Maestros de Niños – Maestros Sanados 3

 

Continuemos.

La Visión de mi Propia Persona.

Nuestra capacidad de ayudar a otra persona tiene mucha relación con el hecho de haber recibido ayuda nosotros mismos. Por eso es necesario que, antes de intentar aliviar el dolor de otro, sepamos contestar con absoluta transparencia la pregunta «¿Qué he hecho con mi propio dolor?».

Un maestro que está en duda sobre este aspecto de su vida, debe mirar detenidamente las láminas que forman parte de este recurso pastoral, especialmente las que tienen que ver con los abusos. Su reacción emocional frente a alguna de ellas le ayudará a saber si ha permitido que el Salvador «lleve todas sus angustias».

Todos nosotros hemos vivido experiencias dolorosas, pero las que vivimos en la niñez nos han afectado más que cualquier otra. Para muchas personas, la manera menos dolorosa de enfrentar esas experiencias difíciles de la niñez es olvidarlas, tapándolas como con un man­to negro. Para otros es negarlas, engañándose con fantasías que idealizan las realidades del presente y los anhelos del futuro.

Hay otras personas que viven repasando en su mente todos los maltratos y las injusticias de su niñez y tienen apenas contenidas una rabia enquistada y una amargura profunda que van envenenando todas las circunstancias de su vida. Lamenta­blemente, ninguna de estas reacciones nos prepara para una tarea pastoral adecuada con otros y mucho menos con niños.

Si un líder no está dispuesto a enfrentar su dolor y permitir el proceso largo y profundo de sanidad que quiere obrar el Espíritu de Verdad en él, tendrá grandes limitaciones en la manera en la cual se relaciona con el dolor de los niños. Una limitación ha de ser su incapa­cidad de conectarse con el sufrimiento de un niño. Si percibe en él algo que le recuerda su propio dolor no resuelto, intentará evitar el contacto con ese mismo dolor en la vida del niño. Mantendrá distancia emocional con el niño y tratará de ignorar el problema.

A la vez establecerá metas superficiales para su clase, que tienen que ver con conductas, asistencia, trabajos de memorización, etc., y se conformará con su rendimiento en esos niveles, sin preocuparse por elementos más profundos e incómodos.

Otra limitación que se observa en el maestro con heridas no sanadas es la tendencia de minimizar el sufrimiento de los niños. «No es para tanto», se dice a sí mismo. «Yo viví cosas peores y sobreviví.»

Otra reacción que puede darse es el tratar de arreglar los problemas de los niños en forma mágica, haciendo una oración o dándole un texto bíblico. Por supuesto que sin la oración y el fundamento de la Palabra de Dios es imposible que el Espíritu de Dios haga su obra de sanidad, pero hacemos mucho daño cuando utilizamos estas herra­mientas divinas superficialmente.

También hay que decir que algunos maestros que no han experimentado una sanidad propia, hasta sienten un rechazo frente al niño que demuestra características similares a las de situaciones dolorosas de su propia niñez. Prefieren que ese niño no esté presente en su clase.

Otros se refugian en el concepto de que todo es «guerra espiritual» y tratan de atribuir todos los problemas que observan en los niños a la actividad de demonios. Y están también aquellos que trabajan con los niños para satisfacer necesidades emocionales y afectivas que nunca resolvieron.

—No necesito tener hijos —le dijo una maestra a su clase—. El Señor me los dio a ustedes y los amo como a hijos propios.

Su comentario llegó a tener enorme repercusión cuando se separó de su esposo y tuvo un hijo con un amante. Los niños lloraron su ausencia por meses y uno expresó su dolor con estas palabras:

—La queríamos como a una madre —dijo—, y esto nos hace sentir que estamos vivien­do un divorcio.

Como maestros, nunca debemos usar a los niños para satisfacer necesidades que sólo Dios puede saciar.

Cuando hablo de la necesidad de un proceso de sanidad en la propia vida como requisito previo para luego estar capacitado para pastorear a otros, no estoy pensando en algo mágico ni mucho menos, rápido. Muchas veces queremos creer que en Cristo hemos de encontrar una sanidad instantánea. El proceso de sanidad nunca termina.

Si he vivido estos procesos profundos de sanidad en mi propia vida, voy a saber en qué consis­te la sanidad del alma herida. Voy a conocer personalmente lo que implica enfrentar la realidad de mi dolor, de poder hablar de las cosas que me han dañado y poner nombre a las personas y los eventos que me marcaron.

Habiendo aceptado mis experiencias formativas dolorosas y habiendo experimentado la sanidad que trae el perdón, voy a poder integrarlas a mi vida de tal manera que no me debiliten más, sino que se transformen en fuerza. No sentiré miedo frente al dolor de otros. Los podré acompañar con confianza a la presencia del Sanador. Seré una persona vulnerable y transparente, porque no tengo nada que esconder.

Todo lo mío ha sido redimido por la sangre de Cristo y perdonado por su gracia. Ésta es la fuerza que tengo para enfrentar el sufrimiento de otros.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Más Que Maestros”

Por Betty S. de Constance

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