ADORAR CON EL CORAZÓN Y LA MENTE

Me gustó mucho lo que un ministro americano, el ya fallecido Dr. Rufus M. Jones, solía contar. Él creía en la importancia del intelecto en la predicación. Sin embargo un miembro de su congregación hizo objeciones a ese énfasis y le escribió quejándose: “Cuando voy a la iglesia”, dijo en su crítica, “me siento como se tuviera desenrollando mi cabeza y colocándola debajo el asiento, pues en una reunión religiosa no tengo necesidad alguna de usar lo que se halla por encima de mi cuello!

“Prestar culto de esa forma, sin hacer uso de la mente, ciertamente es lo que se hacía en la ciudad pagana de Atenas, donde Pablo encontró un altar dedicado “al dios desconocido”. Pero esa forma de culto no sirve para los cristianos. El apóstol no se hubiera sentido satisfecho en dejar a los atenienses en su ignorancia. Prosiguió proclamándoles la naturaleza y las obras del Dios que adoraban en la ignorancia. Pues sabía que solamente el culto inteligente es aceptable por Dios, el culto verdadero, el culto prestado por aquellos que conocen a quien adoran, y que lo aman “con toda la comprensión”.

Los salmos eran el gran himnario de la iglesia del Viejo Testamento, y hoy día aún son cantados en los cultos cristianos. En ellos tenemos, pues, un medio de que sepamos cómo debe ser el culto verdadero. La definición básica de culto en los Salmos es “loar el nombre del Señor”, o tributar “al Señor la gloria debida a lo su nombre”. Y a los que inquiramos lo que significa su “nombre”, verificaremos que es la suma total de todo lo que él es e hizo. En particular, él es adorado en los Salmos tanto como el Creador del mundo como el Redentor de Israel, y los salmistas se complacen en adorarlo dando una lista enorme de las obras de Dios relativas a la creación y a la redención.

El Salmo 104, por ejemplo, expresa la incontable maravilla de la sabiduría y Dios en sus múltiples obras en el cielo y en la tierra, en la vida animal y vegetal entre las aves, los mamíferos y los “seres sin cuenta” existentes en abundancia en los mares y grandes océanos.

El Salmo 105, por otro lado, exalta otro aspecto de las “obras maravillosas” de Dios, a saber, el tratamiento especial que le dedicó al pueblo de su alianza. Narra la historia de los siglos, las promesas de Dios a Abraham, Isaac y Jacob; su providencia para con José en Egipto, quitándolo de la prisión para la honrosa posición de gran señor; sus actos poderosos hechos a través de Moisés y Aarón, enviando las plagas y liberando al pueblo; su provisión a aquella gente en el desierto y su poder que hizo que heredaran la tierra prometida. El Salmo 106 repite en gran medida la misma historia, pero enfoca esta vez la paciencia de Dios con su pueblo, que vivía olvidándose de sus obras, desobedeciendo sus promesas y rebelándose contra sus mandamientos.

Extracto del libro “Creer También es Pensar”

Por John Stott

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