada (Sal 90:4; 2 P 3:8; y los versícu­los citados arriba sobre el conocimiento perfecto de Dios). Todo ápice del conoci­miento de Dios siempre está plenamente presente en su conciencia; nunca se opaca ni desvanece en su memoria inconsciente. Finalmente, la definición habla del conocimiento de Dios no sólo como un acto sencillo sino también como un «acto eterno».

Esto quiere decir que el conocimiento de Dios nunca cambia o cre­ce. Si él jamás hubiera tenido que aprender algo nuevo, no habría sido omnisciente de antemano. Así que desde toda la eternidad Dios ha sabido todas las cosas que sucederían y todas las cosas que él haría.

Alguien podría objetar que Dios promete olvidar nuestros pecados. Por ejem­plo, Él dice que «no se acuerda más de tus pecados» (Is 43:25). Sin embargo, pasajes como este ciertamente se pueden entender como que quieren decir que Dios nunca más permitirá que el conocimiento de estos pecados jueguen alguna parte en la manera en que se relaciona con nosotros: Él los «olvidará» en su relación con noso­tros.

Otra objeción a la enseñanza bíblica en cuanto a la omnisciencia de Dios se ha derivado de Jeremías 7:31; 19:5; y 31:35, en donde Dios se refiere a las horribles prácticas de los padres que ofrecen a sus hijos en sacrificio al dios pagano Baal, y dice: «cosa que jamás ordené ni me pasó siquiera por la mente» (Jer 7:31).

¿Quiere de­cir esto que antes del tiempo de Jeremías Dios nunca había pensado en la posibili­dad de que los padres sacrificarían a sus hijos? Claro que no, porque esa práctica había ocurrido un siglo antes en los reinados de Acaz (2 R 16:3) y Oseas (2 R 17:17), y Dios mismo había prohibido la práctica 800 años antes bajo Moisés (Lv 18:21). Los versículos de Jeremías probablemente se entienden mejor tradu­ciendo muy literalmente: «Ni subió en mi corazón» (Jer 7:31; la palabra hebrea es leb, que más frecuentemente se traduce «corazón»), dando el sentido de «yo no lo quise, ni lo deseé, ni pensé en eso de una manera positiva».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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