Hace poco, en Estados Unidos se realizó una investigación que consistía en saber cuándo es que la gente hace su decisión de aceptar a Cristo como Señor y Salvador. A decir Verdad, una encuesta similar en América Latina nos pondría muy alertas al tener en cuenta que más de la mitad de la población es menor de dieciocho años. En Estados Unidos descubrieron lo siguiente: un 1% de los que aceptan a Cristo lo hacen cuando tienen de 1 a 4 años de edad; un 10% lo hacen cuando tienen de 15 a 30 años; un 4% cuando tienen más de 30 años de edad; y el 85% de los que aceptan a Cristo lo hacen cuando están entre los 4 y los 14 años de vida.

Esto me dice algo como siervo de Dios. Soy un evangelista y los que me conocen saben que procuro tener ministerio evangelístico para la niñez, en lo cual ha colaborado con nosotros muy de cerca la evangelista para niños «La tía Linda con su leoncito Miguelito» (Linda Prittchet, en la vida real). Es una evangelista para niños, cuya vida está entregada en el nombre de Cristo a la niñez latinoamericana. Y también tenemos en nuestras cruzadas una noche para la juventud. Y hoy, se cuentan por cientos, los jóvenes que no solo entrega­ron su vida a Cristo, sino que se rindieron para que se les enviaran a los diferentes campos del ministerio de la Palabra.

Si fuera el pastor de una iglesia local, dedicaría una gran parte de mi presupuesto y personal para alcanzar la niñez para Cristo. No me refiero a entretener la niñez, sino evange­lizarla para no solo lograr salvación, sino entrega, compro­miso y cambio de vida. Enseñarla para que conociendo al Señor y su Palabra se conviertan en misioneros en sus escuelas y barrios. Y discipularla, para que desde pequeñitos sepan que su meta en la vida es desarrollar el carácter y la imagen de Cristo en ellos.

Una vez le preguntaron al evangelista Dwight L. Moody:

—¿Cuántos se convirtieron hoy en tu reunión?

—Dos y medio—dijo el predicador.

—¡Ah! —insistió de nuevo el preguntón— ¿Dos adultos y un niño?

—¡No! — dijo el evangelista— dos niños y un adulto, porque el adulto ya ha desperdiciado gran parte de su vida, pero los niños la tienen completa para Dios.

Mi conversión ocurrió cuando tenía 11 años de edad. Mi esposa siendo aún más pequeña. Fue alrededor de los 12 años cuando el Señor me llamó al ministerio. La gran mayoría de los misioneros se convirtieron en el tiempo de su niñez. El Dr. Jaime Crane, misionero por más de 30 años en México, decía que desde los ocho años de edad sabía que iba a ser misionero. Tengo un amigo que a los 6 años de edad, sin saber nada del evangelio ni de la Palabra de Dios, sentaba a sus hermanitos en unos troncos de árbol caído y desde una piedra que parecía un púlpito les predicaba. A los 25 años se rindió a Cristo y a los 29 comenzó a predicar en un centro de rescate evangelístico. ¡Dios tiene planes para los niños! ¡Dios tiene planes para sus hijos!

Creo que la «mentalidad» de nuestros programas de igle­sias tiene un enfoque a la gente madura. Y, por supuesto, es muy bueno atenderla, pero hay que hacer algo urgente con los niños. Algunos dicen que «los niños son la iglesia del futuro», y los ponen a jugar de «iglesita infantil» igual como juegan a los carritos o a las casitas en casa. Pero, ¿cuán lejos de nosotros está el futuro? Tan lejos como el pasado. Hace apenas unos poquitos años, allí a la vuelta de la esquina, mis hijos Marcelo y Martín eran unos niños jugando fútbol en el parque y hoy son dos hombres maduros.

Me parece que decir que «los niños son la iglesia del futuro» no es más que un pretexto para calmar una conciencia que no quiere admitir que no saben cómo ministrar a la niñez y verla dentro de la misma visión con que se mira a toda la iglesia. ¡Los niños de hoy, también son la iglesia de hoy! Pueden conocer a Cristo, pueden adorar al Padre, pueden ser llenos del Espíritu Santo, y pueden ser testigos y evange­lizar a sus amiguitos y compañeritos de escuela.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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2 Comentarios

  1. Me parece fabuloso y acertado esta publicación sobre el valor de la niñez. Los líderes eclesiásticos generalmente y casi siempre hacen su mayor esfuerzo y gastan dinero en actividades para adultos y prestan muy poca atención a los niños. La niñez es muy valiosa, no se debe descuidar.

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