EVANGELIO Y RIQUEZAS

Con el título “La vieja cruz y la nueva”, A.W. Tozer notó proféticamente hace ya algún tiempo:

Sin anuncio previo, y casi sin ser detectada, una nueva cruz ha llegado en los tiempos modernos a los círculos evangélicos populares. Es como la vieja cruz, pero diferente: las semejanzas son superficiales; las diferencias, fundamentales. De esta nueva cruz ha brotado una nueva filosofía de la vida cristiana… Este nuevo evangelismo emplea el mismo lenguaje que el antiguo, pero su contenido no es el mismo ni el énfasis es el de antes… La nueva cruz … no predica contrastes, sino similitudes. Busca introducirse en el interés del público mostrando que el cristianismo no tiene exigencias desagradables; más bien, que ofrece lo mismo que el mundo, sólo que a un nivel superior. Se demuestra astutamente que, fuere lo que el mundo enloquecido por el pecado esté exigiendo en este momento, es exactamente lo mismo que el Evangelio ofrece, sólo que el producto religioso es mejor… [1]

Estas palabras son hoy aún más ciertas que cuando fueron escritas. Muchos líderes cristianos han “descubierto”, y están muy ocupados en propagar, un nuevo evangelio. En el lugar antes reservado a  la sana doctrina, se han instalado las experiencias subjetivas, cuanto más espectaculares mejor; en donde antes hallábamos la humillación y la negación de uno mismo, habita ahora el culto a la autoestima; la morada del arrepentimiento y la confesión de los pecados está ahora ocupada por el aconsejamiento psicológico; el sitio central de la gracia providencial y soberana de Dios ha sido usurpado por el de los presuntos derechos del creyente; la casa  de la sanidad del alma ha sido invadida por la de las curaciones del cuerpo y, claro, en la mansión de la riqueza espiritual se ha instalado la prosperidad material. El engaño es sutil, por una parte porque todo lo que tiende a ser reemplazado no se ha suprimido por completo; simplemente ha sido desplazado de su posición central en la vida cristiana; y en  segundo lugar, porque los sustitutos no son generalmente cosas malas en sí mismas. Es el énfasis exagerado en ellos lo que desvirtúa y pervierte el Evangelio.

El Cristiano Opulento.

El sensacional descubrimiento de que los cristianos no solamente pueden gozar de bienes materiales, sino que están llamados a ser ricos como parte integral del mensaje bíblico, ha sido popularizado por un conjunto de conocidos evangelistas estadounidenses que forman parte del denominado “Movimiento de Fe”, entre los que se destacan Kenneth Copeland, E.W. Kenyon, Don Gossett (mentor y amigo del infame “pastor” Giménez), T.L. Osborn, John Avanzini, Robert Tilton, Oral Roberts, Paul Crouch y Frederick Price.

La riqueza no solamente es considerada por estos predicadores como una parte integral del Evangelio, un derecho adquirido, sino que es señal inequívoca de prosperidad espiritual. A la inversa, la pobreza material es signo de fracaso espiritual y falta de fe; es hasta pecaminosa porque supuestamente va contra la voluntad expresa de Dios para sus hijos. Del verdadero origen de esta enseñanza y de sus motivos hablaré luego. Por el momento, examinaré sus presuntas bases escriturales.

1. El pacto con Abraham.

Supuestamente, Dios le habría propuesto a Abraham un pacto, que éste aceptó porque lo consideró conveniente. Dicho pacto o convenio incluía la promesa de riquezas materiales. Los cristianos, dicen, como descendientes espirituales de Abraham, heredan los mismos derechos que él.

Si uno examina el llamado pacto de Abraham y sus términos, como puede leerse en Génesis 12:1-3; 15:1-20; 17:1- 18:15), notará de inmediato que: (1) el pacto y sus condiciones son establecidos unilateralmente por Dios; el hombre no puede rechazar el llamado sin sufrir las consecuencias, ni tampoco modificar sus condiciones; y (2) que el pacto no habla de la prosperidad material de Abraham, sino de darle una gran descendencia, una tierra en la cual habitar y de tornarlo una bendición para toda la humanidad (en 15:14 dice Dios que los israelitas saldrían de Egipto “con gran riqueza”; pero se trata de una profecía, y no de una parte esencial del Pacto).

Hebreos 11 contradice de plano la noción de que la prosperidad material de Abraham –que la tuvo- haya sido un aspecto importante del pacto. Aquí se nos dice que por la fe “alcanzaron buen testimonio los antiguos”, y que la esperanza de Abraham estaba puesta en al Jerusalén celestial (v. 10). Todos los héroes de la fe del Antiguo Pacto “murieron sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (v. 13). Lo que ellos realmente esperaban estaba a un nivel infinitamente superior a la riqueza material, y por esta esperanza, enfrentaron con valor todo sufrimiento: “Anduvieron de acá para allá… pobres, angustiados, maltratados” (v. 37). Precisamente la misma clase de esperanza celestial es la que se requiere de los cristianos  (1 Pedro 2:11).

Por Dr. Fernando D. Saraví

Iglesia de los Libres

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