Continuemos.

Faraón.

Cuando Dios quiso salvar a Israel de su prisión y esclavitud de tantos años en las arenas del milenario Egipto, escogió, desde el vientre de la madre a un niño llamado Moisés. El diablo que tiene buen olfato espiritual lo supo oler antes y se trazó un plan. Usó al faraón egipcio con el pretexto de que los israelitas eran muchos y podían usurpar el poder, para mandar a matar a todos los varones que nacieran de los hebreos. Y si bien muchos niños murieron, no así Moisés, que significa «salvado de las aguas». No pudieron detener el plan de Dios. Moisés, para ironía de los mismos egipcios, se crió en el palacio del faraón y se educó dentro de todo el sistema egipcio. Sin embargo, nunca perdió su identidad hebrea, ni su fe en Dios.

Cuando llegó la hora, Dios llamó a Moisés, lo envió y lo llenó con el Espíritu de Dios. Equipado así y en el nombre de jehová de los ejércitos, Moisés se enfrentó al faraón egipcio y finalmente lo venció para liberar al pueblo de su esclavitud. Por último, después de muchas peripecias en el desierto, ese pueblo llegó al destino que Dios le había determinado: «la tierra que fluye leche y miel».

Herodes el Grande.

Varios miles de años después llegó la hora de que las profecías de Dios se cumplieran. No solo había que salvar al pueblo hebreo, sino también a toda la humanidad que vive en esclavitud. Otra vez el plan era traer a un niño que crecería y maduraría aprendiendo la obediencia. Un niño que al transformarse en hombre revelaría su verdadera naturaleza como el Mesías de Dios. Predicaría, enseñaría, sanaría y tendría compasión de los hombres. Luego padecería a manos de los sacerdotes, los gentiles y el pueblo, hasta morir en una cruz y así consumar la obra de redención.

La muerte en la cruz y la resurrección serían fatales para el infierno y sus planes de usurpar el trono de Dios. El diablo volvió a olfatearlo y usando a otro reyezuelo, Herodes, quien se autodenominaba «el grande», mandó a matar a todos los niños menores de dos años, de Belén y sus alrededores. Su plan infernal no logró sus propósitos. Dios envió tem­poralmente al pequeño niño, como un inmigrante, a Egipto. Cuando el peligro pasó, regresó con sus padres. Creció, vivió intensamente, se bautizó, viajó, reclutó discípulos, predicó, enseñó, hizo toda clase de bienes, murió por nuestros peca­dos, resucitó de los muertos, comisionó a su Iglesia. De esta forma derrotó a Satanás y la muerte, y hoy es el Señor de señores y Rey de reyes. Y ahora ha delegado en la Iglesia la continuidad de su obra de evangelizar al mundo entero.

Finales del Siglo 20.

Pues bien, el diablo cree que a la tercera va la vencida. Sabe que una nueva generación de gente joven deberá iniciar el siglo veintiuno, que esta generación de jóvenes, llenos del Espíritu Santo, llenos de fuego evangelizador, llenos de amor por Dios y por los que se pierden, son los que pavimentarán la gran avenida por donde vendrá triunfal Jesucristo el Rey. Esa generación son los niños de hoy. Los que se gestan en los vientres de sus madres.

Este es el siglo de los grandes descubrimientos, el siglo de los viajes a la luna, el siglo de la computadora, el siglo de la velocidad, el siglo de la energía atómica, el siglo de los misiles y la tecnología ultra avanzada. Sin embargo, nada de eso le importa al diablo porque tiene otra meta…

El diablo vuelve a su viejo truco: matar a los niños. Pero esta vez lo hace muy bien porque cuenta con toda la colabo­ración del aparato oficial de los gobiernos y las leyes de muchas naciones y organizaciones multinacionales. Cuenta además con la complicidad de madres y padres que no quie­ren, bajo muchos pretextos, a sus hijos. Hasta la fecha, cada año se asesina a sesenta y cinco millones de niños que se les priva el derecho de ver la luz.

¿Quién va a impedir que esta barbarie, carnicería humana de niños indefensos, continúe? ¿Quién va a luchar para que no mueran antes de tiempo los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y maestros del nuevo siglo? ¿Quién va a impedir que el ejército de millones de hombres y mujeres que Dios necesitará en las próximas décadas no lo aniquilen antes de nacer? ¡Sé una cosa, Satanás podrá estar haciendo daño, pero esta guerra no la va a ganar!

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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