Hace más de veinte años adopté como el versículo de mi vida esas palabras de la pluma del apóstol Pablo: «Manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Se­ñor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58). Parafraseado: No importa cuán difíciles sean las adversidades, no importa cuánto dure una tormenta en parti­cular, no importa cuán oscura y tenebrosa se vuelva, no importa cuánto soplen los vientos y golpeen las olas… elija el sendero del valor. Manténgase firme. Sea inconmovible. Resista.

Pablo estaba diciendo en esencia: «Decida por adelantado que nunca se ha de rendir. Decida por adelantado que usted ha de abundar en el trabajo del Señor, sin importar cuán alto sea el nivel de dolor. Decida por adelantado que usted continuará cumpliendo, confiando, sirviendo, proclamando el evangelio, discipulando, pastoreando, guiando y proyectando la visión». Eso es liderazgo audaz. ¿Cuál es el pago? Saber que «su trabajo en el Señor no es en vano».

¡Desde una perspectiva eterna, el puerto, los elogios de Dios y el cielo no están muy lejos!

Algún día estaremos cara a cara con el Hijo de Dios, quien nunca se rindió en su llamado redentor. Estaremos cara a cara con alguien que llegó hasta el final, que no desertó cuando sus enseñanzas recibieron críticas. Que no renunció cuando sus se­guidores de confianza lo abandonaron. Que no se dio por ven­cido cuando se burlaron de él, lo golpearon y lo escupieron. Que no desistió cuando los clavos horadaron sus manos y sus pies. Que no se rindió cuando su sangre expiatoria salpicaba la tierra bajo la cruz.

Solo cuando el ministerio de Jesús se cumplió a cabaüdad, cuando corrió por completo su carrera, dijo esas palabras fina­les; y las expresó con total pureza: «Terminé. Ahora mi trabajo está listo. Hice lo que mi Padre me pidió que hiciera. Resistí todo el camino, hasta el final y cumplí mi ministerio».

Creo que cuando conozcamos personalmente a Cristo, to­dos estaremos deseosos de decir: «Jesucristo, gracias por cum­plir tu ministerio. Gracias por no abandonarlo en el camino a la cruz. Al haber resistido, compraste mi perdón, transformaste mi vida, protegiste mi familia, sustentaste mi iglesia, cambiaste mi mundo, y sellaste mi destino final».

Se espera además que todos los líderes podamos añadir: «Je­sús, debido a tu ejemplo, y con tu ayuda, también yo terminé mi ministerio».

¡Cómo gozaremos en esos momentos! Qué contentos esta­remos de no habernos rendido. 

Extracto del libro «Liderazgo Audaz»

Por Bill Hybels

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