Maestros de Niños – El Niño y sus Pares 1

 

Roberto había sido un problema en la cla­se desde el primer día. Sus tíos lo traían obli­gado a la escuela dominical. No tenía nin­gún deseo de estar allí y se desquitaba ha­ciendo todo lo posible para molestar a sus compañeros de la clase. Su vocabulario era sucio, sus modales groseros y su creatividad en inventar maneras de irritar a su maestra y a los demás niños no tenía límites. Un do­mingo, cuando Roberto faltó a la clase, la maestra habló con el grupo sobre el proble­ma y pidió sugerencias de los niños para tra­tar de cambiar la situación.

Los niños ofre­cieron una variedad de soluciones desde «prohibirle que venga más a la clase» hasta «hablar con él para ver por qué se estaba portando de esa forma». En los domingos subsiguientes, la maestra tuvo dos encuen­tros pastorales con Roberto. Comenzó a des­cubrir a un niño rechazado y maltratado por parte de sus padres.

Después de los encuentros con la maestra hubo algunas leves mejoras en su con­ducta. Pero el cambio grande en él se produjo cuando la clase festejó como sorpresa su cumpleaños, regalándole un reloj que había soñado tener por mucho tiempo. Se sintió aceptado y valorado por el grupo de sus pares y la diferencia en su forma de comportarse en el grupo fue notable.

En situaciones donde el niño está con sus pares, uno ve surgir diferentes característi­cas en cada niño en relación con el trato con otros. Estas diferencias tienen que ver con varias cosas: el temperamento de cada niño, sus niveles de maduración en los procesos evolutivos, el tipo de crianza que ha recibido en su hogar, su propia seguridad y autoestima, y otros factores más.

Los que trabajamos con niños, tenemos que reconocer estos rasgos individuales y tratar de manejarlos de tal forma que produzcan una correcta socialización en el niño.

¿Cuáles son algunas de las áreas de tensión que le producen sufrimiento emocio­nal en sus relaciones interpersonales con sus pares?

 

La Discriminación.

Los niños son notorios en su capacidad de incluir o excluir a un niño en un determinado grupo. Muchas veces él no identifica ni entiende cuál de los códigos están manejando ellos. Por ejemplo, el rechazo puede expresarse sobre la base de la vestimenta, la raza, el color de piel, los manerismos, la habilidad deportiva, el apellido, el tiempo que ha estado en el colegio u otros aspectos más difíciles de identificar. Lo interesante es que estos códigos cambian de un día para otro. El niño que se siente excluido sufre muchísimo. Se siente agredido emocionalmente y poco valorado.

Una serie de experiencias así contribuye a que la persona llegue a ser un adulto inseguro con una autoestima destruida. El maestro debe estar atento a situaciones en donde percibe que un niño es discriminado o rechazado, para corregir, en lo posible, las actitudes de los otros niños, pero especialmente para demostrarle al niño que lo acepta tal como es. La iglesia ofrece un contexto muy especial en donde el amor de Cristo se puede ensalzar y donde los niños pueden tomar conciencia de sus perjui­cios y tratos discriminatorios para luego corregirlos.

 

La Competencia.

El hábito de compararnos con otros es parte de la vida y puede ayudarnos a lograr y mantener un equilibrio en nuestro autoconcepto. Sin embargo, algunos niños sienten que están siempre compitiendo con otros, y cuando no llegan a la medida de sus pares en cual­quier actividad, se sienten sumamente fracasados. Los factores que contribuyen a este ex­tremo en la competencia son muchos. Puede tener su base en el hogar, en donde el niño se siente en competencia constante con sus hermanos. Puede ser evidencia de profundas dudas en cuanto a su propio valor como persona. Cual fuera la causa, quiere ganar siempre.

El maestro puede encontrarse en un dilema cuando trata de resolver esta realidad. El niño básicamente está luchando con la inseguridad propia y trata, entonces, de compensar con un afán por esmerarse en una o muchas actividades. El opuesto del niño muy competitivo es el niño que nunca quiere participar en algo donde esté la posibilidad de perder. El niño necesita ser ayudado para encontrar un equilibrio en esto y saber que es aprobado por Dios como persona, no importa si pierde o gana, o si es mejor o peor en algo que hace. La constante tarea del maestro es edificar seguridad en el niño.

 

La Agresividad.

Hay niños que solamente saben relacionarse con otros por medio de las agresiones. Es común que el maestro observe tratos agresivos, verbales y físicos, entre los alumnos y se sienta impotente para resolverlo. El niño que es el blanco de la agresión de otro a menudo resiste volver a la iglesia. El niño agresor frecuentemente es marginado por los demás hasta que también decida no seguir más en la clase. Esta agresividad refleja muchas veces la confusión y frustración que el niño lleva adentro.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Más Que Maestros”

Por Betty S. de Constance

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